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Libre pastoreo

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Santiago Arenas Parada

Universidad de Pamplona

El siguiente cuenta una historia ficticia e irreverente del origen de la sociedad.


No se sabe con mucha certeza cómo ocurrió todo, solo se sabe que había ovejas, ovejas, muchas ovejas. ¿Dije muchas, verdad? Todas encerradas en un corral de unos pocos metros cuadrados; no tan pocos para no aglomerar al rebaño, ni muchos para evitar el espacio innecesario. El corral cada vez parecía que se hacía más grande a medida que llegaban más ovejas, y más ovejas, y más ovejas, y más ovejas.


Mientras la fiebre de lana se encontraba a flor de piel, apareció el Sol: un sujeto cabezón y amarillo que fruncía un ceño agrio como un vietnamita y, no sé cómo rayos, tal vez fue al mediodía, que ese maldito se pasó de listo y comenzó a creerse el pastor del lugar.

El tipo, con un ego que provocó náuseas, carraspeó con su vocecita de soprano e impartió con sus rayos ultravioleta lo que hoy conocemos como la ley. Empezó suave, algo así como:


“Escuchen, ingenuas ovejas. Yo soy su pastor, soy el que reposa sobre sus cabezas, y a partir de ahora las ovejas hebreas comerán pan y no heno como las demás. Las ovejas marrones vivirán en la parte más lúgubre del corral, y nadie jamás podrá salir de sus cuatro vértices. Lo digo yo, su pastor, y me tienen que obedecer, porque soy el más duro y apuesto de aquí, porque nadie brilla como yo.”


¿Absurdo? Sí. Y aun así, el petulante intento de planeta siguió dando aún más absurdas directrices, volviendo a las ovejas aún más ovejas.


¿Saben qué es lo peor? Las ovejas comenzaron a creerse estrellas. Obvio, les es imposible brillar más que el Sol, por lo que se conforman con convertirse en estrellas. Ahí fue donde nació la noche: donde las ovejas brillaban por ser estelares, aunque lastimosamente no más que su dictador... digo, pastor.


Y fue así como se creó esta dudosa civilización: en el seno de las cuatro vigas de un viejo rancho donde todos quieren ser los más duros. Todas las ovejas quieren ser las más berracas dentro de sus idiotas círculos, inventándose cosas muy extrañas como ovejas normies, hipsters, otakus, reggaetoneras, republicanas.


Evidentemente, fracasan en su cometido, porque nadie de este indulgente aprisco —sin importar qué tan tonta sea su ideología o qué tan extravagante sea la forma en la que su lana esté esquilada— deja de seguir las mismas leyes, normas e ideas absurdas que el señor Sol, soberbio y rebosante de ego, les impone.


O bueno, eso les hace creer, porque incluso sintiéndose libres con sus ideas tergiversadas, siguen estando a merced del Sol. Ingenuos... no serán nunca realmente libres, porque todos quieren brillar, y más. Sin embargo, se les olvida que hay una masa de oscuridad que consume todo a su alrededor, incluso sus creencias y pensamientos, mis queridos borregos.


Y esa masa arriba de ustedes los define como lo opuesto a lo que pretenden ser. Por eso, todos son parte del rebaño, todos. Todos, excepto yo, por supuesto. Yo soy el pastor. El verdadero. No lo saben, pero algún día me venerarán como su más grande y fálico pastor. Algún día, muy pronto.


Por eso, y a diferencia del tumulto de alpacas, tengo algo que me hace distinto a ellas: mi lápiz. El lápiz es el centro de mi mundo; el mundo en el cual soy el protagonista. Yo mismo, y así mismo, y al igual que tú, hemos buscado ser el pastor. Aunque, a diferencia de ti, a mí sí me ha funcionado, porque con el lápiz he trazado su mundo, su futuro, tal cual y como lo haría un dios.


Soy Dios, al menos durante el retorno del ocaso, mientras el petulante del Sol reposa en su edredón. Y sí, soy realista, porque apenas despierte, mis intenciones volverán a ser inútiles, y su supremacía reinará una vez más. Seguirá posando morbosamente sobre mi cabeza y las del resto del rebaño.


Ahora es el Sol, y yo soy la estrella. En la noche, las estrellas son las que reinan, pero en el día el Sol es vigente. Todas las estrellas intentarán ser ese Sol, y más. Sin embargo, vago es el intento, pues al Sol nunca lo podremos alcanzar.

Aunque el panorama es desalentador, no me rendiré. No estoy dispuesto a ser una estrella como cualquier otro inepto borrego de este rebaño. Por eso soy el pastor, que con mi puño y letra voy trazando, voy trazando el mundo a mi voluntad.


Aun así, pese a mi dotada capacidad creativa, reconozco las limitaciones que posee. El ambiente sigue tenso, incluso cuando bailan las estrellas; el vacío y el silencio mitigan ya su poco brillo.


Ante la monotonía del corral, como pastor que soy, creé otra fuente de éxtasis para mis ideas, basada en el sonido del viento golpeando contra las cercas, el piar de los pájaros y las finas cerdas de heno desprendiéndose de su conjunto. La llamé música.


