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Por arte de magia
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Foto: Juan Tomás Olmos
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María José Aranguren

Universidad del Rosario - 14 AGO 2024

​Acto I


El día en que Adrián Cardona llegó a la cárcel La Modelo, le pareció que su vida se quebraba en mil pedazos. Despojado de su familia, aquello que más amaba en el mundo, se encontró atrapado en una realidad sombría y desesperanzadora. Su llegada constituía apenas el primer acto de una obra extraordinaria que estaba aún por escribirse.


Dentro de los muros, lo sometieron a una rutina de interrogatorios para perfilar su nivel económico, conocer su ocupación y trazar su origen. “Eso tiene que ver mucho con la forma en que le van a cobrar a uno. La extorsión, digamos. Todo es pagando: para poder llegar a un patio, para poder tener una celda, incluso para poder dormir en el piso. Uno entra pagando y se va pagando de la cárcel”, explica Adrián. Por si fuera poco, la posibilidad de adquirir una tarjeta de descuento para actividades que reducen la pena -como barrer, cocinar o hacer parte de una actividad cultural- tenía un costo. Adrián habló de su pasión por el teatro, una actividad que deseaba seguir cultivando tras las rejas. Sus más de 28 años de experiencia y la formación que había recibido en el Teatro La Candelaria, bajo la dirección del maestro Santiago García, le habían dotado de una técnica sólida y una visión profunda.


Esta información llegó a oídos del grupo de teatro que existía en ese momento, quienes se acercaron a Adrián para convencerlo de unirse.


—Oiga, ¿usted hace teatro?
—Sí
—¿Por qué no sale?
—Yo salgo, pero miremos primero qué hay.

La desilusión fue inminente. Estaban montando una obra que no tenía ni pies ni cabeza, y la falta de experiencia de los integrantes era evidente. No era, pues, ningún grupo de profesionales. Envuelto en problemas mentales y el debilitamiento del espíritu que trae consigo la vida en prisión, los pensamientos de Adrián se centraron en su hijo, la persona más importante para él. “Me dió el motor. Yo decía: tengo que hacer algo para que él se sienta orgulloso”, recuerda pensativo. En lugar de darles la espalda, Adrián, riguroso y confiado de lo que había aprendido en su entrenamiento teatral y experiencia como profesor, sabía que todo el mundo puede hacer teatro y que el escenario no se limita a espacios convencionales.


Por eso decidió asumir el reto de sacar adelante el proyecto. Eligió un clásico del teatro popular -Domitilo, el rey de la rumba- y se hizo cargo de la producción y dirección. A pesar de las limitaciones, con tan solo veinte días para montarla, y partiendo de que nunca antes había asumido el rol de director, presentaron el resultado al interior del establecimiento, superando las expectativas de la guardia y los demás dirigentes. Sin embargo, el grupo, que para ese momento no tenía ni nombre, terminó por disolverse, afectado por traslados y falta de compromiso. Pero eso no desmoralizó a Adrián. Un plan mayor comenzaba a tomar forma, y con él, la posibilidad de transformar radicalmente la realidad de la cárcel, convirtiéndola en un espacio de arte, redención y oportunidades.

Foto: Juan Tomás Olmos

​Acto seguido, adaptó al teatro, en forma de comedia, el cuento de Daniel Samper Pizano ¡Dele duro, monseñor!, junto con tres compañeros más. La obra resultó ser un éxito y se convirtió en uno de los primeros pasos para demostrar la capacidad actoral y creativa que se puede encontrar en la cárcel, así como el potencial de Adrián para dirigir una escena y transformarla en algo completamente innovador y superior. Tanto fue así que, en una de las presentaciones, uno de los comandantes, maravillado por lo que acababa de presenciar, le hizo una petición inusual.


—Necesito que me monte una obra tipo Broadway
— ¿Una tipo Broadway?
—¡Sí! Tipo Broadway. Aquí lo que hay es gente.


