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Políticamente incorrecto

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Iarley Stiben Rodríguez

Universidad del Valle

—Buenas, para pedir una cita de ginecología.

—Perdone, ¿cómo dice? —pregunta la enfermera con el ceño fruncido mientras asciende su mirada desde las piernas velludas del sujeto hasta los ojos que rápidamente cobran un aspecto incendiario.

—¿Qué no entiende? Necesito una cita de ginecología —responde el caballero, su mirada es inquisitoria.

—Perdón —sonríe confusa—, es una broma, ¿cierto?

—¿Qué quiere decir con una “broma”? —inclina su cuerpo en una pierna y pone una mano en su pecho con un dramatismo propio de un actor experimentado, que de no ser por su barba a medio crecer, un físico corpulento, ropa masculina y la enorme posibilidad, digo yo, de que haya un pene entre sus piernas, obviando todos esos —actualmente considerados— nimios detalles, cualquiera pensaría que era una mujer común y corriente, algo burguesa, eso sí, pidiendo una cita de ginecología.

—Pues… —lanza una mirada hacia la pelvis del sujeto y la regresa a los ojos.

—¡¿Qué putas?! Para tu información, soy trans, hice un doloroso proceso de cambio de sexo, lo que ves ahí es una vagina, una vagina femenina que no necesita tu opinión. Y si no le molesta, ¡necesito una maldita cita con mi ginecólogo!

—Disculpe —elude los gritos que ya llaman la atención de los demás pacientes—, necesito consultar con mi superior.

—¿Qué necesita consultar? Deme mi cita, vieja retrógrada. 

La enfermera se levanta de su silla, le hace un gesto de mesura al sujeto que ya comienza a ondear los brazos con frenesí, y se dirige a la oficina del médico director. 

—Disculpe, director, hay una situación anormal en la recepción.

—¿Qué situación? 

—Un caballero vino a pedir una cita para ginecología.

El director suspira, se aprieta el entrecejo con frenesí y pregunta con la voz un poco cansada:

—¿Y qué tiene eso de anormal, señora Inés?

—Pues… —responde sorprendida por la pregunta—, que en los años que llevo trabajando aquí, ningún hombre había venido a pedir una cita de ginecología, eso es de mujeres.

—Los tiempos están cambiando Inés, le aconsejo que se adapte como una persona racional.

Sorprendida, tanto por el tono nunca antes usado por el director para referirse a ella, como por la irracionalidad de lo que dice, espera a que el director termine lo que ella aún considera una broma de mal gusto. No sucede. Al contrario, recibe el seco y carente de cortesía:

—Muévale, Inés, no ponga a esperar al paciente.

—S-s-sí, señor —se marcha acongojada por el trato de quien veía como un hijo y confundida por la respuesta. 

Regresa al escritorio, sigue con la esperanza, que nunca pierde, de que le estén jugando una broma. En medio de su confusión, solo mira el computador, ni siquiera ve al sujeto que graba un video en su contra.

—¿Para cuándo desea su cita, seño…seño-ra?

—¿Está asumiendo que soy mujer? ¿Qué bases tiene para afirmar eso?

—Lo siento, ¿cómo se supone que deba referirme a alguien que, habiendo nacido con genitales masculinos, cambia su sexo y dice ser trans?

—Me las va a pagar muy caro. Este video ya tiene cientos de visitas y me van a respaldar muchas ou en jis…

—¿Ou qué? —El sujeto aprieta los puños, aumenta su respiración.

—¡Ou, en, jis!... O, ene, ges, ignorante, ¿no sabe inglés?

—Perdón, pensé que en Colombia hablábamos español.

—Ahh, ahora resultó patriota; no podía ser más anacrónica la vieja esta.

—Con todo respeto —da un respiro profundo, como para aspirar toda la paciencia posible, no de la sala, que es escasa, sino con la esperanza de que el viento lleve un poco de sitios remotos—. ¿Cómo prefiere que me refiera a usted?

—Señore, obvio.

—Muy bien, señore. No le he faltado el respeto, así que le solicito que tampoco lo haga conmigo.

—¿Le parece poco no darme una cita médica y asumir mi género?

—Pues…

—No necesito que me responda, es una pregunta retórica. Ahh, todos estos trabajadores son así.

—No es necesario que sea clasista.

—No soy clasista, soy de izquierda, por si no lo nota.

—¿Qué tal si no lo fuera? —dice un viejecillo que sale de la sala de espera acomodándose el sombrero. Le lanza una sonrisa fugaz a Inés, ella la corresponde.

—Pues no sabía que ahora la izquierda se dedicaba a esto —dice Inés.

—¿A qué?

—Olvídelo, señore. ¿Para cuándo se le acomoda su cita?

—Tengo derecho a que usted conteste lo que le pregunté.

—Y yo a no contestar. Pero si usted no me da la información que necesito para asignarle la cita, me temo que no podré garantizarle su derecho a la atención médica, y tendré que dejar pasar a alguien más.

