“Lo de Juliana Guerrero es una puñalada a la educación”: Jennifer Pedraza

Foto: Nathalia Angarita / EL PAÍS

Santiago Orozco Uribe
Universidad de los Andes
Jennifer Pedraza (Floridablanca, 30 años) es economista de la Universidad Nacional. Fue representante de los estudiantes ante el Consejo Superior Universitario y líder del movimiento estudiantil durante el Paro Nacional de 2019. En las elecciones legislativas de 2022 fue elegida representante a la Cámara por el partido Dignidad y Compromiso. Desde el Congreso ha promovido la educación pública, la igualdad de género, los derechos para la juventud, entre otras iniciativas. En el más reciente Panel de Opinión de la consultora Cifras y Conceptos fue reconocida como la mejor representante a la Cámara. Actualmente aspira al Senado por la coalición Ahora Colombia, conformada por los partidos Nuevo Liberalismo, Mira y Dignidad y Compromiso.
Pregunta. Usted fue una de las principales líderes estudiantiles durante el Paro Nacional de 2019. ¿Cómo evalúa el papel del movimiento estudiantil durante el gobierno de Gustavo Petro?
Respuesta. Se sumaron dos condiciones críticas que han dejado en un papel muy débil al movimiento estudiantil. En primer lugar, la pandemia hizo que no pudiese haber un relevo generacional típico en el movimiento estudiantil debido a la virtualidad que se extendió hasta una parte del 2021. Esto hizo que el movimiento estudiantil del 2021 no fuese el mismo que teníamos en 2018 y 2019. Y en segundo lugar, pienso que hubo una apuesta del Gobierno nacional por cooptar al movimiento social y evitar cualquier pronunciamiento crítico de los sectores sindicales y de los movimientos estudiantiles. Vendieron la narrativa de que cualquiera que marche o proteste es aliado del uribismo, y eso ha hecho que el movimiento estudiantil haya estado relativamente ausente de las calles en estos tres años. Sin embargo, no ha sido plenamente ausente. En la Universidad de Antioquia, por ejemplo, hubo dos paros en este gobierno para exigir un rescate presupuestal. Uno de esos paros también fue por violencia machista. La Nacional también ha estado dos veces en paro: una para exigir financiación para el edificio de la Facultad de Artes y otra para exigir la elección del rector.
P. En la elección pasada varios influencers fueron elegidos al Congreso, y todo apunta a que este fenómeno se repetirá. ¿Qué opina de esta nueva clase de políticos?
R. Francamente, no me parece lo más grave de la política colombiana si tenemos en cuenta que el Congreso está en manos de los peores clanes de la politiquería regional. Sin embargo, hay que exigir un nivel de respeto por el debate político, por la condición de servidor público. Es muy importante en el Congreso la trayectoria y la formación que el movimiento social te ofrece. La experiencia mía en el Congreso ha dependido de lo que aprendí siendo parte del movimiento social, de lo que es poder construir un consenso, relatar una asamblea, redactar un proyecto de ley. Esa experiencia es insustituible. El problema no es el activismo, sino la falta de rigurosidad y de disciplina para sacar adelante esos acuerdos. Hay personas que van al Congreso a buscar cómo se agarran a puños con un contradictor para grabar un video que se vuelva viral en TikTok. Hoy pasa con Jota Pe, con Mondragón. No quisiera que esa moda se difundiera más, sino que hubiese un mayor nivel de conciencia sobre el poder que tiene un congresista.
P. Hoy el insulto y la patanería parecen ser la vía más eficaz para triunfar electoralmente. ¿Cree que los candidatos presidenciales que opten por la decencia quedarán rezagados?