Su existencia le da un plus a mi perfecto y pulento mundo, bañando de inspiración a mis gloriosas creaciones de grafito y tinta. Es complementario, e incluso cuando no estoy divagando en una realidad donde le pateo el trasero al Sol, disfruto de sus melodías. Me hacen olvidar, por un momento, el hecho de mi obligación de compartir oxígeno con estas inútiles bolas de lana que se creen estrellas de poca monta.


Dicho sea de paso, no proceso cómo un puñado de ellas ha tenido la osadía de discrepar sobre mi flamante gusto musical —como el epítome de la grandeza de esta casucha—, incluso mofarse de mí por disfrutar de las melodías.


Malditas alpacas ignorantes. No reconocen que soy el pastor y ellas apenas aspiran a ser el bastón. ¿Qué no saben que aquí yo soy el caprino más lanudo y con los cuernos más grandes?


Miserables pedazos de carne jugando a ser dioses por ser estrellas que seguirán estando a merced de esa masa caliente. Pues mala suerte para ellas, porque he encontrado en el arte la motivación para rebelarme. Ya no serán a merced del Sol, porque yo seré él. Seré su maldito pastor con mayúscula. Solo esperen a que termine esta noche para que vean de lo que soy realmente capaz.


Esta es la última mañana en la que seré una estrella. Seré la nueva esperanza para este rebaño. Así que me levanté, caminé en medio de las eternas y mediocres estrellas, hasta encontrarme de frente a la cerca que dividía el corral.


Y hasta ahora, la única que se tomó la molestia de salir allí y verificar si se encontraba cerrado o no ese maldito corral. Y, ¡oh sorpresa!, el maldito estuvo abierto desde siempre.


Salgo y ahí lo tengo de frente: furioso, iracundo, tal vez estreñido. Me dijo entre dientes que no podía salirme del corral, impartiendo nuevamente su idiota autoridad.


—Te ordeno que vuelvas a tu corral de inmediato.

—¿Por qué lo haría?

—Porque soy el pastor, ¿qué no ves?

—Discrepo, yo lo soy.

—Miserable oveja, ¿no sabes acaso quién soy?

—Pues el pastor, definitivamente no.

—¿Quieres burlarte de mí?

—Si fueras el pastor, harías que yo vuelva a mi corral; mas, sin embargo, no es así. —Ingenuo, ¿qué tanto quieres demostrar?

—Hagamos algo: una pequeña apuesta. Si yo te demuestro que soy el pastor, entonces te destruiré. En cambio, si tú haces lo propio, no te molestaré y volveré a mi celda de heno y estrellas con el rabo entre mi lana.

—Un ser inferior como tú, pretendiendo ser el pastor, solo causará tu miseria. Está bien, acepto tu tonto desafío.

—Está bien. El reto es simple: voy a lanzar una moneda al aire; si la lanzo y cae al suelo, yo seré el pastor. Y si tú lanzas y también cae al suelo, tú serás el pastor. —¿Estás hablando en serio? ¿Así de fácil quieres condenar tu destino? Está bien. Te darás el lujo de empezar primero, solo por ser inferior a mí.

—Perfecto, empiezo yo.


Lancé la moneda. Dio un par de vueltas y cayó.


—Listo, es tu turno.


El Sol vio fijamente la moneda. Intentó levantarla, más no pudo, porque el Sol no tiene manos.


—No puedo... no puedo levantarla.

—Entonces perdiste.

—¿Qué más da? La moneda está en el suelo, da igual quién la levante. —La instrucción era precisamente eso: levantarla. Si no la lanzas, no eres el pastor.


El Sol estalló en santa cólera mientras su cara se arrugaba como una pasa. 


—¡Maldito, me tendiste una trampa!

—Pero tú perdiste la apuesta. Un pastor no perdería, y menos, contra una miserable oveja como yo.

—Imposible.

—No, no es imposible. Ahora yo soy el pastor, y como pastor voy a borrarte con la goma de mi lápiz.

—¿Eres idiota? ¿Cómo pretendes borrar el Sol?

—No lo sé, tal vez porque soy el PASTOR.


Y así, mientras el Sol terminaba de gritar y refunfuñar, lo borré. Borré al dictador. Porque, así como el lápiz es una herramienta de creación, también lo es para la destrucción.


El lápiz es aquel que cambia realidades: puede unir, puede destruir, puede cambiar el entorno, así como nuestras propias creencias. Va dejando registros del tiempo y los hechos que ocurren en él, y así los va cambiando al antojo del pastor.


Y yo, el ahora pastor de este rebaño, me proclamo el nuevo Sol. El Sol a partir de este momento, liderará a las estrellas del rebaño, usando el arte como herramienta de liberación.


Pues del lápiz y la música saldrán los derivados que las estrellas usarán para regocijarse en sus ideales. Pero esta vez no las acompañaré, pues como el Sol que soy, brillaré aún más que todas las estrellas, y éstas indudablemente estarán a mi merced.


A menos... hasta que otra oveja se queje y proteste de mi mandato, y aspire a convertirse ella en el nuevo Sol.

Ese es el ciclo en el cual las estrellas estarán destinadas a vivir: de día, mi supremacía; y de noche, su liberación, aunque pequeña. Y mientras nadie tenga la osadía de destronarme, las estrellas seguirán bajo el yugo del libre pastoreo.

ISSN: 3028-385X

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