En ese momento entra una pareja, un señor de unos treinta años, sangrando por un costado, y lo que parece ser su pareja. Su vestido está someramente manchado de sangre y sus manos son más sangre que piel y huesos.

—Me voy a quedar aquí todo el tiempo que quiera, vieja facha.

—Señor —dice un poco alterada—, este señor está sangrando, necesita tratamiento rápido. Por favor hágase a un lado.

—Es una herida de bala, está muy cerca del corazón. Veníamos por aquí cerca y se nos acorralaron dos tipos en una moto, nos robaron y le dispararon. Por favor ayúdenlo rápido.

—¿Me volvió a decir señor? Esto es inaceptable… es hasta inhumano. 

—Siga por favor, ya mismo mandó a traer una camilla.

—Gracias —dice la mujer.

Inés se acerca a la puerta de acceso a las otras salas, no ve a nadie. 

—¡Hombre muy herido, una camilla por favor!

—No cierres los ojos, mantente conmigo.

—¿Por qué no fue por urgencias?

—¡Una camilla!

—Nos robaron a media cuadra, urgencias queda del otro lado, de aquí a allá se muere.

—Ese muchacho se va a morir, traigan la camilla.

—Por favor, necesito paramédicos ya, hay un hombre muy herido.

—No puedo creer que se haya atrevido a llamarme señor.

La mujer le acaricia el rostro al hombre cuyos ojos ya tienen un tono apagado. Este esfuerza los párpados para mantenerlos arriba. Las lágrimas de la mujer caen una tras de otra. Entra Inés en las demás salas. No ve camillas por ningún lado, el único personal que ve es de aseo y administración. Vuelve a la recepción, los brazos del hombre caen ya sin fuerzas. Llega el director.

—¿Qué está pasando aquí? ¿Cuál es el alboroto?

Se apresura a hablar el sujeto que nació hombre, pero dice que no es hombre porque se quitó el pene que lo hacía hombre y se lo transformó en una vagina que lo vuelve mujer, pero él dice que no es mujer pero tampoco hombre porque ya no tiene pene, y ahora tiene vagina pero no es mujer ni hombre, aunque tenga pene y con forma de vulva, y pensándolo bien no es mujer porque no puede concebir, pero es un hombre sin pene, pero él no quiere que le digan que es hombre con vagina, ni mujer con vagina y cara de hombre y barba de hombre y ropa de hombre y piernas de hombre, sino señore.

—Pues pasa que la cachifa esta no me quiere dar mi cita. Disque porque soy hombre y no puedo pedir una cita de ginecología.

—Eso no es exactamente lo que pasa. Si bien es cierto que tuvimos una discusión por la naturaleza de su petición, para mí inusitada, lo que en realidad pasa es que tenemos un paciente que si no lo atendemos ya se muere.

 

—Yo le ordené que le diera la cita, así que no tiene nada de inusitado —con las manos hace comillas en esta palabra— que el, perdón, ¿cómo desea que lo llame?

—Señore.

—Se está muriendo —grita la mujer.

—Que el señore pida una cita para ginecología —ignora a la mujer.

—Eso intentaba hacer, pero tenemos que ayudar a este hombre —camina frenéticamente de un lado al otro.

—No, pero me llamó señor.

—¡Paramédicos!

—Si siguen hablando mierda, ese man se les va a ir.

—Por favor, llame a alguien.

—¿Por qué lo llamó señor?

—Solo me equivoqué —se les salen las lágrimas, con una mano mira el cadáver y tapa la boca.

—Pero cómo se va a equivocar, es una falta de respeto con el señor, perdón —mira al sujeto, este le sonríe de manera amistosa—, señore.

Llegan los paramédicos, lo suben a la camilla, paran el sangrado. Llegan dos hombres con vestimenta hippie. 

—Hellow —hablan en un español poco trabajado—. Fuimos informades de que en esta clínica les están violando sus derechos a les persones trans. Somos de la Ou en ji of the iunait esteits, Pride Profits. 

Al Director se le abrieron los ojos, e inhaló una gran cantidad de aire.

—Lo siento, tuvimos un problema con una trabajadora muy vieja que se resiste a aceptar la razón.

—Apenas tengo cincuenta años.

—Ese problema ya lo vamos a solucionar, no hay necesidad de llegar a extremos.

—Antes los gringos solo nos dominaban económicamente. ¿Hasta dónde vamos a llegar?

—Cállese —grita el director—. Tomele la cita al señore, y se larga, esta es la última cita que toma en esta clínica.

—Listo. Pero le voy a servir a quien en realidad lo necesita —miró a la señora—. ¿Cuál es el nombre del paciente?

—Gracias —su rostro se ilumina—, se llama Rubén. 

—Llévenlo a que lo atienda un médico de inmediato.

—¡No! —grita el director—. Primero al señore. Bájenlo de la camilla.

—¿Es enserio? Se va a morir —dice la mujer.

—Les recuerdo que ustedes hicieron un juramento… —mira a los paramédicos.

—Lo siento, Inés, pero nos pagan por obedecer, no por cumplir un juramento.

ISSN: 3028-385X

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