Adrián, sorprendido por la audacia de la propuesta, pensó: “Este hombre está loco”. Sin embargo, en lugar de rechazarla, resolvió dejarse llevar por todas las sensaciones y circunstancias que lo abrumaban. Se sumergió en la escritura, creando lo que sería la primera obra de su autoría, una crónica de su propia vida. Todo partió del ejercicio del suicidio, del dolor que llevaba infundado, del cuestionamiento de su existencia y la constante pelea con Dios. “¿Por qué yo, Dios? Si yo era un hombre como cualquiera, bondadoso, juicioso, responsable y papá”. Esa escena se convirtió en el apogeo de la obra, el centro sobre el que giraba el argumento. Una vez escrita, continuó desarrollando el libreto hacia arriba y luego hacia abajo. Empezaron siendo ocho personajes, después catorce, luego veinte... ¡hasta que terminaron siendo veinticinco! Con una visión holística de cada uno, concadenó una secuencia lógica de texto, acciones y entradas, entregándose a cada personaje para asegurarse de que la obra tuviera sentido y no cayera en lo absurdo.


La obra se llamó Sumas y Restas. Convocaron raperos, músicos, bailarines y todo tipo de artistas, y de esa forma incorporó danza, breakdance y una pelea a cuchillo con acrobacias en el aire, volviéndola “tipo Broadway”. Él interpretó el papel protagónico, ya que la exigencia del personaje era alta y tenía que asegurarse de enganchar al público y a sus compañeros. Y así fue. La presentación fue impactante: efectos especiales, fuego en vivo, 25 pistas de sonido diferentes, cámara lenta, cámara rápida, todo en una obra que dejó a las directivas y a la guardia de la cárcel sorprendidos. Tanto así que, a partir de ese momento, ganó respeto y ciertos privilegios, como poder salir del patio sin problema y quedarse ensayando hasta tarde. Dejaron de llamarlo por el número 358756 y empezaron a conocerlo como “Profe” o Adrián.


Ahí nació oficialmente el grupo de teatro Abrakadabra. Lo bautizó así porque es una palabra de sortilegio; mágica. Creía que la única forma de salir de la cárcel era de esa manera: por arte de magia. Desde ese día, Abrakadabra se convirtió en sinónimo de libertad; el arma más eficaz para sobrellevar la impaciencia y el dolor del encierro. Se entregó por completo a esa necesidad irrevocable de crear y ser la voz de las miles de personas privadas de la libertad en Colombia, con el pretexto de “quitarle a la cárcel lo que la cárcel le quitó a él”.

Foto: Juan Tomás Olmos

​Acto II


La fama del grupo comenzó a esparcirse por los patios y corredores, despertando la curiosidad de muchos internos. Intrigados por las invitaciones de sus compañeros o motivados por los rumores que llegaban a sus oídos, se acercaban a Adrián con la esperanza de unirse al grupo. Él organizaba audiciones rigurosas, evaluando a cada aspirante con ojo crítico, buscando no solo talento, sino también compromiso y una sensibilidad capaz de crear y evocar emociones difíciles de alcanzar. Su premisa era clara: Abrakadabra no crea artistas, los descubre y los pule para que alcancen su máximo potencial. El arte no se puede enseñar, solo se revela y se perfecciona con técnica.


Encontró así la chispa que buscaba en las personas más inesperadas. Al verlos actuar, descubrió en ellos destreza y un talento tremendo por explorar. Con un método claro y estructurado, Adrián les enseñó la teoría del teatro, el manejo de los escenarios, el control del cuerpo, el dominio del espacio, la voz y el lenguaje no verbal. La mayoría eran hombres "vírgenes para el teatro", sin experiencia previa, y, sin embargo, terminaron consolidando el grupo y convirtiéndose en miembros esenciales de Abrakadabra. Algunos con una formación mínima, pero más real e intensa por los estragos de la cárcel, lograron interpretar personajes con un nivel tan elevado que, de enfrentarse a actores de renombre que estudiaron artes escénicas, les podrían dar una pelea dura en las tablas. Otros como Alexander Pescador y Félix Lorcano ya conocían el teatro desde antes, y Abrakadabra les dio la oportunidad de profundizar sus conocimientos y continuar actuando.


