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De la Espriella no ama al pueblo: lo usa

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Luis Fernando Quiroga

Universidad Javeriana

En el ciclo político colombiano, emerge nuevamente el perfil redentor: “el hombre que viene a rescatar al pueblo”. Abelardo de la Espriella se presenta, así, como un outsider, autofinanciado, libre de compromisos. A diferencia de otras candidaturas, no tengo dueños. Esto se autofinancia. Pero cuando observamos con lupa su discurso, su base de apoyo y sus propuestas, nos encontramos con más preguntas que certezas.


Su campaña dice representarse desde “el pueblo”, pero su lógica es de arriba hacia abajo. El propio De la Espriella cuestionó los datos de empleo del gobierno: “¿Por qué ha bajado el desempleo si la tasa de ocupación sigue igual, en un 52 %? Es decir, no se han creado nuevos puestos de trabajo”. En agosto de 2025, sin embargo, el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) reportó una tasa de desempleo nacional de 8,6 %, el nivel más bajo para un mes de agosto desde 2001, con 23,8 millones de ocupados, un aumento de 393.000 personas frente a 2024.  Este es un buen dato para el país; pero no parece encajar en el relato de crisis que promueve el precandidato. ¿Por qué ignorar lo que sucede en la base si la promesa es “devolver la prosperidad”?


La admiración pública que cosecha tampoco es trivial: una encuesta de noviembre de 2025 lo ubicó con un 17 % de intención de voto entre los aspirantes de derecha.  Y su evento en el Movistar Arena congregó más de 15.000 personas y costó entre 280 y 300 millones de pesos, según él pagados con su patrimonio.  Es una manifestación de fuerza. Pero, ¿una manifestación de pueblo? ¿O una versión teatral de respaldo político?


Lo que más preocupa es el público que lo ve como salvación. Muchos adultos mayores cultivados en recuerdos de décadas pasadas parecen depositar su esperanza en él sin cuestionamiento. Ven en De la Espriella un recuperador del orden perdido. Y no es casual: su discurso apela al miedo al caos, al resentimiento contra la diversidad y al deseo de un pasado que ya no existe. Pero Colombia no funciona con nostalgias, funciona con propuestas que transforman realidades estructurales, no con las que las ignoran.


Porque tras ese micrófono, De la Espriella no es el toro que embiste el sistema, sino el sistema que se disfraza de toro. Cuando dice que los indígenas “van a saber lo duro que muerde el tigre” y habla de “desorden”, “extorsión” y “presión” en sus comunidades, no sólo está polarizando: está criminalizando al vulnerable.  Eso entierra cualquier posibilidad de liderazgo que reconozca al otro como sujeto digno de ciudadanía, no como riesgo a ser controlado.


El problema principal no solo es que su discurso sea agresivo; es que no ofrece fundamento estructural. ¿Cuál es su plan para reducir la informalidad que supera el 55 % de la población ocupada? ¿Cómo piensa transformar el sistema de seguridad que deja más de 40.000 homicidios al año? ¿Qué estrategia tiene para cambiar la educación que reproduce desigualdad? Las respuestas son vagas: “mano firme”, “orden”, “voluntad”. Eso no es planificación: es marketing.


Y al dirigirse a los mayores como testigos de su redención, lo que sucede es una cooptación emocional: “Confíen en mí, yo lo arreglo”. Pero la historia de la derecha colombiana ya demostró lo contrario. No se trata de quién grita más; se trata de quién entiende que el pueblo no necesita un salvador coronado sino una política democrática que lo incluya, lo respete y lo empodere.


En definitiva, De la Espriella se presenta como alternativa, pero su modelo reproduce la lógica que dice combatir: élite que gobierna, pueblo que obedece. Y en un país marcado por la desigualdad, la informalidad y la exclusión, eso no es una promesa de cambio; es la promesa de repetir el pasado.


Si vamos a elegir a alguien para que nos “salve”, al menos asegurémonos de que no sea el mismo que celebra el salvajismo del tigre cuando promete mordida, y pésimo cuando se trata de compartir poder.

ISSN: 3028-385X

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