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¡Más agüeros que café!

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Foto: iStock
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Valery Alejandra Martín

Universidad Externado de Colombia

En Colombia, los agüeros no son meras supersticiones; son una especie de religión alternativa que convive con las creencias populares y la cultura cotidiana. Si bien no están consignados en un catecismo oficial, cualquier colombiano puede recitar una lista completa de ellos como si fueran los principios básicos de la vida, como nuestra propia biblia. Estos rituales, que a veces parecen ilógicos, tienen una base cultural tan profunda que se convierten en parte esencial de nuestra identidad. En lugar de explicar el destino a través de la ciencia o la razón, los colombianos confiamos en la magia de lo cotidiano, y ¿qué mejor ejemplo que la creencia de que un limón detrás de la puerta espanta las malas energías? En una cultura como la nórdica, donde lo inexplicable se resuelve con análisis científicos, un "limón mágico" podría parecer el colmo de lo irracional. Pero en Colombia este pequeño gesto encierra esperanza, una forma de enfrentar lo incierto con algo tan simple como una fruta.

Si bien estos agüeros pueden parecer absurdos desde una perspectiva lógica y científica, no podemos negar que, para el colombiano promedio, son una forma de dar sentido a lo que no tiene explicación inmediata. Y no se trata solo de supersticiones aisladas, sino de una cultura que valora la tradición, que encuentra consuelo en rituales que, si bien no son verificables, están cargados de significado. Un ejemplo claro de esta relación entre lo simbólico y lo cotidiano lo encontramos en la cábala. Desde usar ropa interior amarilla en Año Nuevo para atraer la buena suerte (los que trabajan en estas tiendas se hacen buena plática con los estrenes) hasta colocar manillas rojas para protegerse de las malas vibras (incluso a los bebés, que no tienen ni idea de qué es una vibra) cada gesto tiene un propósito mágico, aunque no siempre lo entendamos en su totalidad.

En las sociedades del norte de Europa, como Suecia o Noruega, el enfoque hacia lo inexplicable es completamente diferente. Estos países, caracterizados por su alto nivel educativo y su enfoque racional, desarrollan una mentalidad donde todo fenómeno misterioso es simplemente una oportunidad para encontrar una explicación lógica, ya sea científica o empírica. Así, mientras que para un colombiano la cábala de Año Nuevo es un ritual lleno de simbolismo, para un sueco o noruego probablemente no tenga más valor que la mera costumbre. En Noruega, la prosperidad se alcanza con trabajo arduo, ahorro y planificación, no con un par de lentejas en el bolsillo. Lo que se aprecia en esos países es la educación crítica, que fomenta el pensamiento lógico desde la infancia y desalienta la creencia en lo sobrenatural como una forma válida de explicar la realidad.

Los agüeros, entonces, pueden ser considerados un reflejo de la capacidad de los colombianos para darle un significado más profundo a lo que, a simple vista, parece una acción del azar. Tomemos como ejemplo la famosa tradición de las doce uvas en Nochevieja. Este ritual, donde se come una uva por cada campanada del reloj mientras se pide un deseo, es un ejercicio que puede parecer cómico desde afuera. La rapidez con la que se debe pedir salud, dinero, amor y paz mundial es tal, que a menudo nos atragantamos en el proceso. Pero es precisamente en ese caos donde radica nuestra esencia: nunca perdemos la oportunidad de desearlo todo, de buscar la perfección en lo que parece un acto incluso ridículo. Mientras tanto, en países como Suecia el Año Nuevo se celebra con menos agitación, más reflexión y una evaluación concreta de metas y logros.