Una vez asignados los personajes, comenzaba el verdadero proceso de creación. No bastaba con darles un nombre y una apariencia física para pretender interpretarlos; eso solo constituía la portada. Los personajes poseen obsesiones, hábitos, manierismos, dialecto, y una secuencia de vivencias y recuerdos que los llevaron a ese plano espacio-temporal que los actores asumen. Adrián enfatizaba en la importancia de conocer a fondo el personaje: “¿Qué le gusta? ¿Dónde nació? ¿Con qué pierna patea el balón?”. Y así, llegaron a dominar el arte de desvelar los secretos ocultos del personaje; la génesis. Esos detalles que dan vida y hacen la diferencia entre un papel trivial y uno inolvidable.


De forma tal que, una vez se acababa el ensayo, cada uno de los actores continuaba desde el patio desarrollando su personaje, pensando en cómo era su vida y cómo llevarlo al siguiente nivel. El objetivo era “coger el personaje, así fuera uno muy pequeño dentro de la obra, para volverlo incluso más grande que el papel protagónico”, como expresó Juan Sánchez, uno de los miembros del grupo. Se adentraban en las profundidades de sus roles, incorporando nuevas capas y dimensiones. En esos momentos de soledad, la cárcel se transformaba en un vasto escenario donde ensayaban sus movimientos y diálogos, dándoles forma y sustancia. Así, cuando llegaba la hora de la actuación, el público no solo veía a un personaje sobre el escenario, sino a una vida compleja y vibrante; un reflejo de la humanidad en su estado más puro y conmovedor.
 

Una vez comenzaba la escena, los actores se desprendían de sí mismos para sincronizarse con los ritmos y suspiros de su nuevo rol, como si se liberaran de las preocupaciones de la vida para vestirse con una identidad nueva. “Hay una teoría que dice que el actor prostituye su cuerpo para que un personaje ficticio ocupe parte de su realidad. Y eso pasa. Nosotros prestábamos nuestras conciencias y nuestros cuerpos haciendo teatro, y eso nos generaba un espacio de libertad dentro de la cárcel”, cuenta Alexander Pescador. Una parte crucial de la enseñanza de Adrián fue ayudarles a perder el miedo al ridículo y conectar auténticamente con el público.

Foto: Juan Tomás Olmos

La improvisación se convirtió en una habilidad indispensable debido a las estrictas dinámicas de la cárcel. Obligados a ajustarse a los horarios del INPEC, a menudo tenían que montar obras en una semana, forzándolos a improvisar. Eso era “la improvisación de la improvisadera”, como suelen decirle entre ellos. Sin embargo, sus presentaciones parecían el resultado de meses de planeación; la audiencia nunca imaginaba que en realidad estaban ensayando en vivo. La cárcel, con su naturaleza cambiante e impredecible debido a traslados, enfermedades, juicios o negaciones de permisos, les exigía una constante adaptación y creatividad. Con un ritmo tan compenetrado y un conocimiento profundo de las obras, podían cambiar de roles y adaptar diálogos a último minuto sin dificultad, como parte de una jugada de ajedrez. Durante los ensayos, adoptaron la estrategia de intercambiar personajes entre ellos, lo que les revelaba tanto la dificultad de alcanzar el nivel del otro como nuevos matices útiles para su desempeño. Si alguien se enfermaba, otro tomaba su lugar, se ponía una peluca y salía a escena, transformándose en el nuevo personaje y asegurando así la continuidad y calidad de las presentaciones.


Con la fama y el renombre que adquirió el grupo, llegaron las invitaciones a presentarse en festivales de teatro y escenarios más allá de los muros de La Modelo. La primera salida fue al prestigioso Teatro Nacional Fanny Mikey. Los dragoneantes, al principio, los trataron con severidad extrema. Cerraron con máxima seguridad cuatro cuadras a la redonda. Tras bastidores, Adrián tuvo que insistir que les quitaran las esposas a los técnicos y actores, para permitirles organizar las luces, el sonido, vestirse y maquillarse. La desconfianza se percibía en el aire. Pero más allá de eso, la función fue un éxito arrollador. “Esa obra que presentamos tiene mucho ritmo. Empieza con momentos duros, después da risa y tiene escenas de acción, que eso en teatro poco se ve, y la sacamos del estadio. Nos botaron cualquier cantidad de flores del techo y nos hicieron tres ovaciones, que eso en el teatro también es muy difícil”, cuenta Adrián. El teatro estaba completamente lleno, con una audiencia que incluía no solo familiares de los internos, sino también figuras políticas, prensa y personajes destacados del medio. “La familia te puede ovacionar diez veces, pero cuando gente que uno no conoce, que de verdad aprecia lo que vio, te ovaciona, te das cuenta del nivel que había”, agrega con orgullo. Ya en el camino de regreso a la cárcel, la actitud de los dragoneantes hacia los miembros de Abrakadabra cambió drásticamente. Antes severos, ahora los colmaron de halagos y palabras amables. Empezaron a verlos no como números, sino como verdaderos artistas. Incluso, les soltaron las esposas durante el recorrido en el bus.

