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¿Qué se lleva a la guerra?

Foto: Carlos Villalón (Getty) / EL PAÍS
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Valerie Caballero

Universidad del Norte

Hablen de aquellos niños que nunca aprendieron a serlo, que cambiaron la risa por el fusil antes de conocer el abecedario. Pregunten, ¿qué se lleva a la guerra? ¿Qué carga un niño cuando cruza la frontera invisible que lo arranca de la infancia y lo lanza al fuego de un conflicto que no comprende?


Allá, en lo profundo de la selva, entre el olor a humedad y el barro, corre un ejército de pies descalzos. Son niños, pero ya no lo parecen. La guerra los ha moldeado, siendo la viva imagen de su brutalidad. Apenas saben leer, pero memorizan nombres de armas, calibres y rutas de escape. Tienen manos de tierra, de machete, de cartilla escolar abandonada. Son hijos de nadie, criados por la selva y por la metralla, por jefes que les prometieron un paraíso que no existe y un propósito que no comprenden.


Algunos salieron de casa tomados de la mano de su madre, convencidos de que volverían antes del almuerzo. Otros huyeron del hambre, del miedo, de un destino ya escrito por la pobreza. Todos cruzaron una frontera invisible: la que separa la infancia de la guerra. Y no hay camino de vuelta.


Les dijeron que eran soldados, pero no les hablaron de la muerte. Crecieron en la lógica absurda de las balas, donde el tiempo se cuenta por emboscadas y los días se miden en número de patrullas. La selva es su casa, el fusil su almohada, la orden su oración. Pero cuando cae la noche y el viento murmura entre los árboles, algunos recuerdan. Recuerdan que alguna vez alguien los llamó por su nombre y no por un alias. Que hubo un tiempo en que dormían bajo un techo y no bajo el cielo roto por explosiones. Que alguna vez fueron niños, aunque nadie lo creía posible.


¿Qué se lleva a la guerra? Una foto en el bolsillo que pronto se destiñe con el sudor y la lluvia. Una canica robada del suelo antes de partir. El eco de una canción de cuna tarareada en las noches de guardia. La pregunta silenciosa de si alguien los espera, de si su nombre todavía se pronuncia en casa. Pero también se lleva el miedo, la obediencia ciega, la certeza de que en la guerra no se pregunta, no se sueña, no se recuerda. En la guerra solo se sobrevive.


En Colombia, la infancia ha sido carne de cañón para un conflicto que los antecede y los consume. Según cifras de la Jurisdicción Especial para la Paz, más de 17.000 niños han sido reclutados por grupos al margen de la ley en las últimas décadas. Historias como la de Bernardo, reclutado a los 13 años en Guaviare, o la de Daniela, que escapó de un campamento guerrillero en el Meta tras haber pasado cinco años empuñando un fusil, son solo algunas entre miles. Algunos logran huir, otros encuentran la muerte antes de la adolescencia y otros, al ser rescatados, descubren que su familia ya no los espera o que su comunidad los rechaza por haber pertenecido a un ejército que nunca eligieron.


El reclutamiento forzado no solo les arrebata su infancia, sino que los convierte en sombras de sí mismos. Se les enseña a disparar antes que a escribir, a obedecer antes que a pensar, a matar antes que a amar. Son niños que deberían estar jugando en las calles, aprendiendo en las aulas, soñando con un futuro que no sea la guerra. Pero en su lugar, caminan entre trincheras y aprenden a calcular la distancia entre la vida y la muerte.


Relatos como el de Helena, reclutada a los 14 años y sometida a anticoncepción y aborto forzado dentro de las filas de las FARC-EP, muestran la brutalidad oculta tras los discursos de justicia y revolución. “Ustedes acá no vienen a criar niños, vienen a contribuir al pueblo”, le dijeron cuando intentó resistirse. Para las niñas y adolescentes, la guerra fue doblemente cruel: la infancia perdida y la maternidad negada a la fuerza.


El documental Infancia reclutada reveló que más de 18.000 niños fueron arrancados de sus hogares, obligados a portar armas y cometer actos de guerra antes de entender el significado de la muerte. Algunos fueron forzados a fusilar a sus propios compañeros por supuestos actos de insubordinación. Muchos nunca volvieron. Sus cuerpos, enterrados en la selva por sus propios compañeros, siguen siendo un enigma sin respuesta para sus familias.


En cada niño soldado hay una infancia que la historia olvidó. En cada disparo hay una voz que jamás contó su historia. ¿Qué se lleva a la guerra? Se lleva todo y se pierde más. Pero quizá, en la memoria de quienes aún recuerdan y en la voz de quienes insisten en contar su historia, pueda rescatarse algo más valioso que el olvido: la verdad. Una verdad que, aunque tarde, aún puede evitar que otros niños crucen la misma frontera sin retorno.

ISSN: 3028-385X

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