¿Estamos presentes o conectados?

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Valeria Sierra Cardona
Universidad Javeriana de Cali
Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos. La tecnología, la inteligencia artificial y la optimización de procesos prometieron acercarnos, hacernos la vida más fácil, ahorrar tiempo. Sin embargo, algo curioso ocurre en el camino: incluso las conversaciones más simples empiezan a perder palabras. Hoy, muchas veces no se dialoga con personas, sino con rutas prediseñadas; no se explica lo que se siente o se necesita, solo se digita un número y se sigue el camino que un sistema ya decidió. Poco a poco, el contacto humano se diluye, casi sin que lo notemos. ¿En qué momento dejamos de conversar de verdad, incluso con quienes nos prestan un servicio?
La comunicación, entendida como encuentro, parece haber perdido profundidad en medio de la aceleración tecnológica. No porque la tecnología sea enemiga del diálogo, sino porque acostumbró a la rapidez, a la síntesis constante, a decir mucho sin detenerse a comprender. Se oye más de lo que se escucha, se responde más de lo que se entiende. Estar conectados empieza a confundirse con estar presentes, y en ese tránsito algo esencial se va escapando.
Escuchar no es lo mismo que oír. Escuchar implica tiempo, disposición y atención real. Requiere salir por un momento de uno mismo para hacerle espacio al otro. En un contexto donde la inmediatez y la productividad son la norma, escuchar se vuelve casi un acto contracultural; es decir que va en dirección opuesta a la prisa, al multitasking y a la respuesta automática. Las conversaciones profundas, tanto las verticales como las horizontales, esas que abren la posibilidad de aprender de otros y aquellas en las que el diálogo ocurre en igualdad de apertura, empiezan a perder valor. Entre muchos jóvenes, el diálogo se percibe como aburrido o innecesario, más por inexperiencia que por un intento genuino de habitar esas interacciones.
Este ruido constante no solo afecta la forma en que las personas se comunican entre sí; también tiene un impacto profundo en la relación consigo mismas. Tal vez por eso el cansancio se ha vuelto una experiencia compartida. Un cansancio mental, emocional y físico que no siempre se nombra, pero que atraviesa el estudio, el trabajo y la vida cotidiana. Aun así, se sigue funcionando, cumpliendo y entregando resultados, como si el agotamiento fuera una falla individual y no una señal colectiva.
La cultura del rendimiento ha normalizado ese desgaste. Descansar parece un lujo; parar, un retroceso. En ese afán de hacer más, todo se pone en pausa, incluso lo que se siente. Las emociones se ignoran, se esconden o se postergan porque “no hay tiempo para eso”. Sentir se percibe como una distracción, cuando en realidad es una de las capacidades más humanas y valiosas que existen. La lógica productiva se impone y la escucha interior queda relegada.
Las redes sociales profundizan esta sensación a través de pequeñas acciones, una publicación, un logro compartido, una imagen cuidadosamente seleccionada… se construye una narrativa constante de avance y éxito. Aunque se sepa que es parcial, la comparación se instala de manera silenciosa. Aparece la sensación de ir tarde, de estar atrás, de no estar haciendo lo suficiente. Poco a poco, se pierde el propio ritmo, la esencia, la capacidad de habitar el proceso sin ansiedad.
Existe una línea muy delgada entre ser grandes soñadores y vivir atrapados en la autoexigencia. Entre trazarse metas que inspiran y cargar con la sensación permanente de que nunca es suficiente. En ese afán de llegar, de cumplir, de alcanzar el momento esperado, muchas veces se pierde el goce que existe en el camino. Incluso cuando el cuerpo y la mente piden pausa, la marcha continúa.
Tal vez la clave no esté en hacer más ni en demostrarle al mundo todo lo que se logra, sino en volver a lo simple, a lo humano, a esas herramientas que siempre han estado ahí: la escucha, la presencia, el diálogo sincero. Porque si mañana no se está, si no se llega a ese sueño tan idealizado, queda la pregunta: ¿se vivió el resto del tiempo o solo se utilizó como antesala de algo que aún no llegaba? Al final, cada persona es quien camina sus rutinas y decide si el camino es solo espera o también experiencia.



