La “Colombia profunda”

Moisés Salomón Carriazo
Universidad Nacional Abierta y a Distancia
Cada cierto tiempo reaparece una frase que me incomoda profundamente: “la Colombia profunda”. Es usada por periodistas, académicos, políticos y ciudadanos bienintencionados para hablar de territorios distintos a las principales ciudades. Suena sofisticada, suena preocupada, suena empática. Pero también suena falsa. Cuanto más la escucho, más evidente se vuelve que es un eufemismo elegante para no decir lo que realmente implica: la Colombia pobre, negra, indígena y campesina; la Colombia que no es Bogotá.
La Colombia profunda, en el discurso público, parece un territorio misterioso, remoto y homogéneo. Pero esa categoría no existe en la realidad: fue inventada para simplificar territorios complejos que muchos solo conocen desde la distancia. Es un término que revela más sobre quien lo usa que sobre el país que intenta describir. Lo dice alguien desde una hamaca, pensando en voz alta: no soy quién para imponer palabras, pero sí para cuestionar el peso que tienen.
Cuando alguien habla de la “Colombia profunda”, ¿de qué está hablando? ¿De La Guajira? ¿Del Pacífico? ¿De los Montes de María? ¿Del Vichada? ¿De Buenaventura? ¿De Tumaco? ¿O de los barrios empobrecidos de Bogotá donde el abandono del Estado es igual o peor? ¿Quién decide qué tan lejos hay que estar del centro para entrar en esa categoría? El problema del término es justamente ese: encierra en un solo concepto la diversidad más grande del país, como si millones de personas fueran un paisaje uniforme.
Lo más grave es cómo normaliza la precariedad. Decir “Colombia profunda” es aceptar sin decirlo que hay una parte del país donde la violencia, el abandono y la desigualdad son la regla; donde lo terrible es cotidiano y lo extraordinario es la paz. Si ocurre un desplazamiento masivo en el Pacífico, es “normal”. Si hay un ataque armado en el Cauca, es “lo de siempre”. Si un líder social es asesinado, es “lo típico”. Pero si ocurre un hecho violento en Bogotá, incluso pequeño, entonces ahí sí nos alarmamos porque “parece que volvimos al conflicto armado”.
Ese doble estándar es profundamente injusto. Y la palabra “profunda” contribuye a reforzarlo, porque sugiere una frontera moral entre un país visible y uno invisible. Un país que merece atención inmediata y otro al que se le pide paciencia eterna. Un país donde los derechos son urgentes y otro donde son opcionales.
Lo realmente profundo no es la geografía, sino la desigualdad. Y mientras sigamos utilizando términos que enmascaran esa realidad, perpetuaremos la idea de que hay territorios destinados a ser olvidados.
Tal vez no tenga una mejor palabra para ofrecer, ni pretendo corregir el lenguaje de nadie. Pero sí creo que debemos pensarlo dos veces antes de usar expresiones que maquillan el abandono histórico. Decir “Colombia profunda” no nos acerca a la empatía; nos aleja de la responsabilidad.
Colombia no está dividida entre una parte superficial y otra profunda. Colombia está dividida entre quienes pueden vivir dignamente y quienes llevan décadas esperando que el país también los mire.



