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“Bienvenido de vuelta, 2016”: entre la nostalgia y la desorientación

Foto: Getty Images
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Carolina Vargas Velandia

Universidad de la Sabana

El 2026 acaba de empezar y las redes sociales están inundadas de hashtags, captions y letras en movimiento que saludan al 2016. No es un error de typeo, sino una especie de fenómeno social virtual que está tomando fuerza. “#2026isthenew2016”, “welcome back, 2016”, “que el 2026 sea el nuevo 2016”, “ahora sí podré tener mi IT girl era”. Está circulando contenido que hace referencias a la cultura Tumblr y hipster, los ritmos pop y EDM y los colores saturados tan característicos de hace 10 años. Para algunos es humor y para otros un verdadero anhelo: revivir las sensaciones de frescura, optimismo y energía de la década que nos precede. Más allá de regresar a los fidget spinners o a la música electrónica, existen algunas señales de escapismo e incomodidad social.


La primera vez que encontré contenido por la línea de “rebautizar” a un año nuevo fue en Tiktok, durante 2024: casi 4 años después de la pandemia de COVID 19, que marcó un antes y un después no solo en el mundo físico sino también en internet. La vida no volvió a ser la misma. Es aquí cuando la tendencia de querer traer de vuelta años “icónicos” parece revelar que hay una especie de nostalgia colectiva por aquellos años en los que nos la pasábamos en los arcades de los centros comerciales o en los parques creyéndonos más grandes de lo que éramos; desconocíamos lo que era atravesar una cuarentena o socializar exclusivamente a través de pantallas.


En 2014, 2015 y 2016 la juventud era sinónimo de grabar videos en Musical.ly, tomar fotos “Tumblr”, seguir desafíos virales de Youtube y hacer llamadas para jugar en línea con amigos. La tecnología funcionaba como un complemento que extendía el proceso de socialización y proporcionaba muchos medios para tomar inspiración. Contra todo pronóstico, en 2020, 2021 y 2022 la historia tomó un rumbo diferente; la conexión a la red se convirtió en el espacio principal de interacción, tornándose un poco repetitiva y abrumadora. Estudiar, trabajar, divertirse, socializar, todo tras una pantalla.


En 2023 volvimos a la realidad, al parecer dejando atrás del todo el estilo de vida que acogimos por la pandemia; fue ahí cuando como sociedad nos chocamos con un muro. ¿Y ahora qué? ¿Qué nos ofrece el mundo?


Estamos aquí y a la vez no. Tal vez por eso sentimos nostalgia. La vida pospandemia parece avanzar a una velocidad abrupta y ciertos internautas manifiestan una percepción alterada del tiempo. Existen especulaciones frente a la incidencia del uso excesivo de pantallas en la percepción del tiempo ante las manifestaciones de algunos usuarios. Aunque nos han enseñado que la forma en que sentimos pasar el día es diferente si somos niños o adultos, lo cierto es que los dispositivos digitales pueden llegar a jugar un rol más grande de lo que consideramos y acentuar los cambios.

No hay certeza sobre el origen de las alteraciones en cuanto al tiempo, pero la Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales y Humanidades publicó en 2025 un artículo titulado Sobreexposición Digital: El impacto neurológico del uso excesivo de pantallas, en donde señalan que la consolidación de la memoria, retención de información y orientación espacial, entre otras funciones, se ven afectadas significativamente. En un mundo donde existen más de 5,24 mil millones (según el informe de We Are Social 2025) de usuarios en redes sociales —adictivas por su scroll infinito— no es de extrañarse que tantas personas se sientan desorientadas en cuanto a su actuar.


El enigma sobre tiempo, memoria y cerebro en la era digital nos lleva a otro punto: la paradoja de la elección, de Barry Schwartz, y la teoría de la infoxicación, ya comentada en los años 90 por Alfons Cornella. Estamos sobreinformados, sobreestimulados y sobrecargados.


