El Estado ausente

Paula Camila Ninco
Universidad Cooperativa
Ser joven y mujer en Colombia es vivir con la sensación constante de que el Estado llega tarde, o simplemente no llega. Está ausente cuando no hay espacios reales de participación, cuando las políticas públicas se quedan en documentos y cuando las promesas de equidad se convierten en discursos vacíos.
Nos invitan a hablar de participación juvenil, pero rara vez nos escuchan. Se crean políticas de género, pero sin voluntad política para implementarlas. Se diseñan estrategias para la juventud, pero sin presupuesto, sin seguimiento y sin representación. Todo se queda en el papel, mientras la realidad sigue reclamando presencia institucional.
Ese abandono no siempre se nota a simple vista. A veces se camufla en reuniones donde nadie llega, en proyectos que nunca se ejecutan o en respuestas que nunca llegan. Es un abandono simbólico, político y estructural que deja claro que, para muchas instituciones, la juventud y las mujeres siguen siendo temas secundarios, no prioridades.
Como joven y estudiante de Derecho, he visto cómo el compromiso de mi generación y de las mujeres con la transformación social contrasta con la indiferencia del Estado. Nos dicen que somos el futuro, pero no nos dejan construir el presente. Nos invitan a participar, pero las decisiones ya están tomadas. Nos prometen equidad, pero siguen sin garantizar condiciones reales para alcanzarla.
¿De qué sirve una política pública si no se implementa? ¿De qué sirve hablar de participación si las instituciones no escuchan a las mujeres jóvenes, rurales y diversas que construyen país desde sus territorios? Estas preguntas no son retóricas, son la evidencia de un abandono que se repite en cada espacio donde el Estado debería estar y no está.
La feminización del poder no se trata solo de tener más mujeres en cargos públicos, sino de cambiar la forma en que se ejerce la política. Implica construir desde la empatía, la escucha y el reconocimiento de las realidades que históricamente han sido ignoradas; la juventud y las mujeres no queremos espacios simbólicos ni fotos en informes; queremos incidencia, presencia y justicia. El abandono institucional duele porque no solo retrasa los cambios, sino que erosiona la confianza en las instituciones; sin embargo, también nos impulsa a seguir organizándonos, a tejer redes, a ocupar los lugares que otros descuidan. Seguimos presentes, incluso cuando el Estado no lo está.
Porque cuando el Estado no escucha, somos nosotras quienes seguimos hablando, construyendo y transformando. Y eso también es hacer política.
