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“Tu basura, mi fortuna”: Un domingo en San Alejo

Foto: Santiago Orozco Uribe
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Camila Holguín López

Universidad Javeriana

La magia ocurre todos los domingos y festivos, cuando se abren las puertas de este lugar y aquellos objetos que quedan olvidados con el tiempo vuelven a tener una oportunidad al ser vendidos como antigüedades. Esto es el mercado de las pulgas de San Alejo, un territorio en el corazón de Bogotá que reúne cientos de piezas antiguas que llegan a ser iguales de curiosas que sus vendedores.


La actividad dominical de los bogotanos varía. Hay algunos que van a misa antes de las 12, otros aprovechan para quedarse en cama todo el día, mientras que algunos se levantan temprano para salir a la ciclovía que se toma la ciudad. Hay otro grupo de rolos que prefieren un plan más tranquilo que requiera salir de su casa y van al mercado de las pulgas de Usaquén o, si se quiere algo más propio de la ciudad, el de San Alejo.


Ya había venido en alguna otra ocasión al mercado de las pulgas de San Alejo; sin embargo, lo que me sorprende esta vez, apenas entro al territorio de pulgas, ya no es la cantidad de personas que hay en el lugar o las carpas amarillas que crean un laberinto y que la única manera de ubicarse es mirando hacia las montañas y encontrar Monserrate o girar 180 grados y ver la torre Colpatria. Lo que me asombra es el olor del jugo de naranjas recién exprimidas que activa mis sentidos, pero el tour gastronómico sería para otra ocasión. Hoy la misión es clara: encontrar antigüedades que me volaran la cabeza y por eso mismo había elegido San Alejo y no Usaquén, porque es el mercado con mayor concentración de antigüedades, no solo de la capital, sino del país.


Toda mi vida he estado rodeada de antigüedades. Mi primer acercamiento a un anticuario fue cuando tenía 14 años en una carrera de observación por Usaquén; una de las misiones era encontrar el objeto más antiguo allí. Mi equipo ganó al encontrar un juguete que consistía en varios caballos de carreras que se movían que data de finales del siglo XVII o inicios del siglo XIX. En mi casa también hay antigüedades, como yo les digo; reliquias, como les dice mi papá; basura, como les dice mi mamá. Hay candelabros en plata, cientos de libros del siglo XIX firmados por mi tatarabuelo, porcelanas alemanas y muchas copas en plata y cristal.


“Tu basura, mi fortuna”, es lo que le dice Héctor Ángel Martínez, vendedor de antigüedades del mercado, a mi mamá, quien me acompaña en mi búsqueda, cuando le dice que en la casa hay varias cosas como las que él vende, pero por ella las botaría. Es un hombre alto, de unos 60 años aproximadamente, con pelo canoso y rizado que le llega hasta el hombro. Con su chaqueta de camuflaje militar y jeans desgastados, Martínez me cuenta que vende antigüedades desde hace 40 años y, más que como un trabajo, lo ve como una forma de “preservar las cosas que hicieron nuestros antepasados para que las nuevas generaciones sepan cómo se hacían las cosas y también para traerle el recuerdo a las personas que algún día las tuvieron”. Por sus manos han pasado cientos, si no es que miles de objetos que han llegado a él porque se los ofrecen o porque en sus viajes por el país, en los cuales va de pueblo en pueblo, encuentra piezas que para muchos no tienen un valor, pero que para él lo significan todo.


Su puesto consiste en unas tres carpas, en donde hay una estatua de Buda con apliques dorados, botellas de color azul que en su momento contuvieron colonia, un gran letrero de madera pintado a mano que reposa en una de las lonas de la carpa y cuya leyenda en inglés explica que perteneció a un restaurante. Pero ninguno de los objetos que se encuentran exhibidos en ese momento llega a compararse con algunas de las antigüedades que han pasado por allí. Hace unos 30 años y por cinco millones de pesos, Martínez vendió un carruaje fúnebre jalado por caballos de 1886 cuando un entierro costaba “dos pesos”, como él afirma. Los coches fúnebres eran un lujo en su época, pues eran grandes y, aunque su color negro representara la muerte, eso no quitaba que sus detalles no fueran ostentosos: faroles en cobre enchapado en plata, sillas en terciopelo, plumas de avestruz y ventanas de vidrio murano o veneciano, como mejor se le conoce.


Pero para Martínez eso no era lo especial del carruaje, ni que le dieran cinco millones de pesos por la pieza; era el orgullo de que le dieran el carruaje a él e incluso incluía el traje del chofer del coche fúnebre: “A mí me lo dieron con los sombreros; en esa época eran sombreros de copa, el sacoleva, tenía el paño y el pantalón. Era un pantalón en paño inglés”.


