Manifiesto del artista contracorriente

Laura Lucía Andrade
Universidad Nacional
Tengo una fijación por encontrar simbolismos y significados para luego depositarlos en cada cosa que hago, me reviso a través de significaciones y abundan las metáforas en mi imaginario, ese es mi filtro para con el entorno; quizá una suerte de pensamiento mágico como diría Piedad Bonnett, pues para disgusto suyo hasta a ella le constituye, o a todos en alguna medida. El arte es justo eso, un sistema de expresión capaz de transmutar ideas y nosotros, los artistas, los dadores de tal multidisciplinariedad.
¿Por qué no nos estamos imaginando entonces otros mundos, culturas, normas, versos, formas de vida o de ser? ¿Qué tanto nos sublevamos? ¿Por qué no nos estamos cuestionando constantemente? El silencio también es una respuesta. Todo es político, todo importa, nada es incuestionable ni inamovible ni perfecto ni absoluto o eterno. ¿Existe la verdad siquiera?
Entender que las respuestas, si tal cosa existe, rara vez se encuentran en los extremos. No creo en las polaridades, en los colores puros, sino en la altísima gama de tonos que nos constituye, que es lo que da vida a nuestras obras; esas combinaciones aleatorias y contradictorias de lo existente.
Pero a veces no veo a mí alrededor ese afán de crear, de saber, de meterse en problemas, de estrellarse, de sentir y comerse a este mundo aletargado, de vivir en toda su aspereza y tramitar la vida a través del arte.
Con lo arduo que resulta existir contra cualquier pronóstico creo firmemente en el poder del colectivo, de encontrar un nicho en el que ser capaz de desnudarse así sea lentamente hasta naturalizar cualquier grieta, hasta recordar que todos somos frágiles. Es por ello que el arte se debe también a la comunidad; no se puede llamar así mismo sin un puente que atraviese al observador. Es crucial hacer al público parte de la obra, pensarle, engullirle, exponerle y enseñarle a dejarse afectar, a sensibilizarnos como sociedad.
Nada de reprimirnos nunca más, es menester unirnos en favor del ser ¿Dónde está la rabia que te consume al vivir en un entorno que aprieta al desamparado y banaliza al ser? De ver cómo nos utilizan, nos cosifican, nos maltratan, nos revictimizan, nos ignoran o nos callan. ¿Dónde está nuestro país en el arte?
¿Acaso no nos duele este pueblo maltrecho? Es hora de que nos vayamos olvidando de lo sublime, al fin y al cabo, ya vivimos al margen de lo aceptable.
Porque muchas veces no se trata de derrocar los paradigmas sino de jugar con ellos, burlarse hasta bajarlos del pedestal y que no se vean imponentes nunca más. Es imperante entonces perder el miedo a abrir los ojos, perderle miedo al miedo y de hablar de él hasta que se transmute en algo tangible.
Y les increpo, ¿con qué vehemencia quisiéramos entonces que la siguiente generación leyera nuestras acciones si no tomamos la decisión de saltar ya mismísimo al vacío y abrazar una forma de vida tan atípica, tan expresiva, tan tuya y mía? Quiero llegar a la tumba solo después de haber errado por los rincones, de habérmele atravesado a más de uno, de haber engullido mil lecturas para luego sentarme dos horas a meditar cada una, de haberme ahogado en el vino y la bohemia con mi gente, de haber dudado de la cultura, el poder, la convención y de casi haber conocido hasta la muerte para al final verla a los ojos en paz. Planteémonos entonces detener un segundo nuestro pulso mientras ideamos cómo hacer que este se oiga más fuerte.
