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Tierra de hormiguero y clara de huevo

Foto: Jorge Orozco / El País
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Duban Álvarez Cabrales

Universidad De Cartagena

“Para que ese pelao camine: debes mezclar la clara de un huevo de gallina negra con tierra de hormiga arriera y untársela en las rodillas” —dijo la sabedora.


La medicina moderna dice otra cosa. Según Shevell y Majnemer (2015), la mayoría de los niños dan sus primeros pasos alrededor de los doce meses y, a los dieciocho, deberían caminar de forma independiente o al menos con cierta seguridad. Pero yo ya tenía dos años cumplidos cuando cada intento por ponerme de pie terminaba de culo en tierra, como si aún me reclamara tras haber escapado a la tumba en un nacimiento complicado.


Fue entonces cuando mi madre —joven y primeriza— se internó en el monte, decidida a impedir que su primogénito quedara marcado por las limitaciones ordinarias de la vida. Un acto tan puro y desesperado que me recordó al de la nereida Tetis, cuando trató de sumergir a su hijo en el río Estigia para librarlo de la mortalidad.


Yo no obtuve invulnerabilidad alguna, pero sí la capacidad de caminar largas distancias con un placer casi instintivo. Durante años reduje ese impulso al simple gusto de andar. Hasta que, hace un par de semanas, comprendí su origen místico. Mi novia le contó a mi madre la hazaña de haber caminado casi veinte kilómetros sin descanso, y ella, como si al fin soltara un secreto celosamente guardado, me reveló el conjuro que marcó mi andar.

Intrigado por esa confesión, me puse a pensar qué podía tener de especial la tierra de un hormiguero. En el fondo, no era más que una mezcla de minerales —calcio, hierro, magnesio—, fragmentos de hojas en descomposición y microorganismos invisibles que coexisten en ese pequeño universo subterráneo. Paradójicamente, en varias culturas latinoamericanas, se hervían “piedritas” del hormiguero para tratar el reumatismo (Ortiz Echániz, 2011), aunque la ciencia jamás encontró pruebas de que tales remedios curaran las articulaciones, y mucho menos que dieran la capacidad de caminar a un niño.


Las hormigas arrieras (Atta spp.), constructoras incansables, son célebres por devastar campos enteros al servicio de sus colonias (FuEDEI, 2020). Sus reinos subterráneos son un prodigio de ingeniería natural, pero nunca fueron clínicas. Y, sin embargo, en la memoria popular, esas arquitectas de túneles y despojos se convirtieron en símbolos de sanación. Quizá porque lo invisible del subsuelo siempre ha despertado la sospecha de contener secretos.


Tampoco la clara del huevo de gallina negra puede sostener médicamente la promesa. Es cierto que contiene proteínas valiosas como la ovoalbúmina, la ovotransferrina y la lisozima (Mora Riveros et al., 2023). Ninguna de ellas guarda relación con los músculos ni con el sistema nervioso que me negaba la marcha. Y, sin embargo, la lisozima me resulta un hallazgo decisivo; la misma proteína está presente en la leche materna y en las lágrimas humanas.


Si pensamos en ella como molécula, sorprende que aparezca siempre en fluidos ligados al cuidado y la protección. En la leche que ampara al recién nacido cuando su sistema inmune aún es incipiente, y en las lágrimas que defienden al ojo de lo invisible que flota en el aire. La lisozima es, así, un conjuro discreto de la naturaleza, escondido en los bordes donde la vida palpa sutilmente el mundo. Y no puedo evitar imaginar a Tetis, sosteniendo a Aquiles sobre las aguas del Estigia. ¿Habrá llorado mientras lo sumergía, consciente de que ningún río podía preservarlo del destino? Si fue así, aquellas lágrimas fueron su verdadero conjuro, más que la inmersión en la laguna infernal.


De manera semejante, cuando mi madre mezcló estos elementos, no me ofrecía minerales ni proteínas capaces de enderezar mis pasos, sino la alquimia secreta de su amor y la fe obstinada de que su hijo habría de caminar. Y desde entonces, mis piernas no han dejado de hacerlo. En definitiva, aquellas coronas de hormiga con clara de huevo no me otorgaron invulnerabilidad, pero quizá sí un pacto íntimo con el camino; el de nunca negarme el placer de andar.


Referencias


ISSN: 3028-385X

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