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Ni centro ni democrático

Foto: Sebastián Barrios (Getty) / EL PAÍS
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David Novoa Orjuela

Universidad Nacional

Hubo un tiempo en el que Álvaro Uribe decía una frase y todo el uribismo —y la derecha— se alineaba sin oposición alguna. En 2002, y durante varios años más (hasta 2010), donde mandaba capitán no mandaba marinero. Hoy esa lógica ya no opera igual. La salida — ruidosa y cargada de reproches— de María Fernanda Cabal y José Félix Lafaurie es una prueba más de que Uribe ya no logra organizar sus bases ni mover sus alfiles con la autoridad de antes. No es el fin del uribismo, pero sí una señal clara de desgaste de su liderazgo dentro de la derecha colombiana.


No se trata solo de una pelea interna ni de un mal cálculo coyuntural. Lo que está en juego es la pérdida de control político real de Uribe sobre el partido que fundó en 2013. El Centro Democrático sigue existiendo, sigue teniendo votos y sigue apelando a su nombre como principal capital electoral. Sin embargo, la confianza ya no es plena. Una cosa es que una parte importante del electorado de derecha aún vote “por Uribe”, y otra muy distinta es que confíe en su palabra, en sus decisiones estratégicas y en su capacidad para conducir ese espectro político.


María Fernanda Cabal encarna bien esa tensión. Durante años fue una de las figuras más visibles y radicales del uribismo. En 2022 fue la senadora más votada del país, con cerca de 196 mil votos, según la Registraduría. Su capital político no es menor. Aun así, dentro del partido siempre fue tratada como una carta secundaria. Cuando llegó el momento de definir la candidatura presidencial, el mensaje implícito fue el de siempre: Cabal sirve para agitar la base, pero no para liderar el proyecto.


No se trata de defenderla ni de victimizarla. Cabal también ha construido su carrera desde la confrontación permanente y la ruptura como estrategia. Pero sería ingenuo ignorar el cansancio político que produce ser, una y otra vez, la “segundona” del partido. Antes fue Iván Duque, luego Óscar Iván Zuluaga, después Federico Gutiérrez, ahora Paloma Valencia. El patrón es claro: Uribe escucha, mide, tantea, pero termina inclinándose por figuras que le permiten mayor maniobra y menor desafío interno.


Ese método, que antes funcionaba, hoy genera más fisuras que disciplina. Lafaurie lo dijo sin rodeos: “No tenemos espacio”. Esa frase no es emocional, es política. Revela que el mecanismo de toma de decisiones en el Centro Democrático se volvió opaco, largo y desgastante. Las encuestas internas —contratadas con firmas extranjeras y rodeadas de dudas jurídicas— son un ejemplo de una democracia interna cada vez más sofisticada en el papel, pero cada vez menos creíble en la práctica.


Aquí aparece el punto central: Uribe ya no manda como antes. Sigue siendo una figura influyente, pero no logra ordenar. Su liderazgo ya no es incuestionable, sino negociado, discutido y, en muchos casos, resistido. Incluso dentro del partido, varias figuras —que hablan en privado— reconocen que las decisiones se toman tarde, mal o con mensajes contradictorios. Eso mina la autoridad política, que no se sostiene solo con carisma, sino con coherencia y capacidad de ejecución.


Además, Uribe parece atrapado en una contradicción que no ha sabido resolver. Quiere mantener a una derecha unida, pero insiste en presentarla como “de centro”. Esa ambigüedad desconcierta a una militancia que, según encuestas como Latinobarómetro, muestra una creciente polarización ideológica y una demanda de posturas más claras. La derecha que hoy crece en varios países no busca moderación, sino identidad. Cabal y Lafaurie interpretaron ese malestar, aunque no necesariamente lo representen de forma mayoritaria.


El problema para Uribe es que ya no logra ser el árbitro indiscutido entre esas corrientes. Antes podía jugar a varias bandas sin pagar costos. Hoy, cada bandazo deja heridos. El recuerdo de cómo abandonó a Zuluaga en 2022, o las señales ambiguas hacia figuras externas en este ciclo electoral, alimentan la percepción de que el expresidente duda más de lo que decide. Y en política, la duda prolongada se interpreta como debilidad.


Nada de esto significa que Uribe esté acabado políticamente. Sus niveles de favorabilidad siguen siendo altos dentro de la derecha, y su nombre aún ordena listas y moviliza votantes. Pero ya no alcanza para disciplinar a toda la tropa. El uribismo entró en una fase distinta: más fragmentada, más desconfiada y menos vertical. En ese contexto, la salida de Cabal y Lafaurie no es una anécdota, sino un síntoma.


Uribe ya no es el de 2002, ni el de 2010. Hoy es un líder cansado, obligado a administrar lealtades parciales y a convivir con una derecha que aún confía en su electorado, pero no necesariamente en su capacidad para mandar. Y cuando un liderazgo deja de ser ley para convertirse en referencia, el poder —aunque no desaparezca— cambia de manos poco a poco. Esa es, en el fondo, la verdadera noticia detrás de esta ruptura.

ISSN: 3028-385X

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