top of page

Entre el bando y la bandera

Samuel Sanabria.jpg

Kiara Molina Alean

Universidad del Norte

Por años, Colombia ha convivido con una profunda división ideológica. Desde los días del Frente Nacional hasta la actual coyuntura, las tensiones políticas han sido un componente constante en nuestra vida democrática. No obstante, lo que antes podía entenderse como una diferencia de posturas políticas hoy parece haberse transformado en una violenta grieta.


La polarización ha alcanzado niveles alarmantes en comparación con años anteriores, y lo más preocupante es su nueva cara: la radicalización. Según un análisis reciente del programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), esta radicalización va más allá del simple desacuerdo. Se trata de posturas inamovibles, muchas veces cegadas por la emocionalidad y el fanatismo, que imposibilitan el diálogo y anulan la posibilidad de construir consensos. Esta situación no solo pone en riesgo la gobernabilidad, sino que también deteriora el tejido social, fracturando relaciones familiares, laborales y comunitarias por causa de ideologías políticas.


Hoy por hoy, ya no basta con estar en desacuerdo; se exige tomar partido, elegir un “bando” y defenderlo con uñas y dientes. Cualquier matiz, cualquier intento de conciliación, es visto como debilidad. Y esto no solo ocurre en las redes sociales, donde el anonimato y la viralidad amplifican el conflicto, sino también en los discursos oficiales, los medios tradicionales y los espacios educativos. La polarización no es solo una división de ideas; se ha convertido en una identidad política.


La inminente llegada de un nuevo año electoral añade otra capa de complejidad a este escenario. En lugar de perfilarse como una oportunidad para el debate y la participación democrática, se percibe como una batalla entre los unos y los otros. En este contexto, las redes sociales, los medios de comunicación y las plataformas digitales funcionan más como campos de batalla que como espacios de deliberación. La ciudadanía no solo está dividida, sino cada vez más influenciada por discursos de odio, noticias falsas y teorías de conspiración.


La situación electoral que se avecina no es simplemente una contienda entre candidatos, es una evaluación profunda sobre el tipo de país que queremos construir. Las campañas políticas han comenzado a girar en torno al miedo, la desinformación y la manipulación emocional. El electorado, lejos de estar empoderado, muchas veces se siente atrapado entre dos extremos que no representan necesariamente sus verdaderas inquietudes o necesidades. ¿Qué espacio queda, entonces, para el debate constructivo? ¿Para el disenso respetuoso? O, simplemente, ¿para la participación ciudadana activa, que va más allá de la participación electoral?.


Esta creciente polarización y radicalización tiene efectos concretos. Por ejemplo, la desconfianza hacia las instituciones se profundiza, el voto se vuelve más emocional que racional, y los líderes políticos se ven en la necesidad de adoptar posturas extremas para mantener el respaldo de sus bases. Se está perdiendo el centro, ese terreno donde históricamente se tejían los acuerdos y las soluciones comunes. Incluso conceptos como "patria", "justicia" o "libertad" están siendo monopolizados por determinados sectores. ¿Quizás alguna vez pertenecieron a todos los colombianos, y no solo a un determinado grupo?


La reflexión que debe nacer es simple, pero urgente: ¿Estamos dispuestos a seguir dividiéndonos por ideologías? ¿Seremos capaces de priorizar el bienestar colectivo? Entender la política como un espacio de reconocimiento y debate crítico de las diferencias es el primer paso para el reencuentro que Colombia necesita. Desarmar las palabras, desintoxicar el debate y reconocer al otro en su diversidad ideológica son tareas urgentes, puesto que la historia nos demuestra que el futuro de un país depende de la responsabilidad con la que sus ciudadanos asumen las decisiones políticas.


Las elecciones que se avecinan serán un punto de inflexión. Más allá de los nombres en la papeleta, estará en juego la posibilidad de volver a creer en la democracia como un ejercicio de construcción conjunta. El momento exige responsabilidad de los líderes, sí, pero también de cada uno de nosotros como ciudadanos. Podemos elegir entre continuar alimentando el fuego de la división, o convertirnos en puentes que permitan el diálogo. El futuro del país no se construye con trincheras, sino con manos extendidas.

ISSN: 3028-385X

Copyright© 2025 VÍA PÚBLICA

  • Instagram
  • Facebook
  • X
bottom of page