Las voces de la bandera colombiana

Foto: Antonio Cascio

Valeria Sierra Cardona
Universidad Javeriana de Cali
Colombia, la nación fantasma que a nivel latinoamericano cuenta con el mayor número de comunidades indígenas, pero que en su dualidad tiene las más desconocidas del continente. Desde La Guajira hasta el Amazonas, miles de individuos buscan desesperadamente poder prevalecer y pertenecer al mundo ignorante que cambia día a día.
El desconocimiento que nos lleva a seguir llamando 'Día de la Raza' a lo que hace unos cuantos años se estableció como el 'Día de la Diversidad Étnica y Cultural', es un reflejo de nuestra indiferencia colectiva. Entender y emplear las palabras adecuadas y honrar las fechas y su significado es el inicio para reconocer la dignidad de aquellas comunidades que hemos relegado a los márgenes de nuestra memoria. La verdadera inclusión comienza cuando nos tomamos el tiempo de aprender, de informarnos, de abandonar la comodidad de la ignorancia. Solo a partir de ese momento podremos comenzar a otorgar a nuestras comunidades autóctonas el espacio que merecen en la historia nacional.
Más que una forma de comunicación es un tesoro que ha sido pulido de generación en generación. Palabras africanas, inglés, francés y dialectos colombianos, todos estos conforman un solo lenguaje, atravesado por ciertas modificaciones que son creadas por los isleños al buscar en medio del control un poco de privacidad. Qué difícil debe ser tener que cumplir con ciertos niveles de competencia comunicativa, sabiendo que, desde años pasados, cuando la vida tenía precio y los individuos eran separados con alma de cántaro de sus familias para ser traídos en barcos a trabajar por el bien común de la Europa Occidental, ya existía un lenguaje que, sin usar palabras, contaba más que un grupo de letras unidas y cumplía con todas las funciones en distintos contextos. Sí, ustedes, los verdaderos dueños del mar de los siete colores, los que detrás de una sonrisa viven inmersos en la desigualdad, pero que, aún así, siguen siendo nuestra comunidad Raizal.
Los primeros habitantes del territorio tricolor, esos que comparten desde la tradición un pasado histórico, pero que, gracias a las primicias audiovisuales desorientadas y erróneamente justificadas, han sido demeritados en su mayor esplendor. Más de cuarenta grupos unidos para no permitir que ni la lluvia roja ni el viento azul los desintegren en partículas y los inciten a desviarse por corrientes que terminen en aguas turbias, solo con el propósito de usarlos como cortina de humo. Esos que con sus manos hacen mejores obras que los políticos colombianos, que con su sabor llenan el país de esplendor y que con sus colores nos demuestran que ya hace rato fueron triunfadores. Gracias, comunidades indígenas, porque, a diferencia de los inconscientes que pertenecemos al lado urbano, ustedes son los únicos que logran estar en una búsqueda constante por encontrar el equilibrio permanente entre el verdadero sentido de pertenencia y la naturaleza.

Foto: Colprensa
Más de 100 años de trascendencia en los que la India, gracias al esfuerzo social de sus descendientes, ha prevalecido en diversos países. Los padres del bagaje cultural y los señalados por resaltar con sus aspectos únicos en medio de una hermandad mayoritaria. Prácticas tradicionales, identidad propia, una conciencia étnica particular y una epistemología fuera de lo normal hacen que la seda nunca transgreda y que, así, los ancianos representen con cordura el gran grupo de valientes gitanos.
El gran símbolo universal es lo que hoy en día resalta la afrocolombianidad, el pelo rizado, lleno de chaquiras o muy bien atado, que dio origen a la comunicación visual más increíble que algún día se pudo haber dado. Un comienzo desde cero que, sin voz ni voto, logró con sudor desatar la violencia y dar paso al sabor. Los pies encallados son la muestra viva de lo que tanto han luchado; la sonrisa heroica y blanca como la paz que nos muestra su corazón veraz y esa vivacidad que al son de la marimba todas las almas se unen a gozar.
Los que viven en el paraíso terrenal, que le dan de comer a más de una ciudad, que aún sin ser remunerados como deberían, se levantan sin cansancio a producir la mejor comida. Esos que cuidan meticulosamente los cultivos para dar los frutos más productivos, mientras lentamente se hunden en las arenas movedizas del olvido estatal. Esos que sin miedo a ser juzgados son los más arraigados, que sin miedo a ser desterrados siguen soñando con ser más bien respetados y que están inmersos en la agronomía sin darse cuenta de que son dirigidos por una monarquía. Personas humildes y comprometidas que solo piden un poco más de garantías, gente verraca a la que no le reconocen con seriedad su agobiante realidad. Compañeros campesinos, ustedes son los verdaderos padrinos que sin importar su paradero nos aseguran el mejor vividero.
Por último, los palenqueros, que resaltan a metros con sus increíbles sombreros. Mujeres que, cuando el calor es ensordecedor, caminan por las playas hasta encontrar un comprador. Las que se visten de colores, portando las más jugosas frutas en su cabeza, siendo así un símbolo internacional de la belleza. Las dueñas y señoras del carnaval, patronas de la cocada, el enyucado, el maní cultivado y su innato tumbao.
Nuevamente, gracias a todos los seres humanos espléndidos que, a pesar de la desigualdad, el escaso reconocimiento social y el desinterés estatal, hacen a un país brillar.



