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Punto de fuga

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Esteban Ramírez

Fundación Universitaria del Área Andina

El bordador mantenía la vista fija en un minúsculo punto frente a la pared. Fingía ver parte del hilo, la tela, la aguja, los niños haciendo maniobras de arriba abajo. Cruzaba los ojos como viendo su futuro. Meditabundo hurgó entre sus brazales anillas de papel, listas para ser utilizadas sin orden en la maculada muestra del lino. No era tan diestro, se creía, y por eso decidió concentrarse en cada puntada, era otro niño, pero más grande, ocupado en sus quehaceres. Hacían tantos los años que cumplía el santo oficio. Olvidó las callejuelas de Faenza, bebía ahora aceite de azafrán para no morir en la amargura de su encierro, algo autoimpuesto, algo con miedo, algo propio de otros pero ahora llevado a lo suyo. Personaje principal de su vida a través del relato. Corta aquí, encaja esto, zurce aquello. Quería concentrarse en su tarea pero el punto frente a la pared le parecía hacerse más grande, más violento. Mera fantasía y la posibilidad de agnosia entera. No es tan sencillo callarse y seguir con el hilo del trabajo. Con los puntos lisos como manchas de moho u orín en el cuarto de un chiquillo, sentía verse a sí mismo desde el mismo punto. En sentido alterno, una vista perpendicular a la pared. Es decir… Ver en diagonal, arriba, a cuarenta y cinco grados y percibir ver a cuarenta y cinco grados, abajo. Estaba malo, escuchó decir, de ese sexto sentido. Cualquiera sabría decir que estaba alejado de los otros, tanto por su fe como por su esencia. Creyente o no. No tendría salvación. Tristeza que exigía alejarse de todos. Mantenía constante el oficio. Oraba, contenía en la memoria, cuál Funes, cada pasaje de la biblia, oraba como edictos públicos y no reía siquiera de una travesura vergonzosa en el cuartillo con pajares de cama. Cuidadoso continuaba pensando en la afección tan brutal. Sería culpa de haber nacido en la Comala de Macondo, o en la Cúcuta de Venezuela. No es tan sencillo priorizar pensar, tejer, pinchar, y evitar el punto vigilante. Recordó a Job, dio gracias al cielo, sin sentir algo, por no tener que sufrir de doloroso tormento. El tiempo corría y solo escuchaba la algarabía. Notaba los hilillos cada vez más enquistados en las falanges callosas. Quiso entender más de eso y le pidió al clérigo de turno una explicación razonable para su soledad; explicó, con atención al rostro del bordador, que el cielo se alcanza solo cuando se llora por otros, se da alma y cuerpo por la salvación. Pobre bordador, no entendía francamente las palabras de su interlocutor. Los hilillos del rostro los sentía solo cuando ya le habían levantado suficiente pelusa hasta posarse en los labios resecos. El punto, por decisión propia, le habló. Levantó la cabeza para entender su significado, pero no. No sabía comprender la voz de su otro yo en lo lejano. Mejor serlo como es, no protestar, escuchar y volver a actuar como la primera vez que lo oyó. Sea bien, sea mal, algo le faltaba. Era sordo hasta de eso. Sordo de corazón y de cuerpo. Y el punto, pensador de un monólogo, solo quiso decirle: tonto, solo debías escuchar un poco, podrías corregir esa desviada interocepción que aqueja nuestra alma. Tonto bordador que mirando arriba solo eres capaz de ver abajo.

 

Bacatá ´24

ISSN: 3028-385X

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