No es coincidencia que algunos usuarios comenten en foros que no recuerdan sucesos particulares o momentos relevantes de sus propias vidas en los últimos 5 años. Puede ser a raíz del estrés e incertidumbre presentados en el marco del COVID-19, pues la mente suele bloquear recuerdos “traumáticos”; aun así, no creo que sea el caso de todos. Algunos grupos aseguran que la vida es aburrida y monótona por las tendencias de diseño plano y minimalismo. Otros culpan al exceso de contenido carente de sentido y propósito.


De todos modos, el núcleo del problema sobre la renuencia a vivir el presente no está en el diseño o los colores, sino más bien en la mutación de la infoxicación de Cornella —de correos corporativos abrumadores y titulares contundentes a chats y feeds infinitos—. Leemos, escuchamos y vemos más que nunca. Nuestra atención está fragmentada. Retenemos estímulos que vimos navegando en la web, como memes o pedazos de canciones, pero poco sobre el mundo físico, como qué desayunamos hace 3 días o cómo se veía quien se sentó a nuestro lado en el bus.


En teoría, la era digital nos convierte en prosumidores de información (creadores y consumidores a la vez), más en la mayoría de casos acabamos embutiéndonos cantidades desmedidas de estímulos día a día sin tener la posibilidad de procesarlos conscientemente. Los internautas no se ponen de acuerdo sobre los objetos, comportamientos y tendencias que representan los últimos 3 o 4 años. ¿La razón? Lo que estamos consumiendo carece de una esencia representativa fija —en parte gracias a las múltiples opciones de estilo de vida y servicios— alejándose de momentos en los que la “vibra” era muy precisa. Tenemos tantas opciones por elegir que nos bloqueamos —la tesis sostenida en 2004 por Schwarts, resumida—. Siendo así, cualquiera quisiera escapar de este futuro distópico —que parece utópico—, escuchando todo el día a The Chainsmokers, DJ Snake o Drake, fingiendo que no conozco lo que es TikTok o las notas de Instagram.


Recordemos que el consumo de los medios ha cambiado muchísimo en las últimas décadas: de lo masivo a lo personalizado. Pasamos de ver los mismos 5 canales de televisión a tener contenido infinito en formato vertical, alimentado por algoritmos que se adaptan a cada usuario. Aquellos que crecimos a finales de los 2000 e inicios de los 2010 fuimos los últimos en tener fotos de bebé tomadas con cámara y no con celular, o en compartir medianamente una programación televisiva. Las nuevas generaciones pueden elegir entre una amplia gama de contenido por demanda, en televisión, en tablets, en celulares, en computadores. Esas diferencias también condicionan la forma de socializar, percibir la vida y crear memoria.

Poniéndolo en términos menos filosóficos, la tendencia de 2024 is the new 2014, 2025 is the new 2015 y 2026 is the new 2016 podría explicarse con una frase conocida: todo tiempo pasado siempre fue mejor. Y no hablo de una percepción por parte de gente mayor que lo vivió, sino más bien de los miembros jóvenes de la generación Z y grandes de la generación Alpha, que apenas se acuerdan o ni siquiera habían nacido durante el apogeo de Snapchat. Tal y como algunos millenials y centenialls teníamos una hiperfijación hacia la cultura de los años 80 y 90 coleccionando música y películas, los nuevos internautas manifiestan su admiración por los 2000 y 2010 creando contenido ambientado en otra era.


Lush Life (Zara Larsson), un hit musical del año que internet busca “revivir”, estaba en el top 10 global de Spotify el 7 de enero y el 12 de enero ascendió al puesto 6. Fragmentos de la canción son usados para grabar un baile viral, generalmente con atardeceres de fondo. Niños, adolescentes y adultos jóvenes del continente americano se suman a la tendencia. Este simple detalle demuestra que el “bring back 2016” no se puede reducir a que los niños quieren vivir años cool del pasado o que los adultos se rehúsan a crecer. La noción sobre la ropa representativa de 2016 está en disputa en internet, pero coinciden en que hay que revivirlo porque “dejamos que el 2025 fuera 2025 y fue una basura”. Pese a tantos puntos de partida, se repite el cariño por lo que nos precede.


