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Prólogo para dejar de fumar

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Esteban Ramírez

Fundación Universitaria del Área Andina

El principio del discurso es su parte más difícil y

 desconfío de aquellos que comienzan por él.

 

Macedonio Fernández - Papeles de recienvenido

Vengo teniendo este sueño, pesado, recurrente; me ahogo en la última calada del cigarrillo. Este vicio que, aunque siendo consciente, no puedo dejar como cualquier cosa. Me tiene en un esquema antiestético y promueve a la carrera un montón de ideas, buenas o malas, ideas. La mancha que me van dejando entre los dientes no me la quita ni el licor adulterado, dicho sea de paso, otro mal a buena hora bienvenido los sábados, domingos y miércoles. Pero, el cigarrillo, divino instrumento de aroma harto jarto, puede ser disfrutado en cualquier momento, incluso, uno tras otro —nunca más de seis y nunca menos de cuatro— electrifican cualquier situación. La intención es más complicada que el actuar, no con tanto recelo he recibido las cajetillas ya tan decoradas con su clásico “fumar causa cáncer”, “fumar mata”, “fumar da disfunción eréctil”. Del primero, miedo guardo. De los otros dos, ¿dónde está el castigo?

 

Cualquier día mantengo un encendedor económico en el bolsillo, nadie sabe cuando salga un cigarrillo obsequiado por su abogado de confianza o venga otra tautología sobre la lengua. Hermosa situación es compartir un cigarrillo en camaradería y triste de esos que nunca sintieron los labios ajenos con nicotina a vapor después de la unión de algo —no busco manifestarlo de una bella forma, cualquier buen lector podrá inferir la segunda parte de este primer esbozo, precoz—. Es triste cuando alguien se lleva la prometeica luz de la no abstinencia, genera desconfianza y rompe las buenas amistades, pero el corazón promete olvidar siempre más rápido cuando, al reencuentro, se entrega un abrazo y el objeto creído perdido. 

Guillotinazo afanoso siempre en la última calada, las primeras veces vi señal divina en la desconfiguración facial antes de tirar la colilla. Resoplar, agachar la cabeza y fingir no sentir vergüenza propia. Sin embargo, en la quinceava ocasión entendí que era yo siendo Pávlov activando un metrónomo. Puestos en ello, debería entender mi afasia como efecto colateral; me aburre en gran medida tener que hablar tan fuerte como sea posible para evitar el acercamiento de mi interlocutor —más cuanto hay posibilidades de aquello no-esbozado— por temor a que internos aromas salgan a flote, fétidos y cuantos adjetivos malucos puedan ser puestos a prueba de un ser vivo.

Bacatá ´24

ISSN: 3028-385X

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