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Nadie nace en paz

Foto: Chelo Camacho
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Katherin Dayanna Arévalo

Universidad Externado de Colombia

La paz no es un instinto. No es una condición con la que se nace, como si fuera parte del ADN humano. Por el contrario, es una construcción social, una práctica que se aprende y se cultiva día a día. Esta idea, aunque poco discutida, resulta clave para comprender por qué tantos conflictos siguen surgiendo en distintos niveles de la vida en sociedad. La violencia, tanto la evidente como la que opera de forma silenciosa, aparece de forma natural cuando no existen mecanismos para aprender a convivir. En este contexto, la escuela tiene un papel decisivo: es uno de los pocos espacios donde se puede enseñar la paz, no como teoría, sino como experiencia de vida cotidiana. Y es ahí donde la comunicación se convierte en una herramienta esencial para formar a ciudadanos capaces de dialogar, comprender al otro y transformar los conflictos sin recurrir a la agresión. 

 

Aunque se habla constantemente de paz en discursos, eventos y campañas  institucionales, muchas veces se trata de una palabra vacía, repetida sin un  compromiso real. Desde la infancia, en las aulas escolares se insiste en la importancia de resolver los conflictos sin violencia, en dialogar, en respetar las diferencias. Sin embargo, estas enseñanzas suelen ser percibidas por los estudiantes  como normas impuestas más que como aprendizajes significativos. El desafío, entonces, es transformar la educación en un proceso que no solo informe sobre la paz, sino que forme en ella. 

 

La comunicación, entendida como un proceso profundo de interacción y  entendimiento, es clave para ese aprendizaje. No se trata solo de hablar o escuchar, sino de crear puentes reales entre personas con ideas, contextos y emociones diferentes. Una buena comunicación implica empatía, claridad, respeto y disposición al diálogo. Es, en esencia, la base de cualquier convivencia pacífica. Por eso, al hablar de educación para la paz, no se puede dejar de lado el papel que tiene la comunicación como herramienta transformadora. 

 

El sociólogo Johan Galtung (1969) aporta una perspectiva útil con su concepto de  “violencia estructural”. Esta forma de violencia no se manifiesta de manera física,  pero está presente en las estructuras de poder, en las jerarquías rígidas y en la  negación del diálogo. En el contexto educativo, esta violencia puede verse cuando se impone la autoridad sin abrir espacio a la participación estudiantil, cuando se invisibiliza la voz del otro o cuando se educa desde el miedo y la sanción, más que  desde la comprensión y la reflexión. La paz, en este caso, no se aprende porque no se practica. 

 

Frente a ello, es urgente que las escuelas se conviertan en escenarios de aprendizaje ético y emocional, donde la comunicación tenga un lugar privilegiado. La paz debe ser vivida en el aula, no solo discutida en clase. Es en el trato diario, en los espacios de participación, en la manera como se resuelven los conflictos escolares, donde realmente se enseña a convivir. Si un estudiante vive experiencias en las que su voz es escuchada, donde se le invita a dialogar y a reflexionar, es mucho más probable que interiorice la paz como una forma de vida, no como un concepto abstracto.

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Foto: Ferley Ospina

La UNESCO (2007), al hablar de educación para la paz, enfatiza precisamente esa dimensión práctica: formar personas capaces de participar activamente en la  construcción de sociedades justas y pacíficas. Para lograrlo, es necesario fomentar competencias comunicativas que vayan más allá de lo académico. La expresión de ideas, la gestión de emociones, la empatía, el respeto por las diferencias culturales y sociales, son pilares que deben ser desarrollados desde la escuela. De este modo, el aula se transforma en un microespacio social donde se entrena la ciudadanía del futuro. 

 

No se puede ignorar que los conflictos son parte de la vida humana. Lo que diferencia una sociedad violenta de una pacífica no es la ausencia de conflicto, sino la forma en que se gestiona. Por eso, educar para la paz no significa evitar tensiones, sino preparar a las personas para enfrentarlas sin recurrir a la agresión. Aquí la comunicación aparece nuevamente como estrategia clave: mediar, escuchar, argumentar, ceder, preguntar. Son acciones aparentemente simples, pero que requieren práctica constante, sensibilidad y formación. 

 

El papel de los docentes es fundamental en este proceso. No se trata solo de enseñar contenidos curriculares, sino de encarnar modelos de comunicación respetuosa, abierta y reflexiva. Los educadores deben ser facilitadores del diálogo, creadores de ambientes de confianza y referentes de convivencia. Cuando un profesor escucha activamente, valida las emociones del estudiante o media en un conflicto de manera justa, está educando para la paz de forma mucho más efectiva que con cualquier lección teórica. 

 

También es importante reconocer que la paz necesita de una dimensión colectiva. No basta con formar individuos pacíficos; se necesita construir comunidades escolares comprometidas con la no violencia. Esto implica que las normas institucionales promuevan la participación, que exista equidad en el trato entre todos los miembros, y que se reconozca el conflicto como una oportunidad para crecer, no como una amenaza que debe ser silenciada.

 

La escuela no puede cambiar por completo la realidad social, pero sí puede sembrar las bases para transformarla. Al enseñar que la paz no es un regalo ni una condición automática, sino una práctica que se aprende con esfuerzo, se está contribuyendo a formar ciudadanos más críticos, más conscientes y más responsables. Ciudadanos que no repitan la violencia que heredaron, sino que estén dispuestos a crear nuevas formas de convivir. 

 

En conclusión, la paz no es una habilidad con la que se nace, sino una forma de vivir que se aprende. La escuela, como formadora de ciudadanía, tiene el poder —y la responsabilidad— de enseñar esa forma de vivir. No basta con repetir discursos pacifistas; se requiere una práctica constante de comunicación efectiva, escucha activa y resolución de conflictos. Solo así será posible sembrar en las nuevas generaciones la capacidad de convivir con respeto, de transformar la diferencia en riqueza, y de hacer de la paz no un ideal lejano, sino una realidad tangible. Porque nadie nace en paz, pero todos pueden aprender a construirla.

Bibliografía

 

ISSN: 3028-385X

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