El culto al pasado no es propio de nuestros días. Recurrir a conocimientos previos para saber resolver, explicar y comprender el presente es prácticamente inherente a nuestra naturaleza. Desde este caso particular, los medios físicos tienen su encanto y tal vez los más pequeños quieren volver a lo místico e intrigante de la tecnología. Antes, conectarse era un privilegio; ahora, parece que desconectarse lo es. En adición, comentarios en diversas redes sociales por parte de los nacidos en la década del 2010 apuntan a que el 2025 fue una decepción, tanto por el brainrot y el uso desmedido de IA, como por la estandarización estética marcada y los colores neutros. Por lo tanto, suena lógico querer evadir el 2026 y retornar a una atmósfera que irradia optimismo a través de su música, moda y bailes de internet.


Podemos ir más allá y unir la obsesión de la juventud hacia el pasado con la repulsión al rumbo prefabricado que toma el presente. En 2024 la tendencia fue cargar un termo Stanley lleno de agua; en 2014, era pedir un frapuccino de Starbucks. Un adolescente de 14 años puede sentirse insatisfecho con su realidad plagada de modas y memes más artificiales que nunca. El pasado no muy lejano lleno de brillo y looks recargados, libre de miedo a dar "cringe”, suena más prometedor. En consecuencia, cientos de jóvenes suben a redes sociales videos emulando el 2016, bajo la idea de “otra vez es 2016 pero esta vez sí soy adolescente”. A veces la sociedad parece olvidar que no debemos volver tendencia algo para poder hacerlo. No está prohibido escuchar esa canción vieja o ponerte ropa que no está de moda.


De todos modos, no hay que generalizar, dado que cada década ha tenido un sinfín de subculturas y opciones que seguir. Por poner algunos ejemplos musicales, en los 80 había funk y rock; en los 90, grunge y hip-hop; en los 2010, reggaetón y electrónica. Hoy tenemos muchachos alternativos y clean, hace dos décadas había punks y emos. Las tendencias dentro de las audiencias son cíclicas. El pasado sirve de inspiración para el futuro, todo vuelve a ponerse de moda después de un tiempo, incluso la alabanza a determinados años. ¿Qué tal si los 2010s son para los pequeños de hoy lo que fueron los 80 para los nacidos a finales de los 90 e inicios de los 2000?


Anunciar la “resurrección” de 2016 —aunque estamos 10 años en el futuro— puede ser un modo de sentir estabilidad ante la incertidumbre. Es un sueño: traer de vuelta la era en donde las redes sociales reflejaban las pautas de su tiempo —grabar momentos sin buscar likes— y no al revés —citar memes cada 5 segundos—. Quizá es simple contenido, quizá ese #2016isthenew2026 sea una tendencia desechable olvidada en 10 días, o quizá es una demanda a gritos por tener un año memorable como “los de antes”.


A ratos me uno a ese “bienvenido, 2016”. Escuchar canciones, usar filtros extraños y ver accesorios de la época me hace devolver en el tiempo y recordar tiempos felices —tenía 10 años pero ahora me siento parte de una reliquia—. Después de todo, amar lo vivido y aferrarnos a la idea de que podemos crear algo similar es una forma de autoconfortarnos y motivarnos para enfrentar con ganas el ciclo que se avecina. Sin embargo, no podemos esperar que un simple hashtag arregle todos nuestros problemas.


En redes podemos basarnos en los colores, ritmos movidos y vibras de “eterno verano” del 2016, aunque sería mucho más poderoso que en el plano físico construyéramos un nuevo look para el planeta —eso sí, tan positivo y auténtico como se sentía la vida hace un tiempo—. Estoy segura de que la década del 2020 también tiene mucho que atesoraremos en el futuro, desde álbumes con tintes retro o vanguardistas, hasta accesorios disruptivos y series que cambiaron paradigmas.


El pasado es una fuente poderosa de inspiración, pero la pasión por el presente lo lleva a ser recordado en el futuro. Pido que como ciudadanos soñadores encontremos un sello original para el año que inicia. ¡Alejémonos de la idea de copiar lo que ya existió! Quién sabe, de pronto en 2036 recordemos con cariño y nitidez lo que hizo especial al 2026.

ISSN: 3028-385X

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