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El glamour del cinismo

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Luna Valentina Baron

Universidad Francisco José de Caldas

¿Ustedes huelen eso?


Sí, es el aroma a pólvora que se ha mantenido en Colombia por siglos: está en el aire, en los medios, en los chistes y esto no viene del monte ni del barrio, viene del lenguaje, de las bocas que antes de aprender a dialogar aprendieron a disparar.


El 22 de agosto del 2025 el olor salió perfumado y con corona. Lo trajo una reina de pasarela, Laura Gallego, exseñorita Antioquia, quien entre risas preguntó “¿Bala para Gustavo Petro o para Daniel Quintero Calle?”. Posterior al estallido público de este comentario, aseguró que se trataba de una metáfora. Pero en un país donde las metáforas también abren heridas, donde la palabra "bala" se ha convertido en una sentencia y epitafio, no hay ninguna figura retórica que funcione como excusa.


El problema de esto no es que una exreina o una mujer hable de política como ella misma se justificó en su video de "disculpa". El verdadero problema es que se publicó como entretenimiento, como si reírse de un posible disparo fuera parte del folclor político. Múltiples personas se rieron, compartieron el video, opinaron por moda y como consecuencia se normaliza continuamente lo que debería estremecernos, la violencia como chiste nacional. En Colombia ya no hace falta disparar para hacer daño; basta con hacerse viral.


Detrás de la cámara de un celular y el eco de la risa, lo que se esconde es una vieja costumbre con nuevo rostro: la de convertir el odio en un espectáculo de comedia, la muerte en meme y el desprecio en tendencia. Cuando la violencia se porta de humor pierde su gravedad y gana aplausos. Esto, más que inocencia, es complicidad.


Colombia carga sobre su espalda una historia escrita con sangre. Líderes sociales, defensores de derechos humanos, ambientalistas, docentes y periodistas han sido constantemente perseguidos por pensar distinto. Los asesinatos vienen siempre con el mismo mensaje: quien sueña con justicia, paga con su vida, pero claro, esto no se viraliza.


Y como recuerdo reciente tenemos a Jaime Garzón, ese rostro que aún es visto con una sonrisa en la memoria colectiva, como si en cada rebelión nos preguntaran qué aprendieron después de su muerte. Garzón fue más que un humorista, fue un docente político, un espejo revelador de la corrupción, la guerra y la indiferencia. En un país donde la verdad suele arriesgar la vida, él eligió la risa en vez de la ignorancia. Esto causó su muerte, lo silenciaron por convertir la comedia en conciencia.


Este asesinato no solo fue el final de un hombre, sino el triunfo momentáneo del miedo sobre la palabra. Cada vez que alguien banaliza la violencia o se celebra el odio, simbólicamente se vuelve a disparar contra él. Jaime Garzón nos enseñó que el humor debía incomodar al poder. Al parecer nos olvidamos de esta lección, porque hoy, en la era de las pantallas, el sarcasmo no cuestiona: entretiene.


Volviendo a la señorita Gallego, se debe reforzar que la belleza sin conciencia se convierte en un adorno. Y en este caso singular la frivolidad se volvió peligrosa. No porque una mujer opine —faltaba más— sino porque lo hace desde el confort de quien nunca ha sentido una bala rozar su piel o ha tenido que guardar silencio ante el asesinato de un cercano por su pensar.


Tal vez, la belleza verdadera no se trata de coronas, cintas y aplausos, sino en tener el valor de pensar con empatía, de usar la voz sin buscar la debilidad del otro. Se necesita aprender a desarmar el lenguaje antes que los fusiles. Se necesita que las voces públicas entiendan que la palabra también mata o sana, porque cada palabra pronunciada desde el privilegio tiene el poder de encender o apagar la mecha.


Si, aún huele a pólvora.


Y a pesar de que algunos se disfracen de perfume, sigue siendo el mismo olor de siempre: el de un país que aún no aprende a respirar sin el humo que deja la violencia.

ISSN: 3028-385X

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