Tras salir del puesto de Martínez, las opciones en San Alejo resultan infinitas. Si ya encontré un coche fúnebre, ¿qué más estará escondido entre la ciudad de carpas? Resulta un poco abrumador estar en un lugar que, además de estar lleno de personas, está lleno de objetos, que por un instante ver la gran variedad de piezas expuestas en filas, puesto tras puesto, produce un efecto contradictorio en el que uno cree que ya lo vio todo al ver tanto, pero había que seguir buscando.


Escondido entre cientos de cámaras, postales, fotografías y rollos de cámara, sentado en una silla Rimax de plástico blanca, hay un hombre mayor junto a su hijo. Me dirijo al hombre de 80 años, como descubriría después, quien en medio del frío bogotano tiene puesta una camisa a cuadros manga corta, cinturón y pantalón beige y una gorra del mismo color que tiene bordadas las palabras “Mercado de San Alejo”. Cámaras digitales plateadas y rosadas, una de fuelle verde de hace 100 años, fotográficas con diferentes lentes, de diferentes años y con diferentes propósitos se recopilan en el puesto de Luis Alberto Castro.


Don Luis empezó a vender antigüedades hace 37 años por necesidad. Estaba desempleado y, en medio de un paseo por la tercera, donde antiguamente se encontraba el mercado antes de ser trasladado al punto actual, vio una oportunidad en las antigüedades. “Al otro domingo conseguí unas cositas y me vine a trabajar”, afirma Castro mientras su hijo Luis Carlos atiende a dos mujeres jóvenes que preguntan por el precio de una cámara digital. Y aunque uno pensara que precisamente sería una cámara lo más extraño que ha tenido en su puesto Castro, lo cierto es que fue una brújula de barco, voluminosa, que en su interior tenía agua. Al igual que Martínez, la gente llega al puesto de don Luis y le ofrecen las antigüedades, y así es como la brújula de inicio de 1900 llegó a su posesión e incluso su dueño original no tenía ni idea de que era una antigüedad.


Cuando Castro habla de sus antigüedades, no lo hace como si fueran objetos con un valor económico, sino emocional. Cuando vio la brújula, vio belleza, o cuando obtuvo una de las placas que utilizaban los conductores del tranvía de Bogotá, no pensó en venderla, sino en regalarla. “Es del año 20”, afirma don Luis. “Esa es una joya; incluso se la obsequie a un endocrino, un doctor que a mí me hizo mucho favor. El día que vino le dije: “Vea, doctor, le traigo esto”.


Y entonces, ¿por qué hay varias cámaras? Pues don Luis vio que la cámara movía mucho y fue invirtiendo a tal punto que ahora tiene tantas que no sabe qué hacer con ellas.


Así como Castro se especializa en cámaras, empieza a resultar evidente que cada vendedor de antigüedades tiene su nicho. Despidiéndome de don Luis y caminando tan solo unos pasos, cajas de madera con apliques de hierro invaden mi vista. En este nuevo puesto la luz del sol casi no entra, puesto que desde el piso hasta el techo de lona amarillo hay baúles de viaje apilados y en una mesa cientos de piezas en hierro y metal. Wilson Arias es más joven en comparación con los otros dos vendedores, y aun así lleva 35 años en el negocio de las antigüedades. No es muy alto, pero su estatura la compensa con su amabilidad y su amor por sus baúles de viaje, los cuales han recorrido, según él, “todo el mundo por barco”.


Hay algo en especial en los baúles de Arias, pues están intactos y no parece que tuvieran todos los años que tienen. “Hay baúles, por lo menos este de acá abajo y el de ahí de la mitad son aproximadamente de 1850, 1870. Los otros son de comienzos de 1900. Tengo esas maletas de allá en madera que son años 40, años 50”, afirma el vendedor. Es curioso ver los baúles, porque si bien para muchos son simples cajas de madera que servirán como mesa de centro o de decoración en un café, hay algo inexplicable en el saber que allí la gente guardaba sus pertenencias y pasaba meses en el mar. Por alguna extraña razón, cientos de años después resultaron en un mercado de Bogotá. Aunque trato de divagar más sobre sus dueños, Arias no conoce sus orígenes. “Han pasado por varias familias, entonces se pierde la historia”.


Así pasa con muchas de las antigüedades de San Alejo que parecen ser de autores anónimos. Sin embargo, en medio de tantas piezas, resulta que estos objetos nunca paran de escribir sus propias historias. Hace cientos de años, lo que hoy a muchos les parece basura estuvo rondando por las calles de la ciudad, decorando una habitación, fue un regalo, era razón de orgullo, se presumía en fiestas o significaron pasar temporadas en altamar que hoy significan horas en el aire. Pero en la actualidad están aquí, en un parqueadero pequeño que se llena de vida los domingos y cuyos dueños actuales aprecian las antigüedades como si acabaran de salir de fábrica.

ISSN: 3028-385X

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