La política fuera de las urnas

Alejandro Narváez Montiel
Universidad del Valle
El próximo 7 de agosto de 2026, bajo el cielo capitalino y frente a millones de colombianos inmiscuidos en el más impar popurrí de sentimientos, tomará posesión un nuevo presidente o presidenta del país del realismo mágico. Dirá que en su figura se expresa la voluntad del pueblo, que Colombia, patria diversa, por fin se ve encaminada al futuro prometido, la parusía se acerca, retornamos al huevo; hará alusión al connacional ilustre de su preferencia, usará símbolos patrios como mejor se adecuen a la situación, y comenzará un nuevo mandato frente a las palabras de Santander talladas en la fachada del Palacio de Justicia “Colombianos: las armas os han dado independencia, las leyes os darán libertad”. El cielo, indiferente, no será más que el mismo testigo.
Así pues, estas letras son solo una invitación, a los colombianos en su distinguirse, pero con especial aprecio a mi generación, los que recién inician su camino, los más cercanos al nacimiento, momento que para Hannah Arendt es la expresión misma de la acción, un instante donde se posee la capacidad de crear algo nuevo. Colombianos, más allá de la cercanía que cada uno tenga con la natalidad, creemos algo nuevo, construyamos un futuro común donde la política no se limite al performance.
El desencanto político es uno de los más grandes males de las sociedades contemporáneas. La política se puede definir como el terreno referente a la organización de una sociedad o comunidad, el “¿Cómo nos organizamos?”. Ignorar dicho llamado y entregarnos en ser a la contemplación es a su vez la aceptación de lo establecido; así mismo, delegar toda nuestra responsabilidad política en el voto convierte nuestro acto en la aceptación pasiva del quehacer de nuestros representantes. Ya lo sostenía Camus como columna vertebral en “La Caída”, se es penitente por inacción.
El desinterés no se puede hacer costumbre, pues mataría lentamente lo que define a la democracia. La esencia misma de cualquier sistema que se diga democrático desde la modernidad es la pluralidad, somos lo mismo y diferentes en cuanto a que somos humanos diría Arendt. Ya se conquistó el sufragio universal, pero se pierde la batalla más importante, la que se acciona contra el desinterés. Es común ver la política con rechazo, asociarla con la corrupción, el oportunismo y la pequeñez del ser humano; asociaciones que no carecen de fundamento. Durante tiempos no electorales las noticias relacionadas a la política más difundidas suelen girar en torno a la corrupción o debates inocuos cuyo único fin parece ser preparar terreno para las elecciones, y llegado el año electoral, el mesianismo se exacerba y la vida se torna en un performance solo comparable a épocas de mundial. Así la política usurpa por un periodo el lugar que le suele corresponder al reality de turno.
Los problemas son evidentes, pero ¿qué se puede hacer? ¿Desarraigar la política de nuestro ser y caer en el desinterés? ¿Aceptar un juego interminable donde la política se reduce a la representación? A mi ver, hay que actuar. Ernesto Sabato en La Resistencia decía que “quienes se quedan con los sueldos de los maestros, quienes roban a las mutuales o se ponen en el bolsillo el dinero de las licitaciones no pueden ser saludados”. Ese puede ser un punto de partida: ser críticos frente a los males, no callar en resignación. Debemos ver la política más allá de los espacios institucionales, no como un interés que ronda nuestras mentes en un vaivén de cuatro años, la política es y será asunto de todos en cuanto seamos en sociedad o comunidad. Con ello la política se vuelve un requisito de libertad en la vida con el otro, una libertad real y mesurada envuelta en responsabilidades y deberes; esta poco tiene que ver con la que se predica por estos días al sur de nuestro continente. Sin embargo, abarca en su ser algo más grande, pues como sostuvo Camus en El Hombre Rebelde, “Ningún hombre considera su condición libre, si, al mismo tiempo, no es justa, ni justa si no se siente libre”.
En este paisaje a que otra cosa se puede aspirar sino a una libertad y un nosotros. El reconocimiento del otro, la mirada al rostro, se vuelve una alternativa rescatada del olvido; se vislumbra la contradicción que encarna la representación total de la organización de nuestra sociedad, y hacemos conciencia del por qué de la política es el deber que implica un nosotros. Ahora mi invitación adquiere cuerpo y forma, colombianos, tomemos acción sobre nuestro futuro, llenemos los puestos de votación si así lo deseamos, pero que la política no acabe en un voto. Destronemos a los mesías, que la conversación sobre política no se ahogue en la defensa acérrima a una personalidad; hablemos con honestidad, admitamos que no sabemos todo, y comencemos la construcción de una sociedad pensada en el diálogo con el diverso otro.
La conclusión es clara, si queremos la libertad, debemos comprender que la política no termina en las urnas. No permitamos que nuestra participación sea secuestrada por una clase que miles de veces nos ha fallado. Creemos nuevos espacios de debate, dialoguemos sobre el rumbo que ansiamos para nuestra sociedad, marchemos, invadamos los espacios de decisión y comprendamos nuestra pluralidad como una fortaleza para nuestras palabras. Que cada acción que ejerzamos invoque la necesidad de la política, pues ella será en cuanto nosotros seamos.
