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La vida no vale nada
Foto: Getty Images

Todo homicidio, sin distinción alguna, es despreciable. Los hay por diferentes motivos. En el homicidio político se mata por una idea. En el pasional, por vengar una ofensa. En el de odio, por un prejuicio. Todos son injustificables, incomprensibles a la luz de la razón. Sin embargo, todos buscan un fin, así sea infame.

En las calles se produce a diario el homicidio más aborrecible de todos -si es que se puede hacer una escala de este espantoso crimen- por lo absurdo, sin sentido y carente por completo de la más mínima explicación: el matar por matar.

En marzo, en la localidad de Usme, un joven de 19 años fue herido en un pulmón cuando unos delincuentes le intentaban robar su gorra. En mayo, en la localidad de Fontibón, un joven deportista de 17 años fue asesinado por robarle su bicicleta. En junio, dentro de un bus de Transmilenio, mataron a un hombre por hurtarle su celular. En julio, frente al centro comercial Mall Plaza, un brillante geólogo de 29 años fue acuchillado en el corazón en medio de un atraco. Hace unos días, un sujeto le disparó dos veces a una menor de edad por robarle una cachucha.

Como estos, cientos de casos más. En todos, la víctima estaba desarmada. Ningún peligro amenazaba a los criminales. No había necesidad de disparar ni de enterrar el puñal. Matan por matar, como un niño aniquilando hormigas. Por diversión, si se quiere.

Hemos llegado al más alto grado de descomposición social. Ya el miedo no es porque nos roben o nos agredan, sino porque nos maten. Miedo a morir violentamente, que es el más primitivo de todos los temores humanos. A eso retornamos: al salvajismo y la bestialidad.

Pero es que ni eso. Ni siquiera los animales matan por matar, sino por alimentarse o protegerse de un ataque. Lo nuestro es algo más bajo, de pura maldad y vileza infinitas.

Por elemental que parezca, el mayor triunfo de la civilización es reconocer el valor sagrado de la vida humana: que ni una creencia, ni la más terrible ofensa, ni el odio enardecido, conduzcan a suprimir la existencia del otro. “Matar a un hombre por defender una idea no es defender una idea, sino matar a un hombre”, dijo Stefan Zweig.

¿Qué hacer, entonces, cuando matar se vuelve algo cotidiano?

Colombia, desde hace rato, se convirtió en la desgracia de la humanidad. Vivimos en un país enfermo, demencial, trágico, fatalmente absurdo. Como se ha dicho en innumerables ocasiones (y que de tanto repetirse perdió su efecto, si es que alguna vez lo tuvo): en Colombia la vida no vale nada, vale más una gorra, un celular, una bicicleta, cualquier cosa insignificante.

Me temo que, por más que se emprendan políticas públicas, la muerte ha ennegrecido sin remedio nuestros corazones. Hasta que algo pase, seguiremos todos correteando en busca de refugio, como las hormigas desesperadas a la sombra de un niño.

El Director

ISSN: 3028-385X

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