Cuando Estados Unidos mueve una ficha, el mundo tiembla

Foto: Michael Reynolds / EFE

Josmar Sneyder Gualdrón
Universidad Santo Tomás
En la política internacional no existen decisiones aisladas. Cada anuncio, cada movimiento militar o diplomático de Estados Unidos cae como una ficha pesada sobre un tablero global ya tensionado. No se trata únicamente de Ucrania, Gaza o Groenlandia. Se trata de un reordenamiento de fuerzas que demuestra que las potencias no buscan cerrar conflictos, sino administrarlos mientras aseguran posiciones estratégicas.
Las recientes decisiones de Washington —en apoyo militar, presión diplomática u operaciones especiales— confirman una constante histórica: Estados Unidos no actúa como un árbitro neutral, sino como un actor central que gestiona el equilibrio global según sus propios intereses. El problema no es solo lo que hace, sino las implicaciones que esas acciones tienen sobre los conflictos activos, el Derecho Internacional Humanitario y territorios que, aunque parezcan desconectados entre sí, responden a una misma lógica de poder.
En el conflicto entre Rusia y Ucrania, el respaldo estadounidense se ha presentado como una defensa del orden internacional y de la soberanía ucraniana. Sin embargo, con el paso del tiempo, la guerra ha dejado de tener un horizonte claro de resolución para convertirse en un desgaste prolongado. El apoyo militar sostenido no ha impulsado una salida negociada, sino una estrategia que debilita a Rusia sin riesgo de un enfrentamiento directo entre potencias.
Ucrania se consolida, así como un escenario de contención geopolítica. Estados Unidos envía un mensaje inequívoco: la guerra puede extenderse si sirve para un objetivo mayor. Europa asume los costos económicos, sociales y energéticos, mientras el territorio ucraniano se transforma en un espacio donde se disputa algo que va más allá de su soberanía.
En Medio Oriente, el conflicto entre Israel y Palestina expone otra cara de la política exterior estadounidense: el doble rasero. Mientras en Ucrania se defiende con firmeza la integridad territorial, en Gaza el discurso se diluye entre silencios estratégicos y respaldos incondicionales. El apoyo político y militar a Israel —incluso frente a denuncias reiteradas de organismos internacionales— evidencia que los principios no pesan lo mismo cuando entran en juego alianzas históricas y equilibrios regionales.
La consecuencia es una radicalización constante del conflicto y una pérdida progresiva de credibilidad del discurso occidental sobre derechos humanos, DIH y legalidad internacional. El mensaje implícito es inquietante: hay vidas que generan presión diplomática y otras que se diluyen en la lógica fría de la geopolítica.
Este patrón no se limita a los escenarios tradicionales de guerra. En América Latina, la presión sostenida sobre Venezuela —a través de sanciones, acciones judiciales transnacionales y operaciones de inteligencia— demuestra cómo la intervención adopta formas menos visibles pero igualmente decisivas. No se trata de una guerra abierta, sino de una estrategia que busca incidir en la estabilidad interna del país sin asumir el costo político de una intervención militar directa.
Venezuela representa así otro tipo de conflicto administrado, donde la confrontación se desplaza al terreno económico y diplomático. El mensaje vuelve a ser el mismo: Estados Unidos actúa cuando sus intereses estratégicos están en juego, incluso si ello tensiona la noción de soberanía e independencia de otros Estados.
El tablero se amplía aún más en el Ártico. Groenlandia emerge como un espacio silencioso pero decisivo. Su ubicación estratégica, sus recursos naturales y su valor militar la convierten en una pieza clave en la competencia entre Estados Unidos, Rusia y China. El interés sostenido de Washington por la isla no responde a una excentricidad diplomática, sino a la necesidad de asegurar su presencia en una región que gana relevancia a medida que el cambio climático abre nuevas rutas comerciales.
Ucrania, Gaza, Venezuela y Groenlandia parecen escenarios inconexos, pero comparten una misma lógica: la del poder que se proyecta más allá de las fronteras visibles de la guerra. Estados Unidos no apaga incendios; regula su intensidad. No resuelve conflictos; los administra según su valor estratégico.
Este modelo tiene un costo profundo. La prolongación de los conflictos se normaliza, el sufrimiento humano se convierte en estadística y la paz se posterga indefinidamente. En ese esquema, las guerras no se solucionan: se gestionan.
Cuando Estados Unidos mueve una ficha, el mundo tiembla. Pero quienes pagan el precio nunca están sentados frente al tablero.