Y así, con cada función, Abrakadabra seguía escribiendo su historia, transformando la percepción de todos aquellos que tenían la fortuna de presenciar su arte, mostrando que, detrás de cada actor, había un alma libre y creativa, capaz de cambiar el mundo con talento y pasión. Abrakadabra rompió récords en el ámbito carcelario, logrando más de 60 salidas a diferentes escenarios del país. Sus actuaciones no se limitaron a teatros prestigiosos, sino que también llevaron su mensaje a universidades, colegios, instituciones del gobierno y de la policía. Cada presentación era una reafirmación de su destreza, un testimonio viviente de cómo el arte puede florecer incluso en los lugares más inesperados. Con cada nuevo escenario conquistado, continuaban desafiando las expectativas y dejando una marca indeleble en la memoria de quienes los veían, demostrando que la verdadera libertad reside en la capacidad de transformar la propia realidad y la de los demás a través del arte.

Justamente, la magia de las obras que Adrián escribía y montaba con Abrakadabra residía en su autenticidad y originalidad. No eran meras representaciones de clásicos teatrales, sino creaciones propias, surgidas del vientre mismo de la cárcel, impregnadas de la crudeza y de la vida tras las rejas. Cada obra lleva consigo un mensaje, una enseñanza sobre lo expuestos y frágiles que somos todos ante la posibilidad de terminar en prisión, demostrando que nadie está exento de esa realidad. Adrián se inspiraba en las experiencias cotidianas de su vida y las historias que sus compañeros le iban contando: la llegada a la cárcel, la injusticia del sistema judicial y penal en Colombia, la pérdida y el dolor de separarse de la familia, los prejuicios arraigados en la sociedad hacia los pospenados, y el profundo cuestionamiento de los conceptos del bien y el mal.
Estas obras, más que narrativas, son una montaña rusa de emociones; tragicomedia que lleva al espectador desde la risa más liberadora hasta las lágrimas más sinceras. El público se encontraba inmerso en un cataclismo de sentimientos, riendo y llorando al compás de las historias que, a pesar de su dureza, destilaban humanidad y verdad. La conexión era inevitable: cada escena, cada diálogo, resonaban con las experiencias universales de dolor, redención, pérdida y esperanza. Así, la audiencia no solo presenciaba una obra de teatro, sino que vivía una experiencia que les sensibilizaba y les conectaba profundamente con las realidades ocultas tras los muros de la prisión, emergiendo del espectáculo con una nueva comprensión de la condición humana y del sistema que muchas veces la aprisiona injustamente.


Demostrando una creatividad inagotable, lograron reunir una variada colección de maquillaje, vestuario y escenografía. A través de sus familias y conocidos, mandaban a traer elementos inofensivos, pero esenciales, durante las visitas de los domingos. Con estas contribuciones y algunas donaciones, consiguieron dotar un ropero completo para el montaje de sus obras. Hay de todo: tacones, pelucas, pantalones, sombras, labiales e incluso un telón. La recursividad se convirtió en una habilidad vital para Abrakadabra. Esta capacidad de improvisar y adaptar les permitió grabar una película dentro de la cárcel, donde hasta los mismos guardias se convirtieron en actores. Utilizaron una simple filmadora y objetos cotidianos para recrear escenarios y personajes. Y aunque ninguno de ellos sabía dirigir cine, la película, titulada La Resistencia, se presentó en la Sala D de la Cinemateca.

