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Vergüenza

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María José Aranguren

Universidad del Rosario

Desde que Caín levantó la mano contra Abel, la humanidad carga con la mancha de aquel crimen; una sombra antigua, persistente, que no termina de disiparse. Parece que ni los siglos ni las civilizaciones hubieran bastado para domesticarnos, para enseñarnos a contener el impulso primario que duerme bajo la piel y despierta, feroz, ante el más mínimo desafío. La Biblia lo narra como el primer homicidio, el origen de la sangre derramada; pero desde entonces aquel acto tan bárbaro, fulminante e irracional, no ha dejado de replicarse. Quienes transitamos las calles de Bogotá —y, en realidad, cualquier rincón de este país— vemos la escena recrearse a diario, ya despojada de toda solemnidad y reducida a un hecho fugaz, rutinario y profundamente desolador.


Según datos divulgados por la Secretaría de Seguridad, cuatro de cada diez homicidios en Bogotá comienzan con una pelea, con una chispa ínfima entre dos personas incapaces de contener la rabia. En promedio, cada día y medio alguien muere por un altercado que pudo evitarse. Hasta septiembre, estas riñas habían cobrado 242 vidas, y aún falta conocer la cifra que traerán los meses restantes.


Basta revisar las semanas recientes para entender la magnitud del deterioro: Jaime Esteban Moreno, el joven de veinte años, asesinado a golpes a la salida de un bar por hombres enceguecidos por la exaltación; Leonevar Abril Puentes, muerto tras un cruce de insultos en Engativá que derivó en un disparo; dos vigilantes que decidieron saldar sus diferencias a cuchillo; la mujer atropellada una y otra vez en Suba por un hombre consumido por la furia; el conductor linchado por motociclistas en un intento torpe y brutal de justicia por mano propia; las peleas por asientos en TransMilenio; el taxista que apuñaló al conductor del SITP a través de la ventana; los repartidores que se enfrentaron en plena calle como si de un campo de batalla se tratara. Y estos son solo algunos de los cientos de episodios que configuran el panorama de una ciudad que se desangra todos los días.


Una cadena de violencias que, sumadas, dibujan un escenario donde la vida parece no valer nada; una vida por un peso. Y aunque los casos parecen distintos, todos comparten un mismo hilo conductor: la dificultad para convivir con el otro, para aceptar su presencia, su ritmo, su diferencia. Lo llamamos “intolerancia”, pero quizá el término sea demasiado indulgente, porque tolerar es controlarse, dominar un impulso; y el problema, en realidad, viene mucho antes. Está en preguntarnos por qué reaccionamos con rabia ante cosas que jamás deberían provocarla. Por qué un gesto, un error mínimo o una palabra cualquiera bastan para encender una furia sin proporción. La raíz es un malestar que se acumula, y una exasperación que se desborda ante el menor pretexto.


Caín sigue caminando entre nosotros, multiplicado por miles, en esta ciudad que parece haber aceptado que la muerte brote de un arrebato, casi justificada por la fugacidad del momento. Aquí, la vida puede perderse en el giro de un semáforo, el roce de un hombro, una palabra dicha con un tono apenas más alto que el tolerado. Como si todos lleváramos en el bolsillo aquella piedra del Génesis, lista para ser levantada ante el mínimo gesto adverso.


Y quizá la verdadera pregunta no sea por qué Caín mató, sino por qué seguimos matando por lo mismo, por la percepción de una ofensa, por el orgullo herido, por la furia diminuta de un segundo. En palabras de Jean-Paul Sartre, “la violencia, sea cual sea la forma en que se manifieste, es un fracaso”, y no solo por lo que destruye, sino porque deja en evidencia la derrota de la palabra, el abandono del entendimiento: elegimos la fuerza donde debería bastar la razón. Miles de años después, persistimos como una sociedad que convierte cualquier desacuerdo en la eliminación de la vida. Bogotá necesita ciudadanos capaces de hacer algo tan elemental como respirar hondo; si aún no logramos arrancar de raíz la cólera que nos habita, al menos deberíamos impedir que gobierne nuestras manos. Contenerse es un acto de supervivencia y, acaso, el gesto más civilizado que nos queda.

ISSN: 3028-385X

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