¿Y sí aquí también pasa? Redes sociales, salud mental y los pocos datos en Quindío

Foto: Justin Paget (Getty Images) / EL PAÍS

Santiago Osorio Sánchez
Universidad del Quindío
Vivimos en una era en la que los dispositivos electrónicos son una extensión de nuestros cuerpos, y las redes sociales, una prolongación de nuestra mente. Esta afirmación, aunque parezca exagerada, se vuelve cierta cuando observamos, por ejemplo, el comportamiento digital de niños y adolescentes; especialmente durante la noche. Lo que comenzó como una herramienta de conexión e información se ha convertido en una maquinaria perfectamente diseñada para capturar la atención y jugar con las emociones. ¿El precio? La salud mental de una generación entera.
Ya lo había señalado en una columna de opinión hace un par de años: el uso excesivo de redes sociales durante la noche está generando una epidemia silenciosa de trastornos del sueño. Lo que debería ser silencio se llena de notificaciones. Y lo que debería ser infancia… se está diluyendo entre filtros, likes y algoritmos. Facebook, Instagram, TikTok no son inocentes aplicaciones; han sido diseñadas con algoritmos que saben exactamente cómo mantenernos despiertos. Notificaciones que aparecen justo antes de dormir, videos cortos que activan la dopamina como si fueran premios instantáneos y además, una necesidad permanente de “no perderse de nada”. Todo esto se traduce en cerebros sobreestimulados, cuerpos cansados y mentes exhaustas.
El insomnio, la interrupción del sueño y la fatiga constante ya no son síntomas aislados, sino señales de alerta que estamos ignorando olímpicamente. Como si no fuera suficiente, estudios como el de Philipp Dworschak en 2023 ya lo confirman: el tiempo de descanso se ve invadido por la actividad digital, lo cual afecta directamente la salud mental de los más jóvenes. Pero ¿por qué seguimos tolerando esto como si fuera normal?
La respuesta tal vez no esté únicamente en la tecnología, sino en el sistema que la alimenta; el cual, según dice Byung Chul Han (2024) aprovecha las emociones para abrirnos en un infinito campo de consumo. Por consiguiente, las redes sociales no solo entretienen, sino que venden, influyen, manipulan. Los filtros, los "me gusta" o los seguidores se convierten en una moneda de prestigio emocional. Un niño que no tiene el celular de moda o que no aparece en las plataformas, queda fuera del radar social. Y estar fuera, en este sistema, es casi como no existir.
El sesgo de prestigio juega aquí un papel importante; puesto que los niños y adolescentes se ven arrastrados a una competencia constante por validación externa. Las redes sociales ofrecen una vitrina permanente en la que se expone lo mejor de cada quien: la vida perfecta, el cuerpo ideal, la amistad incondicional… todo cuidadosamente editado. Quien no encaja, quien no alcanza ese estándar artificial, comienza a sentir que no vale, que no pertenece; entonces, ¿no será este un motivo para qué se afecte su salud mental?
A esto se suma la ansiedad generada por los dispositivos electrónicos. Por ejemplo, en los niños o adolescentes, la dependencia a la conectividad permanente ha llevado a un estado de alerta constante, en el que el bienestar emocional está sujeto a interacciones digitales efímeras. La necesidad de recibir aprobación en forma de likes y comentarios, junto con la presión de mantenerse actualizado con las tendencias, está generando estrés, inseguridad y un ciclo interminable de comparaciones. Lo anterior resulta problemático si tenemos en cuenta a Haid (2024) quien menciona el perjuicio social, cognitivo y emocional que sufren los niños cuando se los priva del juego. Los más jóvenes deben jugar, ¿pero las redes sociales lo quieren evitar?
Sin embargo, a pesar de que este problema es evidente en otros países y ha sido abordado en numerosos estudios internacionales, en el Quindío la información disponible sobre el impacto de la digitalización en la salud mental es escasa. Se han identificado consecuencias similares en diversos estudios, pero a nivel local seguimos sin preguntarnos seriamente si aquí ocurre lo mismo. ¿Estamos investigando lo suficiente? ¿Estamos midiendo realmente el impacto de las redes sociales en el bienestar infantil? ¿O simplemente estamos esperando que el problema se haga tan grande que sea imposible de ignorar?
Por otro lado, no es exageración decir que se está creando una generación hipervigilante, incapaz de desconectarse y cada vez más dependiente de los dispositivos para regular su estado de ánimo. Por ejemplo, la noche, que debería ser un momento de calma, se convierte en un terreno de guerra emocional: mensajes pendientes, contenido que consumir, apariencias que sostener. ¿Y el descanso? Bien, gracias.
Hablar de establecer límites, de apagar las pantallas, de fomentar hábitos saludables es necesario, pero insuficiente. Este no es solo un problema individual, es estructural. Las redes sociales están diseñadas para explotar nuestros puntos débiles, y en los niños o adolescentes esos puntos débiles son muchos.
Pese a todo esto, el tema ha sido tratado con una superficialidad alarmante. Se hacen campañas tibias, se repiten frases como “hay que cuidar la salud mental de los niños”, pero las verdaderas preguntas siguen sin hacerse: ¿por qué permitimos que un modelo económico y tecnológico invada incluso las horas sagradas del sueño infantil? ¿Por qué la adicción digital no se trata como una emergencia? ¿Por qué entregamos la infancia al algoritmo?
Bibliografía
Byung-Chul. H. (2024). La desaparición de los rituales. Barcelona; Herder Editorial.
Dworschak. P. (2023). El uso nocturno de las redes sociales retrasa el sueño. Vademecum. Recuperado de: https://www.vademecum.es/noticia-230620-el+uso+nocturno+de+las+redes+sociales+retrasa+el+sue+ntilde+o_18015.
Haid. J. (2024) La generación ansiosa. España; Deusto.
Osorio. S y Gómez. L. (2023). Entre luces digitales y sombras nocturnas: desafíos del sueño en la era de las redes sociales.



