Bogotá, a las malas

Foto: Catalina Olaya / El Nuevo Siglo

César Augusto Díaz
Universidad Minuto de Dios
Bogotá es una ciudad que uno cree conocer hasta que pasa suficiente tiempo en ella. Entonces ocurre lo contrario: la ciudad se vuelve opaca, resistente, casi hostil al entendimiento. No porque cambie, sino porque deja de ofrecer explicaciones. Se limita a estar ahí, funcionando.
Es una ciudad que se presta a la juerga, desde luego. Hay noches en las que todo parece posible, o al menos tolerable. El alcohol ayuda, la compañía también. Pero la juerga en Bogotá no es celebratoria; es defensiva. Uno sale no para festejar, sino para no pensar demasiado. El placer cumple una función práctica: aplaza el derrumbe.
El cielo suele ser gris. No un gris romántico, sino uno persistente, administrativo. El tipo de cielo que parece aprobado por una oficina pública. A veces amenaza con lluvia, a veces cumple. No importa demasiado. Al final, el clima termina pareciéndose a la gente: una mezcla de resignación y resistencia.
Siempre me ha intrigado la capacidad de los bogotanos para sonreír. No porque vivan mal —esa es una explicación fácil— sino porque viven en una ciudad propensa a los excesos, a ciertos peligros que no figuran en los folletos, a una sordidez que no escandaliza porque ya es parte del paisaje. Quizá la sonrisa sea una forma de economía emocional.
Bogotá no es una ciudad de templos grandiosos. No hay oro ni plata. Hay cobre. Un cobre que brilla lo suficiente como para parecer importante, pero no tanto como para engañar del todo. Lugares que funcionan como templos laicos, donde se reúnen personas que no buscan salvación, sino refugio. Algunos duermen allí. Otros simplemente pasan el tiempo. Todos parecen estar esperando algo que no llega.
Los habitantes más visibles de esos lugares suelen incomodar. No son monstruos ni metáforas: son personas gastadas. Huelen mal, miran raro, tienen el cuerpo marcado por una vida que no se detuvo a pedir permiso. No amenazan directamente, pero recuerdan algo que preferimos olvidar. Uno aprende a esquivarlos no por miedo, sino por agotamiento moral.
Vivir en Bogotá es una carrera constante, aunque no queda claro hacia dónde. Se corre entre la fantasía de trascender y la posibilidad muy concreta de perderse. La felicidad existe, sí, pero es sintética. Funciona como ciertos medicamentos: alivia síntomas, no cura la enfermedad. Cuando el efecto pasa, aparece una melancolía espesa, difícil de explicar.
Ni la música ni la literatura logran corregir eso. Acompañan, que no es poco, pero no redimen. Leer en Bogotá no salva a nadie. Escribir tampoco. A lo sumo, ayuda a ordenar el cansancio.
Y sin embargo, Bogotá termina siendo un hogar. No porque acoja, sino porque insiste. A las malas. Con ruido, con frío, con una paciencia que raya en la indiferencia. Muchos se quedan porque no tienen adónde ir. Otros porque ya han visto suficientes ciudades como para saber que el desencanto es un fenómeno portátil.
Yo me quedé. No es una declaración de amor ni una derrota. Es solo un hecho. Fui testigo de algunas de sus desventuras y sigo aquí, tomando notas, sin la ilusión de comprenderla del todo y sin la necesidad urgente de huir.
Eso es Bogotá.
No una promesa.
No una condena.
Un lugar donde la vida ocurre,
aunque uno no esté del todo seguro
de por qué.
Nota del autor
Este texto es una crónica personal. Está escrito desde la experiencia directa y sostenida en la ciudad. No pretende explicar Bogotá ni representar a quienes la habitan. Las observaciones que aparecen responden a un recorrido individual y a un tiempo prolongado de permanencia.
No hay intención de denuncia ni de exaltación. El uso de la primera persona responde a un criterio narrativo y periodístico: dejar claro el punto de vista desde el cual se mira y se escribe.



