La coalición del miedo

Lucas Carrasquilla Parra
Universidad del Rosario
El sustantivo alemán Lumpen se puede traducir al español como despojo, harapo o desecho. Karl Marx acuñó, famosamente, una variante interesante, Lumpenproletariat, para subrayar una masa social compuesta por gente al margen de la sociedad, desvinculada de los medios de producción y, por tanto, de cualquier posibilidad de desarrollar una verdadera conciencia de clase o de un verdadero apoyo a la revolución proletaria.
Decía, junto con Engels, en el famoso Manifiesto Comunista, que se trata de una: “(...) clase peligrosa, la escoria social, esa masa pasivamente putrefacta arrojada por las capas más bajas de la vieja sociedad (...)”. Por supuesto, no es gente de la que se pueda confiar. Esa gentuza “(...) puede, aquí y allá, ser arrastrada al movimiento por una revolución proletaria; sin embargo, sus condiciones de vida la preparan mucho más para el papel de instrumento sobornado de la intriga reaccionaria”.
Su lectura de la relación del Lumpenproletariat con Napoleón III, sujeto de su El 18 Brumario de Luis Bonaparte, es un ejemplo. Aduce que el mandatario construyó alianzas políticas contrarias a los intereses del proletariado: “(...) Junto a los libertinos arruinados, con medios de vida dudosos y de dudosa procedencia, vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, había vagabundos, licenciados, presidiarios licenciados, galeotes fugitivos, estafadores, charlatanes, lazaretos, carteristas, embaucadores, jugadores, proxenetas, dueños de burdeles (...)”. En fin, gentuza.
El concepto de Lumpenproletariat resulta útil para pensar en ciertas alianzas políticas contemporáneas que desdibujan los límites entre liderazgo popular y oportunismo marginal. Marx lo concebía como una categoría social sin anclaje productivo, proclive a ser instrumentalizada, más que a movilizarse por conciencia de clase. En ese marco, uno podría imaginar que Marx advertiría con severidad sobre los riesgos de basar una estrategia política en el respaldo de sectores cuya relación con el proyecto emancipador es, como mínimo, ambigua.
En contraposición, desde una lógica más pragmática, también podría pensarse que un dirigente actual respondería con desdén ante esa cautela teórica. No por ignorancia, sino por una comprensión distinta del poder. Una menos doctrinaria, y más contingente.
La pregunta de fondo que estas tensiones ilustran se refiere a cuál es, en últimas, la coalición de intereses que se busca construir. Una lectura posible, y cada vez más sugerente, es: la coalición del miedo.
Las movilizaciones populares no siempre son simples ejercicios de expresión colectiva. Históricamente han funcionado como fuerzas disruptivas, capaces de alterar el orden institucional y de inclinar la balanza en momentos decisivos. Los sucesos más recientes han demostrado que el descontento no solo existe, sino que puede organizarse y, además, convertirse en una ficha política.
En este contexto, la indignación se vuelve capital. Lo que alguna vez fue un reclamo genuino por justicia social se ha transformado, parcialmente, en un aparato que detecta, amplifica y orienta malestares diversos hacia una misma dirección.
Esto no implica manipulación per se. La política moderna, en Colombia y en cualquier país del mundo, es, en buena medida, gestión del afecto público. Y el miedo, entre todos los afectos, es especialmente eficaz. Se traduce rápido.
El dilema que plantea esta estrategia no es propiamente uno moral. ¿Qué pasa cuando el miedo deja de ser persuasivo? ¿Qué ocurre cuando el votante ya no se siente interpelado por la advertencia de lo que podría pasar si “ellos” no ganan? Lo que en un ciclo electoral movilizó, en el siguiente podría inmunizar. La repetición constante de alarmas tiende a desgastarlas. Y en esa erosión emerge espacio para otros discursos; no necesariamente opuestos, pero sí divergentes, que apelan a otras emociones.
Así, lo que alguna vez fue una ventaja —la capacidad de producir temor como forma de cohesión política— corre el riesgo de convertirse en una especie de talón de Aquiles. Si la coalición del miedo pierde su capacidad de asustar, ¿quién va a votar por ellos?



