Hasta la copa del guayabo

Foto: IA

Mario del Vecchio
Corporación Universitaria Minuto de Dios
Perdón papá por ser como usted. Por viejo entiendo ahora la promesa que me hizo hacerle el día que ese comandante se llevó a la mamía. Éramos más jóvenes que hoy. Después de esconderse de la multitud se me plantó delante, suelto en lágrimas y en chorros de mocos, y me hizo repetir después de usted: “no voy a ser como el papá mío”.
Hoy se llevaron a Clarita y el miedo me recogió los testículos. Berreaba con la voz quebrada y me gritaba con los ojos. Solo pude acordarme de usted y de su voz y de la mía jurándole. La montaron en un camión de milicia que parece un toro. No fue ella sola, se las llevaron a todas.
Me escondí de la multitud con el llanto descontrolado que da la vergüenza, la vergüenza de la promesa que no se cumple. Alcancé la casa, la que era nuestra, y encontré el revólver, el que era suyo. Corrí hasta las faldas de la sierra y busqué en ella alguna sombra de guayabo alto. Papá mío, desde aquí le escribo para decirle que no quiero ser como usted.
No me alcanza ya la fuerza para cargar el sol en los hombros, ni el azadón, ni la pala en las manos. No puedo arar nuestras tierras, las que eran suyas, que trabajó y trabajamos para lograrnos la comida que la mamía no nos pudo dejar. Usted nos levantó y se levantó, pero a mí las piernas no me dan para más. Así que decido hacer lo que usted no hizo y plantarme en la boca una bala sanguijuela que atraviese mi corona y vuele alto, hasta la copa del guayabo; que mire desde arriba mi cuerpo quieto, regado, observando el cielo en el silencio que da la certeza, la certeza, papá mío, de que no fui como usted.



