¿Para quién investigamos? El legado ético de Fals Borda en tiempos de extractivismo académico

Orlando Fals Borda. Foto: El Universal

Dilan Bocanegra Avellaneda
Universidad Pedagógica Nacional
"No es suficiente conocer para comprender, ni comprender para explicar. Es necesario explicar para transformar."
El Problema de Cómo Investigar la Realidad para Transformarla (1979)
Orlando Fals Borda
En 1925, en el hermoso paraíso de las ciénagas de Barranquilla, Colombia, nació Orlando Fals Borda, el sentipensante por excelencia. Este sociólogo, escritor e investigador revolucionó la forma de entender la investigación social al proponer un enfoque más humano, centrado en devolver a las comunidades la información recolectada de manera comprensible y útil, para que ellas mismas pudieran transformarla en acción. Fals Borda no solo cuestionó el qué investigar, sino que dio un giro esencial al preguntarse para quién investigamos, marcando el camino hacia un conocimiento verdaderamente transformador y colectivo. Hoy, a 100 años de su natalicio, propongo explorar un poco el legado ético de Fals Borda en tiempos de extractivismo académico.
Orlando Fals Borda dejó un legado invaluable con la Investigación Acción Participativa (IAP), un enfoque que tiene como pilar fundamental la devolución de la información. Este principio se materializa al traducir los datos recolectados en formatos accesibles y entregarlos a las comunidades, permitiéndoles reconocerse en ellos y utilizarlos como herramientas para transformar sus realidades. De este modo, las comunidades no solo se sienten estudiadas, sino también empoderadas y corresponsables en las acciones transformadoras, consolidando un modelo de investigación ética y comprometida.
Sin embargo, la academia contemporánea se ha alejado de este principio esencial. En muchos casos, ha caído en un modelo de extractivismo académico que prioriza beneficios individuales, como puntos en escalas profesionales, premios económicos o ascensos laborales. Este fenómeno no solo afecta a docentes, sino que también se reproduce en proyectos de grado y trabajos de aula, donde los estudiantes replican prácticas de extracción de información sin preocuparse por devolver el conocimiento a las comunidades. Así, se diluye la posibilidad de conectar el conocimiento con la transformación social, dejando atrás la visión ética y transformadora que Fals Borda defendió.
Durante mi tiempo en la Universidad Pedagógica Nacional he sido testigo de cómo, en diversas ocasiones, maestros de distintas licenciaturas, que en algún momento enarbolaron las banderas del pensamiento falsbordiano, han caído en prácticas que Fals Borda, en sus investigaciones y textos, criticó y condenó de manera casi profética. Aún permanece en mi memoria un diplomado organizado por el Departamento de Ciencias Sociales de la universidad, en el que participé. El objetivo central de este diplomado era la recolección de testimonios de personas víctimas de violencia en el país.
Viajamos al territorio —cuyo nombre no mencionaré por respeto— tras recibir días antes un “entrenamiento” para llevar a cabo las entrevistas. Este se basaba en cuestionarios de más de 40 preguntas, cuya forma y fondo me sorprendieron profundamente. Sin embargo, lo que realmente me asombró fue que mis compañeros de Ciencias Sociales, a diferencia de quienes veníamos de la licenciatura en Comunitaria, no parecían escandalizarse ante las metas que se buscaban alcanzar ni ante la lógica extractivista que subyace a estas prácticas.
Ya en el territorio comenzó la cruzada de recolección. Esa primera noche -de cuatro- junto con varias compañeras de Comunitaria decidimos expresar nuestro inconformismo frente al evidente extractivismo de información. Si bien nuestra opinión fue escuchada, no fue tomada en cuenta. Este es solo uno de los muchos ejemplos del extractivismo feroz que habita en los salones y pasillos de la gloriosa Universidad Pedagógica Nacional.
El episodio fue aún más revelador cuando, después de la recolección, las promesas de devolver la información a las comunidades quedaron en el olvido. Algunos testimonios fueron modificados, otros borrados y descartados, como si el sufrimiento de una víctima valiera más que el de otra. Este tipo de prácticas no solo traiciona el legado ético de Fals Borda, sino que también perpetúa dinámicas deshumanizadoras en la academia.
Esta crítica a las prácticas actuales de investigación -que busca ir más allá de la crítica superflua- se puede entender a partir de los principios de Fals Borda. El concepto de conocimientos situados subraya el valor de los saberes locales, cuestionando la visión extractivista que ve a las comunidades solo como sujetos pasivos. La devolución de resultados es esencial para que las comunidades se reconozcan en la investigación y la utilicen para su propio beneficio, algo que se omite frecuentemente en los procesos académicos actuales. Finalmente, la praxis transformadora se desvanece cuando la investigación se aleja de estos principios, convirtiéndose en un ejercicio que reproduce desigualdades en lugar de promover el cambio social. Así, la universidad pierde su función transformadora y se aleja de las necesidades reales de las comunidades.
Así, también, la presión por publicar ha transformado la investigación en un fin en sí mismo, donde lo que realmente importa es cumplir con las exigencias académicas y obtener reconocimiento en forma de publicaciones, dejando de lado las realidades de las comunidades. Este enfoque ha generado una desconexión entre la universidad y las comunidades, donde el conocimiento producido se aleja de las necesidades locales y se convierte en un ejercicio vacío de impacto social. Fals Borda advertía sobre esta tendencia extractivista que reduce a las comunidades a meros objetos de estudio, sin darles la oportunidad de ser corresponsables en el proceso investigativo. En lugar de contribuir al cambio social, la investigación se convierte en una práctica egoísta que beneficia a la academia, pero no a quienes realmente deberían ser el centro del conocimiento: las comunidades y su transformación.
Para romper con la lógica extractivista que ha permeado nuestras investigaciones es fundamental retomar prácticas como la devolución de la información, un acto que debe ser visto no como un gesto simbólico, sino como un compromiso ético con las comunidades. Esta devolución debe hacerse en un lenguaje accesible y en formatos que realmente permitan a los sujetos de estudio reconocer y apropiarse del conocimiento generado. Asimismo, es vital que los futuros maestros y maestras, en su formación, aprendan a ver la investigación como una herramienta de transformación social y no como un fin individual o académico. Que cada nueva generación de educadores sea capaz de entender que la verdadera riqueza de la investigación radica en su capacidad para empoderar a las comunidades y devolverles lo que les pertenece.
Finalmente, la pregunta que debemos hacernos, y que la universidad debe asumir como reto, es: ¿para quién investigamos? ¿Estamos construyendo conocimiento para nuestra propia comodidad académica o para generar cambios reales que impacten la vida de quienes nos rodean? Esta es una cuestión que debe resonar en todos los semilleros de investigación, en cada grupo de estudio, en todas las universidades, para que nunca olvidemos que la investigación, antes que un producto, es una herramienta para la justicia social.



