¿Soy ordinario?

Faudi Martínez España
Universidad Popular del Cesar
“En el país de los ciegos, el tuerto es el rey”.
¿Qué es lo común? ¿Qué es lo normal? Estas fueron algunas de las preguntas que nacieron al momento de leer un pequeño libro titulado El país de los ciegos.
Lo común, lo ordinario, parece ser algo fácil de entender, pero resulta que es un tema mucho más complejo de lo que parece. Creeme, lo común o lo que llamamos normal, se convierte en una contradicción al momento que cambiamos de entorno.
Lo ordinario es un reflejo de lo desconocido, es un imán del confort, es una pérdida de nuestros reflejos.
Aquella experiencia de esa persona que la pequeña comunidad llamaría Bogotá en el libro El país de los ciegos terminaría por demostrar todo esto: lo común, lo ordinario, lo normal termina por convertirse en una verdad para nosotros. Llegar a un entorno fuera de todo eso que conoces termina por convertirse en un charco de burlas.
Cuando Bogotá se encontró con esa comunidad de ciegos —con el ideal de que era superior por ser común, por poder ver, por tener un horario de trabajo y descanso diferente— se quería convertir en el rey de estas personas ciegas, pero terminaría por descubrir algo muy revelador. Lo que él vivía en la ciudad (se trabaja de día y se duerme de noche) en esta pequeña comunidad era lo totalmente contrario: trabajaban de noche, porque esta era más fresca, y descansaban de día.
Esto, siendo algo totalmente fuera de lo habitual, pondría en total cuestionamiento el pensar de Bogotá, porque al querer mostrarles lo erróneo que estaban, lo terminaron tomando por loco, al igual que Bogotá los consideró unos totales locos, por tales modos de vivir. Esa pequeña comunidad convivió, creció y sobre todo surgió con sus creencias y experiencias, consolidando su propio concepto de normalidad.
Lo cual nos lleva a una conclusión: la normalidad se convierte en lo típico en la medida que es aceptada por la masa. Bogotá, al querer implantar sus creencias, valores y su concepto de normalidad, terminó por revelarle una gran verdad: todo aquello que aprendió en la gran ciudad no servía de nada en aquella comunidad de ciegos.
Trabajar de noche era para Bogotá un tormento y dormir de día era un martirio. Con el paso del tiempo se termina por aceptar lo cotidiano de una comunidad, convirtiéndose en nuestro concepto de normalidad.
Esto puede ser interpretado de muchas formas. Sin embargo, debemos entender que nuestras costumbres son solo nuestras y nunca deben ser impuestas a otro, a menos que quieras ser considerado como un loco, así como se le consideró a Bogotá.
Nos debemos adaptar al entorno y no el entorno a nosotros, porque todas aquellas normalidades que toda persona acepta es una historia no contada y una lucha vivida.



