La tierra del sol

Víctor Javier Lizarazo
Universidad Industrial de Santander
Me acuerdo…
de hecho
yo vengo de la tierra del sol.
recuerdo que desde peladito me repito
que aunque el gobierno diga que vivo en una invasión,
no me define la comuna en que resido,
sino qué tan fuerte
es el latido de mi corazón,
y aunque mi alma ignífuga
se forjó en aquella fragua,
me quema que se trate de enterrar el pasado,
bajo estas calles lujosas, de nuevo pavimento
y le llamen progreso,
¡yo lo llamo problema!...
y que masacren fauna y flora para poner cables
y le llamen conexión a eso, sí, me obsesiona,
porque aunque se asome el carroñero olvido
a embutirse la historia,
yo sigo descalzo
como cuando era un "chiqui"
ya que así me agarro mejor a la tierra,
pues allí guardé,
como en una alcancía,
mi memoria
y yo sé que la sensación térmica es de treinta y ocho
pero me he hecho de hierro,
cómo todos los muchachos de mi barrio,
como el parcero Camilo
que se aguantó los tiros
de una puta
treinta y ocho en el pecho
Yo vengo de ahí,
la ciudad de la eterna tarde,
tengo derecho a ese pedazo de monte,
pues de su piso me nutrí desde el vientre de mi madre
y no es un alarde, es un hecho,
allí solté la primera risa,
allí enterré a mi abuela y a mi tío Gerardo
y de la rabia
no fui a la misa,
adoré a Dios
y luego maldecí su indiferencia
ante tanta vileza, miseria y violencia
y admiré más bien la resistencia
de esas Indias e Indios,
que sobrevivieron a la época colonial
pero no
a las empresas de petróleo y su broca
y aún con todo y eso: si me muero hoy
quiero que me entierren allí
pues sé que fuimos y aún somos un pueblo extraviado,
que no a todos ha llegado la luz en la tierra del sol,
y que vivir allí es como andar como aquél caracol afanado
sin saber que se desliza por el filo de un cuchillo,
y el resultado es que veces de tanto muerto,
uno siente que camina en un campo de hojas de otoño,
y chillo al recordar mi sueño
de volver a esas barrancas bermejas
a purificar mi ser viendo el magdalena,
devolver las risas a los parques
donde amé a aquellas muchachas buenas,
ir a casa de Jorhan
dónde hasta el aire emborracha,
volver a ver clases con Rafael y Willintong,
a mi habitación donde toda la vida me derramé en llanto,
ir al puente en bicicleta con amigos
a ver el atardecer evapora de raíz las penas,
a mí barrio
donde arranqué la primera cayena
y la regalé,
porque aunque me haya ido
y aunque la narrativa sea
que los tiempos pasados nunca han existido,
no soy nada sin lo que he vivido,
soy un hombre que se forjó en el calor,
el calor de los recuerdos,
y si no vuelvo,
puede que mi alma ya no se sienta viva
y que ya nunca más
pueda volver a decir:
me acuerdo...
