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La izquierda que imaginamos

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Aura Ortega Paternina

Universidad del Rosario

A nadie le interesa Marx por estos tiempos. Quedarán como dos o tres socialistas en el mundo, haciendo malas cuentas. Decía Marx que mientras el capitalismo exista, los socialistas también, porque estos últimos cuestionarán siempre las bases sobre las que se soporta el capital. Esa dialéctica no puede extinguirse a menos que se dé una síntesis o una conclusión, fase en la cual el mundo no está, y está muy lejos de llegar. El Capitalismo ha encontrado tantas formas de justificarse en el tiempo, y tantos académicos mediocres que escriben cosas que nadie lee, incapaces de decirnos o de inspirarnos alguna buena/mala utopía. La desilusión es absoluta y abismal. No le quedaban muchos días ni muchos horizontes al discurso socialista en el mundo; carente de referentes y sin liderazgos con altas cualidades morales.


Recientemente escuché una fuerte campaña de una compañera de universidad para que en los currículos se expusiera más el pensamiento de Hayek que el de Marx.


Althusser diría que la hegemonía cultural empieza precisamente cuando alguien intenta, forzadamente, enseñar sobre el pensamiento vencedor (Hayek) más que sobre el vencido (Marx). Y sé que se esfuerza mucho en predicar, como mantra, “más Hayek y menos Marx”. Olvida ella y todos sus seguidores que, aunque el capitalismo triunfó en el mundo como sistema político y económico, ideológicamente no puede ser más cuestionado: lo aceptamos por ser el ganador, pero en el fondo todos coincidimos en que podría haber algo mejor.


Sitúo este ejemplo para ilustrar cómo, en estos tiempos que corren, ser marxista es motivo de burlas y el socialismo es un fantasma carente de sentido. Cada vez hay más jóvenes hombres siendo libertarios y mujeres que quieren ser “esposas tradicionales” por TikTok (efectos colaterales del feminismo neoliberal).


Con todo lo anterior, aparece en el escenario político global, justo en la cuna del mundo financiero y el mayor emblema del capital, como lo es New York, Zohran Mamdani. Con una campaña fresca, que apelaba a momentos de la vida cotidiana, un engagement insólito, un mensaje claro, en un mundo donde ahora importan más los medios y las decoraciones que el mensaje.


Y podrían decirse varios puntos en la Ciencia Política sobre su figura, pero este es el que quiero señalarles: la izquierda que imaginamos. Marx escribió que en los lugares donde más estaba desarrollado el capitalismo era donde debía darse el socialismo. ¿Y por qué? Porque habían los recursos para hacerlo. Las propuestas de Mamdani, como regular la renta, transporte público gratuito, poner impuestos al porcentaje más rico, son socialismo puro y radical. Y aunque mucha gente puede creer que eso era algo que a nadie le interesaba y que la justicia social en esta Era nació muerta, los resultados demostraron todo lo contrario: que a las personas todavía les importa construir un mundo menos desigual; que un alquiler costoso sí debe ser regulado por el Estado; que la gente más rica debería subsidiar servicios sociales de quienes menos tienen; que aumentar el salario de la clase trabajadora es deber de todos los gremios, tanto del Estado como del empresariado.


Parte de la pérdida de poder de la izquierda en el mundo es que dejó de cuestionar las desigualdades estructurales y la calidad de vida de la clase trabajadora, para defender las políticas identitarias, con las cuales emprendió un matrimonio del que no pudo salir. No se replanteó. El debate del siglo XX sobre reformar la izquierda desde adentro se perdió con el tiempo. Y cosas que no debieron ser olvidadas, se olvidaron. Su crisis entera radica en la pérdida de sus orígenes obreros para ser parte del capitalismo woke que no cuestiona radicalmente nada.


Zohran Mamdani nos enseña que se puede ser radical en lo económico y en lo social, y que eso no lo hace menos atractivo para gobernar. Una lección para quienes hablan despacio y en voz baja sobre justicia social: hablen más duro, porque los vientos que corren no son buenos para quienes viven en los márgenes de la sociedad, en cada rincón de este mundo. Porque mientras existan personas que no pueden acceder a las tres comidas diarias, siempre debe haber quien cuestione moralmente los valores del Capital.


Esa es la izquierda que imaginamos y, sobre todo, la izquierda que New York nos recuerda que es posible, sin necesidad de moderar el discurso o de aferrarse únicamente a las políticas identitarias para tener oportunidad en elecciones. Quedaban como dos o tres socialistas en el mundo, pero desde que ganó Mamdani son cuatro o cinco, haciendo otras cuentas. Y eso, creo, se llama esperanza.

ISSN: 3028-385X

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