La paz en Europa: ¿mito o realidad?

María Antonia Gómez
Universidad Javeriana de Cali
Después de casi dos años marcados por muertes, destrucción y un conflicto que ha sacudido a Europa, Rusia y Ucrania, parecen estar al fin dispuestos a sentarse a la mesa de negociaciones. Sin embargo, hasta el momento ni siquiera se ha logrado concretar una reunión inicial para hablar de una posible tregua. Por eso, cabe preguntarse: ¿será tan fácil hacerlo como decirlo? ¿Qué obstáculos podrían impedir que la paz llegue, por fin, a estas naciones enfrentadas?
En el tablero de ajedrez que reemplaza la zona fronteriza entre Rusia y Ucrania, ambas naciones se encuentran moviendo sus peones en un juego de fuerza, sus reinas en un juego de estrategia y sus reyes en un juego de dominio.
Para el Kremlin, esta partida representa, en primer lugar, la defensa de los profundos lazos históricos que vinculan el territorio ucraniano con el imaginario y la identidad nacional rusa. Aunque la antigua Rus de Kiev se fragmentó con el tiempo en lo que hoy son Rusia, Ucrania y Bielorrusia, para Moscú Ucrania sigue siendo parte fundamental de su herencia histórica. En segundo lugar, el conflicto también refleja el interés estratégico de conservar su influencia en Europa oriental frente al avance de Occidente y la positiva de Ucrania de unirse a la OTAN, un movimiento que fue determinante para la invasión del Kremlin a Kiev.
Para Ucrania, este enfrentamiento representa la validación de su independencia como nación autónoma frente a una Rusia que, históricamente, ha intentado subyugar a Kiev mediante presiones y estrategias de control. Por eso, sus movimientos para acercarse a Occidente y buscar su ingreso a la OTAN no solo desafían la autoridad y la paciencia del Kremlin, sino que constituyen, ante todo, una reafirmación de su soberanía nacional. Adicionalmente, acercarse a Occidente significa una protección frente a las hostilidades de Rusia y su voraz apetito invasor.
Por esto, en vísperas de las negociaciones de paz entre Rusia y Ucrania, ambas naciones tienen mucho en juego como para ceder con facilidad frente a la otra parte. Retirarse de Kiev representaría una pérdida del posible control del lucrativo negocio de gas bajo el dominio ucraniano. Cederle a Ucrania sus territorios de vuelta, como Crimea, significaría para Rusia renunciar a su control sobre la amenazante puerta de entrada de Occidente a Oriente, haciendo que Ucrania se convierta en una plataforma militar Occidental en Europa Oriental. Doblegarse ante Kiev implicaría renunciar a la idea de construir un esquema de supremacía y seguridad en Europa Oriental, en el que Rusia figuraría como número dos.
Por el otro lado, cederle a Rusia sus territorios significaría para el pueblo ucraniano un golpe bajo a su orgullo, ya que sería renunciar a su batalla centenaria de independencia y autonomía frente a Moscú. Significaría ceder ante las presiones de Rusia para controlar su territorio y frenar su acercamiento a Occidente y la OTAN, condicionando sus relaciones internacionales y su posibilidad de escribir su propio curso en la historia contemporánea.
Afirmar que la paz está cerca sería ingenuo: implicaría ignorar décadas de conflicto, de intereses estratégicos e historia. Es lógico suponer que las conversaciones de paz se prolongarán; ya que tomará bastante tiempo y palabras para que algún mandatario, al final, dé su brazo a torcer. Tanto Rusia como Ucrania tienen demasiados intereses de por medio como para ceder con facilidad en las conversaciones de paz. La bandera blanca puede ondear durante un tiempo, pero eso no asegura que permanecerá alzada para sellar la paz de forma definitiva.