Foto: Juan Tomás Olmos

​Acto III


En una de las más memorables representaciones de la obra Regalo de Navidad, Juan Sánchez interpretó a un niño de ocho años que va a visitar a su padre, un papel que desempeñó Adrián. Ese día, el padre real de Juan murió trágicamente. A pesar del dolor inmenso, Juan decidió continuar con la función en honor a él. “La escena en la que me despedía de mi hijo se convirtió en un momento de profunda resonancia emocional. Yo, en el papel de papá, experimenté la pérdida de mi hijo, mientras Juan vivía la dolorosa realidad de su propia pérdida. Fue una experiencia tan real que no pudimos contener las lágrimas”, cuenta Adrián. Y así, cada miembro tiene su propia historia de redescubrimiento con Abrakadabra; de catarsis.
Para muchos, el teatro era un mundo desconocido y, en sus primeras impresiones, nunca se imaginaron sobre un escenario. Por Abrakadabra pasaron Juan Sánchez, Omar Bautista, Alexander Pescador, Nelson Murcia, Miguel Ángel Malpica, Jair Ortúa, Félix Lorcano y otras más de 60 personas que se atrevieron a darle una oportunidad a las tablas. “Algunos duraban ocho días y la misma guardia decía, no, estos manes no, porque se están robando el cable, se robaron los bombillos, etc. Entonces, yo tampoco voy a tirarme el proceso del grupo. Sin embargo, alcanzaron a haber como cuatro o cinco ‘duros’, que lograron el ejercicio real del teatro y de transformación social”, cuenta Adrián. “Hay momentos únicos con el grupo que solo el arte y la vida en la cárcel podrían crear”, añade.

En esos momentos en que actuaban y se reunían a ensayar, dejaban atrás los problemas de la cárcel y el tiempo parecía derretirse. Se sumergían en sus personajes, en las historias que contaban, y las paredes de la prisión se desvanecían, reemplazadas por los escenarios de sus sueños y la libertad que trae consigo la acción de crear algo; de hacer teatro. Cuando el alma se libera a través del arte, incluso las paredes más sólidas se desvanecen. El primer requisito para crear es tener tiempo, y en la cárcel tiempo es lo que sobra. La creatividad se desbordaba, transformando el arte en una forma de terapia y en una manera enriquecedora de emplear sus días. “El teatro crea espacios de libertad para que la gente imagine y piense en el pasado, en el presente y pueda inventar el futuro y no esperar por él”, dijo el dramaturgo brasileño Augusto Boal.

Estos ensayos y funciones no solo les ofrecían una liberación emocional, sino también la oportunidad de salir del establecimiento penitenciario. Mientras otras personas privadas de la libertad pasan años sin ver la calle, ellos conocieron numerosos escenarios y, durante esas salidas, se reunían con sus familias y disfrutaban de antojos que para otros podrían parecer cotidianos, pero que para ellos eran tesoros: buñuelos, empanadas, pollo asado y ensaladas de frutas, que son las favoritas de Adrián. Esos momentos de reunión, de compartir una comida, de sentir el aire libre y ver cómo van cambiando las calles bogotanas, les recordaba que, a pesar de todo, seguían siendo humanos, capaces de soñar y de experimentar la libertad, aunque fuera solo por un rato.


Adrián salió en libertad en 2020, y, antes de él, ya varios miembros habían logrado salir. Ahora se reúnen de vez en cuando cada vez que los llaman a presentarse en algún escenario a presentar sus obras, que ya tienen memorizadas y montadas. Como dijo Adrián: "Del arte no se vive, pero gracias al arte sobrevivimos adentro". Aunque la experiencia de vida en la cárcel fue cruda, las amistades que hicieron en el proceso y todo lo que lograron con el grupo los llena de orgullo. En cada ensayo y en cada obra, encontraron un motivo para resistir y un espacio para hacer florecer su humanidad y dejar un legado. Hoy sueñan con un futuro en el que proyectos como Abrakadabra se repliquen en todas las cárceles del país. Dostoyevski dijo que “el grado de civilización de una sociedad se mide por el trato a sus presos”. Esta iniciativa es la prueba viviente de que, trabajando sin descanso por un mañana más humano, lo que nos une es mucho más fuerte que lo que nos separa como especie.

Foto: Juan Tomás Olmos

ISSN: 3028-385X

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