En una nación como Colombia, donde la superstición y la fe se mezclan con la vida diaria, los rituales y agüeros se convierten en una forma de lidiar con la incertidumbre. En los países nórdicos, sin embargo, el enfoque ante la adversidad es mucho más estructurado y científico. En lugar de rezar a un santo o realizar una cábala, las personas en Noruega hacen un análisis más racional de los hechos y buscan soluciones prácticas, tal como se hace en la educación nórdica, donde se enseña a los niños a razonar sobre las causas y efectos de sus decisiones. En Colombia no hay espacio para el escepticismo cuando se trata de tradiciones tan arraigadas. Desde una cuchara caída que anuncia visitas inesperadas hasta evitar pasar debajo de una escalera por temor a la mala suerte, estos gestos forman parte de una estructura cultural que no solo tiene que ver con lo mágico, sino con lo humano.

En términos religiosos, el contraste entre Colombia y los países europeos también es revelador. En nuestra sociedad, alrededor del 75% de la población se considera católica, y, por lo tanto, la religión permea la vida cotidiana de manera significativa. Los colombianos no solo creen en Dios, sino que lo integran en las decisiones diarias, junto con una serie de rituales y agüeros que parecen darles un control simbólico sobre su destino. En Noruega, por otro lado, aunque la mayoría de la población está registrada en la Iglesia Luterana, solo el 30% se considera activamente religiosa. Para muchos noruegos, la espiritualidad es algo mucho más personal y menos vinculado a rituales o supersticiones. La religión no ocupa el mismo espacio en la vida diaria como en Colombia, donde la fe católica se mezcla con prácticas folklóricas que refuerzan la conexión con lo divino de una manera mucho más tangible y cotidiana.

Foto: Junta Permanente Pro Semana Santa

Lo interesante es que, a pesar de las diferencias culturales y de creencias, los agüeros en Colombia siguen siendo un reflejo de nuestra idiosincrasia y nuestra forma de entender el mundo. En la cultura colombiana los rituales no solo tienen un propósito de protección o prosperidad, sino también de creación de identidad. Las costumbres de la Nochevieja o las tradiciones alrededor del Señor caído de Monserrate no solo son supersticiones; son un código cultural que conecta a los colombianos con su historia y sus ancestros. Estos gestos, por más inusuales que puedan parecer para otras culturas, son un acto de afirmación de nuestra identidad y, sobre todo, de nuestra forma de quitarle algo de decepción a la vida y cambiarlo por un poco de humor.

Al final, los agüeros no son simplemente tradiciones; son una forma de enfrentarse a lo impredecible. Nos proporcionan esperanza y nos permiten construir sentido en medio del caos, dándonos un refugio simbólico cuando las respuestas lógicas parecen no ser suficientes. Estos rituales no se limitan a ser supersticiones sin más; son una manera de conectar con nuestro pasado, con las creencias transmitidas por generaciones y con un legado cultural que, lejos de ser irracional, está lleno de simbolismo que hace que nuestra vida cotidiana tenga un toque de magia. Si bien en sociedades más racionales los agüeros pueden ser vistos como creencias absurdas, en Colombia los entendemos como una forma legítima de buscar significado, una vía para creer que lo que no tiene explicación puede, sin embargo, tener un impacto en nuestras vidas.

No se trata de si realmente las supersticiones funcionan o no, sino de lo que representan para nosotros. Los agüeros son un puente entre lo tangible y lo intangible, entre la ciencia y la magia, entre la lógica y el misterio. En Colombia, incluso en medio de la incertidumbre, buscamos un propósito en cada acción, en cada pequeña tradición, porque creemos que cada uno de esos gestos tiene una razón de ser. Y aunque los escépticos puedan decir lo contrario, no necesitamos explicaciones lógicas cuando una vuelta a la manzana con una maleta puede asegurar un año lleno de viajes, o cuando un simple "no barrer los pies" se convierte en la prevención de una maldición generacional. Quizás ese es precisamente el sentido de la vida: la capacidad de encontrar magia en lo cotidiano, y como dice nuestro dicho popular: “El que no cree en agüeros, nunca será buen parrandero”. Esa esencia fiestera, llena de magia y esperanza, es parte fundamental de nuestra identidad y, como colombianos, no queremos que se pierda.

ISSN: 3028-385X

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