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La crisis de la esperanza

Foto: Mohammed Salem (Reuters)
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Francisco Javier Vera Manzanares

Activista y defensor de los derechos humanos

En la segunda década del siglo XXI nuestra sociedad se enfrenta a diversas crisis simultáneamente. Estamos viviendo los niveles más altos de violencia desde el fin de la Segunda Guerra Mundial; es decir, hay más conflictos armados activos y que se desarrollan en estos mismos instantes como nunca antes desde entonces. Estos conflictos se han vuelto más difíciles de resolver debido a dos motivos principales: por una parte, un mundo cada vez más multipolar y en el que las potencias y actores regionales tienen mayor influencia sobre el terreno, lo que hace que haya más actores sobre una misma mesa de negociación; y, por otra parte, el ascenso de discursos que niegan los derechos y la dignidad humana, el multilateralismo y la posibilidad de solucionar los conflictos a través del diálogo.

 

Hemos visto en los últimos meses cómo en muchos países el poder está en manos de jefes de Estado que rezuman odio y discriminan y excluyen a aquellos más vulnerables, imponiendo sus prácticas totalitarias y escudándose en la libertad de expresión, lo cual genera una pérdida en los derechos que tan difícilmente la humanidad ha adquirido. Todo esto nos sume en la peor de todas las crisis que puede sufrir una sociedad: la crisis de la ecoesperanza. Como bien dice un viejo refrán: “la esperanza es lo último que se pierde”. Cuando se pierde la esperanza no hay nada más que perder porque ya lo hemos perdido todo. Y ese es el mayor riesgo: una sociedad desanimada, con personas jóvenes que no le encuentran algún sentido a sus vidas, ya no tiene nada por lo que luchar. Una depresión colectiva como consecuencia del constante desdén a la vida y la priorización de los interés individuales de unos pocos por encima del sufrimiento y la miseria de millones de seres humanos.

Sin embargo, en un contexto tan desalentador es cuando más sentido toma la lucha por los derechos humanos y la vida. La fuerza producida por la indignación y la injusticia no nos debe desanimar, sino, por el contrario, nos debe dar todo el aliento necesario para luchar por una sociedad en la que los niños, niñas y bebés no mueran bombardeados al ser considerados como una amenaza, o en la que no tengamos que respirar un aire tóxico y nocivo para nuestra salud y en donde todos los seres humanos tengamos garantizado el derecho a vivir en entornos sanos, limpios, dignos y en paz. 

La ecoesperanza no es un llamado al optimismo individual sobre lo que es posible cambiar y mejorar, sino un grito colectivo que moviliza a la acción; una ecoesperanza que es resiliente, colectiva y que siempre se aferra a la vida y no se deja soltar. La ecoesperanza se materializa en acciones concretas que nos acercan a ese sueño y al ejercicio de todos los derechos que tenemos por el simple hecho de existir y de ser humanos.

ISSN: 3028-385X

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