El sótano de la cultura

Foto: Universidad Externado

Camilo Andrés Hernández
Universidad San Buenaventura
En la amplia extensión del caribe colombiano, territorio de múltiples rostros, contextos y memorias, las universidades deberían ser faros de cultura, epicentros donde convergen jóvenes de todas las regiones con sus acentos, costumbres y visiones del país. Sin embargo, lo que debería ser un río caudaloso de diversidad, se reduce en muchos casos a un hilo de agua que apenas se reconoce. Las instituciones académicas, obsesionadas con rankings y acreditaciones, olvidan que su verdadero poder no está solo en la formación profesional (académica e investigativa), sino en su deber moral a la hora de formar un carácter crítico e integral en el estudiantado. Tenemos la tendencia a creer que las universidades poseen la capacidad de preservar y amplificar las voces invisibilizadas de nuestra historia y la de nuestros pueblos, cuando en la práctica esto pocas veces sucede. Nuestra multiculturalidad, cimentada sobre mitos, danzas, cantos y saberes, resulta relegada y reducida a espectáculos sin identidad.
¿Qué ocurre cuando las universidades, que deberían ser plataformas para este diálogo intercultural, lo relegan a un rincón marginal?
La Ley de Bienestar Universitario obliga a las instituciones a destinar un porcentaje de sus ingresos a esta dependencia. En teoría, debería garantizar espacios dignos para el arte, la danza, la música y el teatro. En la práctica, muchas universidades convierten el bienestar en un trámite administrativo, un conjunto de actividades superficiales que se promocionan únicamente en las redes sociales oficiales de las universidades, pero que no se traducen en un apoyo real que permita la formación y proliferación de las expresiones artísticas.
He evidenciado instituciones donde distintos estudiantes ensayan en sótanos húmedos, empolvados, sin ventilación. También, múltiples veces he conversado con otros artistas acerca de sus luchas en búsqueda de financiación, rebuscando vestuarios y utilería que, al momento de ser reconocidos fuera de estos entornos de práctica, sus esfuerzos se ven limitados solo a una cuota fotográfica.
¿No resulta una contradicción que quienes llevan el nombre de su universidad en cada presentación tengan que mendigar apoyo, mientras las instituciones se ufanan de su compromiso social con la cultura en campañas publicitarias?
Esa precariedad no es anecdótica; es síntoma de un sistema que invisibiliza la cultura y perpetúa el olvido.
Un artista reconoce lo cruel que resulta hacer su arte sin apoyo. Al ingresar a la universidad hace cinco años, tuve la oportunidad de participar en el grupo representativo de danzas folclóricas, en el cual desde su inicio pude observar un panorama desalentador, que terminó por ser con el tiempo un reflejo empolvado de las demás instituciones en Cartagena. Pese a que, con el pasar de los esfuerzos y luchas interminables, la imagen parece ya no verse tan desgastada y podríamos considerar que existe una mejora, esto no sería posible sin el esfuerzo de los jóvenes, todo con el fin de contar nuestra historia a través de las artes y mantener viva la tradición.
Más allá de ser las universidades centros académicos donde distintos saberes convergen, también son plataformas sociales, lugares comunes de encuentro donde se construye ciudadanía y se teje la memoria colectiva. Es por ello que la cultura hace parte integral de la formación, tanto que el no reconocer este hecho condena a formar profesionales sin raíces, sin sensibilidad y sin conciencia histórica. El bienestar universitario no puede ser un apéndice burocrático: debe ser el corazón que late al ritmo de los territorios.
Por tal motivo el llamado a la universidad —tanto pública como privada— y a sus dirigentes resulta urgente. Debemos convertir nuevamente a nuestras almas mater en epicentros culturales. Esto requiere que los espacios que se brinden para esto sean dignos. No se trata de lujo, sino de respeto. Respeto por los jóvenes que con su talento representan la diversidad. Respeto por las comunidades que ven en la universidad un lugar que legitima sus saberes. Respeto por la memoria que, si no se cultiva, se pierde. Resulta doloroso ver como algunas universidades promueven campañas en redes sociales invitando a “cuidar y preservar los saberes ancestrales”, mientras sus propios estudiantes carecen de espacios para expresarse. Esa retórica vacía es una traición.
Preservar no es publicar un post con un hashtag; preservar es garantizar que los jóvenes tengan escenarios y reconocimiento, preservar es entender que la danza, el teatro, la música, la escritura y la pintura no son hobbies.
El caribe necesita instituciones que abracen la diversidad, que reconozcan el valor de los jóvenes artistas, que entiendan que el conocimiento no se limita a las aulas. Un profesor me dijo una vez: las universidades deben ser plataformas de vida, no sótanos de olvido.
Ojalá alguien algún día lo entienda.



