La culpa de Eva

Valentina Cervantes Torreglosa
Universidad del Sinú
En el Génesis, el inicio de la vida como la conocemos hoy, encontramos frases que han marcado la percepción de la mujer a lo largo de la historia:
“No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él.” (Génesis 2:18)
“Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre.” (Génesis 2:22)
“Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne.” (Génesis 2:23)
“La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.” (Génesis 3:12)
“A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores de tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos, y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti.” (Génesis 3:16)
Desde el principio, la mujer ha sido vista como el reflejo del pecado inicial. Adán, el primer hombre, la nombra como un “eso”: algo que surgió de sus huesos y de su carne, estableciendo una relación de propiedad más que de igualdad.
Se dictan reglas: la mujer es la compañía del hombre, la incubadora de su descendencia, la ayuda idónea que debe hacer su vida más llevadera. Pero cuando algo sale mal, su papel cambia de inmediato: se convierte en la culpable.
Adán se lava las manos y señala: “ella me dió del fruto y yo comí.”
Así, se marca una pauta que se replicará por generaciones: mientras la mujer viva para servir al hombre, todo está bien; pero si se atreve a desviarse del camino establecido, será condenada.
Esa misma lógica ha permeado la historia. Las mujeres que desafiaron los límites impuestos fueron silenciadas o forzadas a ocultarse tras nombres masculinos para ser tomadas en serio.
Mary Ann Evans firmó como George Eliot para que su literatura fuera reconocida en el siglo XIX. Colette, la gran novelista francesa, vio sus primeros libros publicados bajo el nombre de su esposo. Rosalind Franklin hizo uno de los descubrimientos científicos más importantes de la humanidad, pero James Watson y Francis Crick usaron su trabajo sin permiso y se llevaron el crédito.
Incluso hoy, en muchas religiones y culturas, la mujer sigue siendo reducida a su papel de esposa, madre y servidora. Su valor se mide en función de su obediencia y sacrificio.
En Colombia, en Montería, en nuestros propios barrios y familias, todavía escuchamos a mujeres siendo juzgadas por no encajar en estos moldes.
Pero si algo nos ha demostrado la historia es que seguimos aquí.
Nos han tratado de borrar, de minimizar, de domesticar. Pero seguimos escribiendo, creando, resistiendo y, sobre todo, existiendo por nosotras mismas.
Nos han señalado como culpables desde el principio, pero aquí estamos, demostrando que no somos costillas, ni sombras, ni pecadoras: somos historia, presente y futuro.