R. Esa es mi mayor pesadilla. Si un candidato presidencial en Dinamarca dice que va a defenestrar y a destrozar al que piensa diferente, eso se queda en un titular. Pero en Colombia, donde llevamos décadas y décadas de guerra y donde la violencia sigue siendo la forma predilecta para resolver las diferencias, hay que tomarnos en serio la difusión de esas ideas y de esa oda a la violencia que están haciendo candidatos como Abelardo de la Espriella. También preocupa la violencia hacia las mujeres en política, esta ola de gordofobia y de persecución contra el cuerpo de Paloma Valencia y de María José Pizarro. Las amenazas de agresiones físicas en la calle son también algo que nos afecta doblemente a las mujeres. Eso también tenemos que tenerlo en cuenta: entre más violento se vuelva el escenario político, menos mujeres vamos a querer lanzarnos, porque nosotras ya sabemos lo que es vivir esa violencia en nuestros entornos personales como para además meternos en un lugar tan hostil como la política. Volviendo a la pregunta, quienes somos decentes no podemos sacrificar nuestra relación con las emociones. Tenemos la equivocación de creer que hablar apasionadamente y movilizar las emociones de los demás pasa necesariamente por insultar al otro y amenazarlo de muerte. No podemos renunciar a conectar con las emociones de las personas. A veces quienes apelamos a la decencia somos demasiado fríos y no logramos conectar con la gente. Pienso que una decencia apasionada debería ser la salida para que no terminemos quemándonos en las urnas todos los que no nos dejamos llevar al terreno del insulto, del golpe, de la cachetada, de la nada.
P. En un escenario internacional donde el uso de la fuerza y la violacion al derecho parecen ganar terreno, ¿qué lugar debería tener el respeto a la democracia como herramienta política?
R. Las voces que somos críticas de Donald Trump y de la amenaza tan explícita que él ha hecho del derecho internacional humanitario y de los organismos multilaterales nos vemos tentadas a entrar en el mismo terreno al que él nos lleva, que es salirnos de las conversaciones multilaterales y llevar esto hacia un terreno personal. Ese es el peor error que podemos cometer, porque eso es entrar a una cancha en la que Trump pone las reglas. Tenemos que apelar más que nunca a las herramientas diplomáticas, a los organismos multilaterales, a la protección del derecho internacional humanitario, así no sea lo más popular y así sintamos una falta de eficacia en su aplicación. No es momento de renunciar a las conclusiones que hemos extraído como humanidad después de dos guerras mundiales en términos de protección del derecho internacional. La mejor forma de enfrentar la narrativa de Trump no es meternos en su cancha, sino intentar llevarlo de nuevo hacia lo multilateral.
P. ¿Qué ejemplo termina pesando más entre los jóvenes: el suyo, construido con mérito y reconocimiento institucional, o el de Juliana Guerrero, que instaló la idea de que los amiguismos pueden pesar más que los méritos?
R. En la calle la gente me reconoce mucho por esta denuncia y me dice que está furiosa, porque les ha costado mucho sacar adelante su título profesional y han tenido que endeudarse, como para que acá sigan nombrando a la gente por palanca y no por mérito. Ese es uno de los temas que más ha fragmentado al movimiento juvenil de las apuestas del Gobierno. Quienes hemos sido defensores de la educación es porque sabemos que nos cambia la vida y la forma de ver el mundo. Nos abre la mente. No es lo mismo educarse y conseguir un título a comprarlo y eludir todo el proceso de pensamiento, aprendizaje y pensamiento crítico que uno forma en un proceso profesional. El caso de Juliana Guerrero es una puñalada a la causa de la educación como un derecho fundamental. Si luchamos para que la educación sea un derecho universal es porque estamos convencidos de que cambia a la gente.
P. Hoy las universidades públicas atraviesan una crisis presupuestal de enorme magnitud. Solo la Universidad Nacional enfrenta un déficit cercano a los $4,5 billones de pesos, lo que pone en riesgo su sostenibilidad financiera. ¿A qué se debe esta desatención histórica hacia la universidad pública?
R. Increíblemente en Colombia llevamos tres décadas debilitando, precarizando y marchitando la educación pública. La Ley 30 de 1992 congeló de facto, en términos reales, el presupuesto de las universidades públicas, al tiempo que cada gobierno que llegaba les pedía nuevas sedes, aumento de cobertura y un montón de responsabilidades nuevas sin que hubiera plata, y obviamente las universidades lo hicieron, pero, al no tener los recursos para hacerlo bien, empezó a crearse un déficit año tras año. Ese déficit es el que hoy se estima en 22 billones de pesos por parte del sistema universitario estatal. Lo que está de fondo es la concepción de la educación en términos de si es una inversión meramente individual o si la educación es un bien colectivo que genera externalidades que impulsan la economía, el arte, la cultura y el crecimiento económico. Si concebimos la educación de la segunda forma, es decir, no solamente como una forma de ganar mejor salario y conseguir mejor trabajo, entonces se entiende por qué es importante que el Estado ofrezca educación pública. Si uno no ve la educación como un bien público que beneficia a toda la sociedad, entonces los enfoques son solamente individuales y empieza a verse la educación pública como un gasto innecesario. Eso es lo que se ha instaurado en los últimos 30 años. Mi tensión con la política del Gobierno es que se ha enfocado principalmente en aumentos de cobertura sin tener una preocupación por la calidad. Entonces, vamos a tener universidades públicas con mucha masividad, pero con muy poca investigación y de muy poca calidad, haciendo que lo privatizado en el sistema no sea el acceso, sino la calidad misma. Es decir que, para acceder a una universidad de calidad, básicamente vas a tener que estudiar en una universidad privada. Más cobertura, sí, pero con calidad. Eso no podemos perderlo de vista.
