Deseos en silencio


Luis Alejandro Suárez
Universidad del Valle
Había algo que pesaba en mi pecho. Algo siniestro, algo constante. No sabía cuándo comenzó exactamente, solo que, con el tiempo, se volvió insoportable. Era como si una sombra se hubiera instalado en mi interior, alimentándose de mis pensamientos, de mis sueños, de todo aquello que alguna vez me hizo sentir humano. Había tratado de ahogarla con distracciones, de combatirla con palabras amables, de ignorarla en noches donde fingía que todo estaría bien. Pero nada funcionó. Al final, me dejó solo con su peso, con su fría compañía.
Ese día decidí que era suficiente. Salí de casa con pasos pesados, arrastrando conmigo el eco de mi decisión. No dejé notas, ni explicaciones; no había nada que pudiera escribir que no sonara vacío. En realidad, sabía que nadie entendería. En el fondo, lo que buscaba no era que me comprendieran, sino que simplemente me dejaran desaparecer.
El lugar lo encontré por azar. Había escuchado hablar de él, pero jamás pensé que terminaría aquí, en este rincón apartado del mundo. Había algo extraño en el camino que conducía hasta allí. Cada paso parecía alejarme más de la realidad, como si el tiempo mismo comenzara a desvanecerse. Cuando finalmente llegué, supe que este era el sitio que había estado buscando.
El paisaje era desconcertante. Hermoso, sí, pero de una manera que dolía. Era el tipo de belleza que parecía burlarse de ti, recordándote todo lo que habías perdido. Los árboles, altos y torcidos, extendían sus ramas como dedos famélicos que rasgaban el cielo gris.
El viento soplaba con una fuerza suave pero constante, acariciando la hierba que cubría el suelo en olas irregulares. Y en el centro de todo, aquellas piedras dispersas, erigidas como monumentos a algo que ya no estaba.
Me detuve junto a una de ellas, pasando los dedos por su superficie áspera. Había inscripciones, nombres que apenas podían leerse, devorados por el tiempo. Me pregunté cuántas historias se habrían quedado enterradas bajo esos nombres. ¿Cuántos habrían llegado aquí como yo, con las manos vacías y el corazón roto?
El cielo comenzó a teñirse de naranja y púrpura mientras el sol desaparecía detrás de las montañas. Todo parecía más intenso bajo esa luz. Los colores, las sombras, incluso el aire. Era como si el lugar estuviera cobrando vida con la llegada de la noche, reclamando todo lo que le pertenecía.
Me senté en el suelo, en el punto más alto, dejando que la vista me envolviera. Desde allí, podía ver el horizonte romperse en un silencio abrumador. Había algo casi sagrado en ese instante, como si todo hubiera sido diseñado para culminar en este preciso momento.
Saqué el objeto que había traído conmigo, el único testigo de mi decisión. Su filo capturó los últimos destellos del crepúsculo, reflejando una luz que parecía provenir de un mundo diferente. Lo sostuve con firmeza, sintiendo su peso, y entonces lo acerqué a mi piel.
El primer contacto fue frío, una caricia metálica que prometía alivio. Cerré los ojos, dejando que la brisa helada se colara por cada rincón de mi cuerpo. Sentí cómo mi sangre comenzó a fluir, cálida y espesa, como si el lugar estuviera reclamando lo que siempre le perteneció.
La tierra se manchó lentamente, absorbiendo mi esencia con una calma que me sorprendió. El dolor era mínimo; lo que sentía, en cambio, era un vacío absoluto, como si mi ser estuviera desvaneciéndose con cada latido. La luna, alta y pálida, iluminaba las piedras que me rodeaban, bañándolas con su luz fría y distante.
Mi cuerpo se hundió en el suelo, pesado, entregado a la quietud. Las sombras de los árboles se alargaban, cubriendo cada rincón del lugar, como un manto oscuro que protegía el secreto que acababa de nacer en esta tierra.
No sé cuánto tiempo pasó. Tal vez fue una eternidad, tal vez solo unos minutos. Lo siguiente que escuché fue el crujir de las hojas. Pasos apresurados. Un grito que rasgó el silencio, pero que para mí ya no significaba nada.
La voz que me llamó era desesperada, rota, llena de una tristeza que parecía consumir el aire a su alrededor. Pude sentir cómo alguien se arrodillaba junto a mí, cómo sus manos temblaban al tocarme, pero para entonces, ya no quedaba nada en mí que pudiera responder.
El viento volvió a soplar, llevándose consigo el último rastro de mi conciencia. El lugar quedó en silencio nuevamente, como si nada hubiera ocurrido. Las piedras seguían allí, inmóviles, vigilando. Y bajo la luz de la luna, el suelo húmedo guardaba el secreto que había venido a entregar.



