Modernidad y patrimonio: una interpelación al devenir bogotano

Foto: Exode

Laura Andrade Avella
Universidad Nacional de Colombia
En 1930 la Hegemonía Conservadora llegó a su fin, con un proyecto de nación que apuntó a la modernización de las estructuras del Estado-nación colombiano. El influjo europeo, casi omnisciente, removía a la par cuestionamientos alrededor de nuestra identidad, fenómeno paralelo al resto de Latinoamérica. Europa se nos antojaba sinónimo de progreso y civilización (aún quizá) y la arquitectura modernista encarnó en nuestras calles aquel espíritu de avance pragmático en edificaciones sobrias, compuestas por volúmenes de ángulos rectos, simples, carentes de ornamentación y en cuyo diseño primaba la funcionalidad, de forma que la construcción fue llanamente adecuada a su fin. Todos los materiales y metodologías de construcción nuevas fueron empleados con miras a maximizar la eficiencia. Fue así como el concreto, el acero, el vidrio y el ladrillo tomaron protagonismo y fueron reemplazando, con la popularidad de este movimiento, estructuras envejecidas o consideradas de poca relevancia.
El nuevo gobierno liberal tenía como una de sus principales banderas fomentar la construcción de vías y obras públicas. En este sentido, los centros de las ciudades, al ser la carta de presentación de las mismas, han sido objeto de innumerables proyectos de urbanismo en aras de remodelarlos, repensarlos y, por supuesto, modernizarlos. Debo hacer un paréntesis aquí para mencionar que si bien la modernización colombiana y el modernismo como movimiento son distintos y han de ser tomados de esta forma, nacen de la misma matriz: el progreso.
Ahora le pregunto al lector que haya recorrido alguna vez la carrera Séptima entre la Plaza de Bolívar y la calle 26: ¿cuántas casas cuya arquitectura sea de estilo colonial puede encontrar en este recorrido? Muy probablemente nunca se lo haya preguntado. Pues le cuento que son únicamente dos. El dilema con este hecho es que la Séptima es la vía generadora de la ciudad, antiguo camino indígena de comercio apropiado como guía por los españoles para asentarse entre los ríos Vicachá (San Francisco) y Chiguanchi (San Agustín). Posteriormente, se posesiona esta vía, a lo largo de tres cuadras, como la calle real del comercio: casas por lo general de dos pisos en cuya primera planta se podía encontrar cualquier tipo de mercancía, sobre todo española, y en cuyo segundo piso vivían toda clase de personajes ilustres.
Como es bien sabido, esta carrera ha sido protagonista de múltiples eventos históricos y construcciones relevantes para la memoria bogotana, tales como la primera capilla de la ciudad, la casa de Francisco de Paula Santander, el pasaje Rufino Cuervo y, posteriormente, los primeros hoteles de Bogotá, el Regina y el Granada, de los cuales hoy no queda nada, ni siquiera alguna conmemoración de que estuvieron allí.
La historia en torno a las fuentes hídricas es también desalentadora, pues desde el principio los españoles establecieron dinámicas que les dieron la espalda al ser escenarios fundamentales de los ritos muiscas. La actual avenida Jiménez está construida sobre el río San Francisco, y en el cruce de esta con la Séptima se encontraba un puente emblemático para la ciudad del que hoy queda algún escaso registro. Este es el caso más sonado de incontables puentes, pozos y fuentes con los que se arrasó al canalizar los ríos. Si bien les estoy mencionando ejemplos que no ocurrieron durante el modernismo, el espíritu es el mismo: por el afán de progreso, de considerarnos una nación moderna e inclusive intentar asemejarnos a ciudades europeas, hemos arrasado con estructuras de relevancia histórica y dejado caer edificaciones que, muy probablemente, pudieron haberse salvado.
Lejos de satanizar el modernismo, mi intención recae en señalar que todo lo que hoy consideramos viejo o anticuado en algún momento fue novedoso. No es posible que cuando determinado movimiento pase de moda o cuando las decisiones políticas dejen en desuso a objetos, o en este caso artificios y edificaciones, se tomen por obsoletos y se prefiera arrasarlos y construir sobre estos con el estilo imperante, que es justo lo que está pasando en la actualidad con las construcciones modernas. Los parámetros para considerar un edificio como patrimonio han de pulirse de forma que se puedan salvaguardar apropiadamente del paso del tiempo.
Quiero llamar la atención sobre la pobre conciencia entorno al patrimonio y la falta de relevancia que encontramos en nuestra propia historia, aspectos sumamente relacionados puesto que la conservación del acervo histórico (desde documentación y registros hasta edificaciones) se siente en este país más como una obligación sin un fundamento real, o una formalidad prescindible, que como una necesidad nacional. Cuidar el patrimonio no solo nos permite fortalecer nuestra identidad, sino que favorece el desarrollo local, pues se fomenta el turismo, el desarrollo social y el sentido de pertenencia con la ciudad. Y aunque también es deber mencionar que cada vez se tiene más dicha consciencia en las instituciones y las leyes, aún hay mucho trabajo por hacer.



