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Colombia y la sociedad del odio

Foto: Juan Barreto / AFP
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Joshua D. Cruz

Universidad del Norte

El odio ha sido estudiado, clasificado y explicado durante siglos. Pero, más allá de los libros, sigue siendo una presencia cotidiana en la vida humana: no como una anomalía, sino como un reflejo de nuestra complejidad y de nuestras fallas como especie. En Colombia, ese reflejo dejó de ser íntimo para volverse público, político y cultural a lo largo de nuestra historia.


Desde la llamada Patria Boba, marcada por la disputa entre federalistas y centralistas; pasando por la primera mitad del siglo XX con liberales y conservadores; hasta la irrupción de las guerrillas, el paramilitarismo y el Estado en los años sesenta, en el contexto de la Guerra Fría y el narcotráfico, la violencia ha sido la pluma con la que se ha escrito una buena parte de nuestra historia como nación. Pero, como toda pluma necesita tinta, la nuestra no escribe con palabras: escribe con sangre. Y esa sangre parece provenir siempre de un mismo autor: el odio.


Más allá de ser un sentimiento, en Colombia el odio no es solo el motor de muchas de nuestras ideologías: es un sistema. Una estructura construida a partir de experiencias compartidas, discursos reiterados e imaginarios forjados en la violencia. Una violencia que no se explica únicamente por emociones como el resentimiento, la frustración o la venganza, sino que se ve potenciada por un primer motor vital: el dolor.


Todo país atravesado por la guerra está condenado a convivir con el dolor. Un dolor que nace de la muerte, el secuestro, la pobreza y el desplazamiento forzado, y que termina transformándose en odio hacia el otro: hacia el ser que consideramos provocador o hacia aquello que creemos responsable de nuestra herida. En ese tránsito, el dolor deja de ser una experiencia compartida para convertirse en una frontera moral que separa, justifica y enfrenta; una frontera que no solo separa, sino que también une cuando existe un “provocador” en común.


Cuando identificamos a ese “provocador”, la reacción suele ser intentar ser peores que él, infligirle un dolor mayor al que sentimos, movidos por el odio. “Si me mata a uno, le mato a tres; si me roba tres gallinas, le robo toda la finca; si me secuestra a cuatro, le secuestro a cien”.


Así se instala una lógica perversa: todo daño previo legitima el siguiente. Ya no se busca la solución, sino la revancha. Y la revancha, convertida en norma, termina siendo un ciclo. Un ciclo que ha definido a la sociedad colombiana a lo largo de más de doscientos años de historia republicana, hasta nuestros días.


Por ende, el odio deja de ser únicamente un sistema y se convierte en poder. En la agenda de muchos de nuestros líderes históricos, el dolor ya no opera como una experiencia que deba resolverse, sino como una identidad que se reivindica. Y esa identidad, construida desde la herida, es la que termina por definirnos. Si mi dolor y mi odio son iguales a los tuyos, ¿para qué intentar comprender el de los demás?

ISSN: 3028-385X

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