Hollywood: la industria de la pornomiseria

Foto: Chris Pizzello (AP)

Carlos Sánchez Paz
Universidad Javeriana de Cali
Por décadas, Hollywood ha intentado apropiarse de historias latinoamericanas con la misma fórmula: narcotráfico, violencia y un exotismo que distorsiona la realidad social y cultural de nuestros países. Emilia Pérez, la última entrega de Jacques Audiard, no solo repite esta tendencia, sino que la lleva al extremo de la caricatura, disfrazándola de cine “transgresor” y “vanguardista”. Sin embargo, lo que realmente refleja es el desconocimiento y la arrogancia de una industria que sigue creyendo que puede contar nuestras historias sin entenderlas.
La película pretende abordar temas profundos como la identidad de género en un contexto de crimen organizado. No obstante, lo hace con una visión reduccionista y plagada de estereotipos. Desde la falta de actores mexicanos en los papeles principales hasta la pésima pronunciación del español, todo en Emilia Pérez deja claro que esta producción no tenía el mínimo interés en representar con autenticidad a la cultura que explota. La elección de Selena Gomez —cuya relación con el idioma español es distante— como una de las protagonistas es solo una de las muchas señales de que la prioridad no era la verosimilitud, sino la imagen de “diversidad” con la que Hollywood intenta justificar su ceguera cultural.
Pero más allá de la falta de autenticidad, Emilia Pérez se inscribe en una larga tradición de pornomiseria cinematográfica, ese fenómeno en el que la pobreza, la violencia y el sufrimiento son explotados como un espectáculo de impacto para audiencias extranjeras. La industria cinematográfica occidental ha convertido la miseria latinoamericana en un recurso narrativo rentable, donde la crudeza de nuestras realidades no se presenta con una intención crítica genuina, sino como un producto diseñado para conmover a espectadores que jamás han pisado las calles que estas películas pretenden retratar.
La pornomiseria no es nueva, ni exclusiva de esta película. En los años 70, en Colombia ya se denunciaba cómo ciertos cineastas mostraban la marginalidad extrema con un enfoque sensacionalista, sacrificando la profundidad y el contexto a cambio del reconocimiento en festivales internacionales. Emilia Pérez sigue esa misma línea: una historia que no busca representar a Latinoamérica, sino usarla como un telón de fondo para una trama que en realidad le pertenece a la industria que la produce.
El problema no es solo que Emilia Pérez perpetúe clichés, sino que lo hace con una desfachatez preocupante. Audiard, un director francés sin mayor experiencia con el contexto latinoamericano, se toma la libertad de retratar una realidad que claramente no comprende. Y cuando las críticas llegan, la respuesta es el clásico discurso de la “intención artística”. Pero la intención no es excusa cuando el resultado es un producto que distorsiona una realidad compleja para convertirla en un espectáculo de morbo disfrazado de “cine social”.
Esta es una historia que podría haber sido contada por un director o directora mexicana, con actores que realmente representaran la diversidad del país, con un guion escrito desde la experiencia y el conocimiento. En América Latina hay talento de sobra para narrar nuestras propias historias, pero seguimos viendo cómo se nos arrebatan y se nos devuelven convertidas en un reflejo grotesco de lo que realmente somos.
El orgullo latinoamericano no es solo una cuestión de identidad, sino de dignidad. No necesitamos que nos narren desde afuera con una mirada condescendiente y superficial. Necesitamos que se abran espacios para nuestras propias voces, porque solo así podremos ver en pantalla algo más que la eterna y desgastada visión del narco como nuestra única herencia cinematográfica.