P. En un contexto electoral donde lo urgente suele imponerse sobre lo importante, ¿qué temas cree que han quedado por fuera de la discusión pública? ¿Cuáles merecen hoy un debate más profundo?
R. ¿Has visto ese meme de un señor que alza a un niño en una piscina, otro niño que se lanza al agua y un esqueleto hundido al fondo? Estamos en una situación en la que el niño consentido es el tema de la seguridad; el niño abandonado, los derechos de las mujeres, y el del fondo, la educación. Los debates presidenciales están enfocados casi exclusivamente en temas de seguridad. Entiendo que eso sea una urgencia, pero gran parte de la agenda social está muy dejada de lado en el marco de los debates electorales. Tú lo acabas de decir: lo urgente está por encima de lo importante. Sin embargo, no podemos dejar de hablar de lo importante, que son los cambios productivos, la educación, el arte, la cultura.
P. Una de las instituciones más desprestigiadas del país es el Congreso, y más aún con la detención del presidente del senado y de la cámara. Usted que ya conoce el Congreso por dentro, ¿es posible cambiar esa imagen que tienen los colombianos?
R. Solamente si la gente decide votar diferente. Es triste decirlo, pero el Congreso refleja la cultura política que tenemos en Colombia. A lo único a lo que esos corruptos le tienen temor es a perder las elecciones. Muchos de ellos ni siquiera le tienen temor a la cárcel, porque tienen tratamientos súper privilegiados y desde allá siguen ejerciendo control político sobre sus clanes. Desde la cárcel pueden poner a sus hijas como concejalas y a sus esposas como congresistas. A lo que de verdad le tienen temor esas personas es a que la gente no las elija. La responsabilidad de cambiar el Congreso la tenemos todos en nuestras manos. Eso no va a pasar por arte de magia. Ellos van a seguir lanzándose como candidatos, porque no quieren soltar el poder político. Lo único que se puede hacer es que la gente elija políticos distintos al Congreso. Las listas cerradas son un obstáculo para eso. Mira, por ejemplo, la lista del Pacto Histórico. La gente cree que está conformada por un montón de sectores de izquierda alternativos, y, cuando uno va a verla, eso es una morcilla que para que la gente se la trague tienen que garantizar que nadie sepa cómo está hecha. Si la gente se entera de cómo está hecha, no se la come. Eso es lo que está pasando con las listas cerradas. Ese es un obstáculo en el objetivo de renovar el Congreso.
P. A sus 30 años y con un reconocimiento temprano por su ejercicio en el congreso tienes toda una carrera política por delante. ¿La veremos algún día como presidente de este país?
R. No me he detenido a pensarlo. El sueño de mi vida es ser profesora universitaria. Quiero formarme un poco más en la academia. Pero no descarto nada. Me parece un trabajo muy demandante y difícil. Hay que estar muy bien formado, tener un equipo brutal para atender esa labor, que sería la más honrosa de la vida de uno. Hay que construir un equipo muy sólido para poder pensar alguna vez en la Presidencia de la República. Eso sí, quiero pasar al Ejecutivo. En el Congreso uno siente mucha impotencia. Tú sacas mil denuncias, pero a las mujeres las siguen asesinando. Yo me siento muy impotente desde el Legislativo, porque a veces el control político no logra cambiar la realidad de la vida de la gente. Eso solamente se logra desde el Ejecutivo. Los sectores alternativos y críticos no podemos seguir otros 20 años más limitados al control político. Ese no es el proyecto que queremos construir.



