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Entre David y Goliat: soberanía, poder y resistencia Palestina

Foto: RTVE
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María Lucia Monsalve

Universidad Javeriana

En el libro La invasión de Palestina la historiadora y politóloga Maria Emilia Gouffray, junto con su equipo, recorre la historia de resistencia palestina y la consolidación de Estado tanto de Israel como de Palestina. Para iniciar, ambos procesos surgen durante el mismo siglo, época en la que se populariza la creación de Estados nacionales modernos, en un contexto de posguerra y la caída de imperios, a partir de lo cual surge la búsqueda de materializar comunidades imaginadas, es decir Estados modernos soberanos que, entendidos bajo el análisis de Benedict Anderson, como cita la autora, estas no son realidades tangibles, pero son ficciones históricas construidas por medio de recursos culturales, políticos y discursivos donde “Israel logró imponer la suya a un costo humanitario altísimo: la vida, los hogares y la memoria de quienes habitaban (y aún habitan) la región” (E. Gouffray, p.3, 2025). Dicho esto, se puede afirmar que decir que el fin y motivación de esta lucha geopolítica es el reconocimiento y la consolidación del Estado, cuya ubicación tiene un significado histórico, así como intereses económicos, estratégicos y étnicos por parte de grandes potencias aliadas que buscan la mantenencia de hegemonías y control sobre la región.


Este recorrido deja ver la complejidad del conflicto, cuyo carácter no es absoluto (como llegué a pensar en algún punto), sino lleno de matices, tanto en los hechos históricos como en las corrientes de pensamiento y las prácticas de las facciones políticas involucradas. Sionistas y autoridades palestinas (bajo el gran paraguas de la OLP) desarrollaron estrategias diversas, incluso contradictorias dentro de un mismo movimiento, siendo unas más absolutas en cuanto a violencia supone y otras que optan por métodos de convivencia y diálogo.


El movimiento sionista, aunque podríamos decir legitimo en un inicio, cuyo objetivo era la creación de un Estado nacional para el pueblo judío en un panorama de antisemitismo en Europa, siendo víctimas de pogromos localmente conocidos como “linchamientos” y una constante exclusión (y persecución) política en el continente, terminó influenciado por ideologías peligrosas como el fascismo, hecho que fue denunciado y advertido desde el siglo XX por intelectuales judíos como Hannah Arendt, quienes alertaban que partidos políticos en Israel como el Partido de Libertad practicaban doctrinas fascistas, lo que quiere decir que compartían su forma de organización, métodos, filosofía política y atractivo social. 


Actualmente, es más evidente que nunca el peligro que supone esta doctrina política, cuyo atractivo proviene de ideales nacionalistas e imperialistas que han ampliado la violencia en el territorio, donde Israel está activamente cometiendo un genocidio con fines de limpieza étnica mediante el despojo y exterminio activo de sus habitantes. Desde finales del siglo XIX, colonos sionistas comenzaron a migrar al territorio en olas conocidas como las “Alilyá”. Sin embargo, no fueron procesos amistosos ni de convivencia, pues dentro de las comunidades judías sionistas líderes (como el primer ministro David Ben- Guiron y el ideólogo Ze’ve Jabontinsky) impulsaron políticas que alentaban a homogeneización étnica forzada, donde existía la creencia de que era necesario expulsar a los palestinos del mercado laboral donde se califica al trabajo árabe como “una enfermedad”. Inevitablemente, las olas migratorias terminaron por desplazar forzosamente a palestinos de su tierra natal y ocupar sus tierras mediante métodos como la compra de terrenos para la fundación de aldeas agrícolas popularmente conocidas como kibutz, así como la vía armada (incluidos ataques terroristas) donde se crearon primeramente grupos paramilitares como la Haganá, Irgún y Lehi, predecesores indirectos de las defensas armadas israelís que ejercieron (y ejercen) violencia en el territorio contra la población palestina.


Figuras judías influyentes como Albert Einstein rechazaban la creación de un Estado nacional judío; acusaba al movimiento de haber perdido todo sentido ético, deformando lo que alguna vez fue la identidad judía, convirtiendo el movimiento en un espejo del nacionalismo europeo, así como la transformación de Israel en una empresa militarista, similar a la maquinaria militar estadounidense en su estructura y proyección.


Por otra parte, para Palestina las vías diplomáticas han sido sistémicamente limitadas al considerárseles ilegítimos. Sus líderes han sido acusados, perseguidos y expulsados por diferentes entidades internacionales. El reconocimiento de la soberanía palestina por instituciones internacionales, así como de otros Estados del globo, ha sido continuamente negado y rechazado dada la influencia de hegemonías y disputa de poderes en la región. Esto limita la capacidad de los palestinos para el reconocimiento de su soberanía como Estado propio haciendo que su destino esté sujeto a los intereses de los grandes poderes mundiales, acorde a la coyuntura. Dichas limitaciones explican por qué diferentes grupos de resistencia han optado por la vía armada, lo que ha contribuido a la radicalización de la violencia y creación de grupos considerados organizaciones terroristas islamistas como Hezbolá y Hamás, hecho que termina por debilitar internamente a los partidos políticos de la OLP (como Fatah) que buscan integrarse y aún optan por la solución diplomática y de dos Estados. Yasir Arafat fue una de sus figuras prominentes de la resistencia palestina quien obtuvo reconocimiento internacional por su actividad política encaminada a la creación de un Estado binacional diplomático primando el diálogo y la diplomacia. Arafat participó en los acuerdos de Oslo de 1993 que pusieron fin a la segunda intifada estableciendo un autogobierno palestino bajo la OLP. Sin embargo, dada la fragmentación del territorio en Cisjordania y la represión militar israelí estos acuerdos no lograron mantenerse a flote, y tras su eventual muerte en 2004, presuntamente envenenado, la OLP quedó aún más debilitada, lo que otorgó mayor popularidad a Hamás victoriosos en las elecciones legislativas del 2006 en Gaza. Su figura nos revela una inquietante verdad: la preocupación de la comunidad internacional no se encuentra en el rechazo del terrorismo y organizaciones adversas, más bien es la vulneración de intereses que supone para los grandes poderes un reconocimiento legítimo de la población palestina, por lo que cualquier líder que opte por estos medios será derrocado.


En base a esta obra podemos concluir que Palestina históricamente ha sido un territorio al que se le ha privado de la posibilidad de ser soberano, contar con autoridad y voluntad para enunciarse jurídicamente. Su población local ha sido excluida y desplazada, lo que ha limitado la posibilidad de existir dignamente en el territorio donde habían convivido con otras comunidades. Hoy en día somos testigos de la fase final del proyecto sionista militarista y de corte fascistas, que al mando de Benjamin Netanyahu, en alianza con otros líderes mundiales (como lo es el presidente de Estados Unidos Donald J. Trump) está activamente exterminando a la población palestina en Gaza (y ocupando territorios en Cisjordania) para alcanzar la consolidación homogénea de una población totalmente judía, con tal de garantizar su unidad política así como otros proyectos, por ejemplo algunos mega empresariales como el macabro proyecto “New Gaza”, presentado durante el Foro Económico Mundial de Davos según reportes de prensa internacional.


He de resaltar que la cuestión palestina no es un hecho aislado. Como concluye nuestra autora, la consolidación de los Estados nacionales modernos se apoya en la usurpación de tierras de personas nativas que ya se encontraban en el territorio, lo que quiere decir que las estrategias y tácticas de desarrollo no se quedan allí, se reproducen en todo el globo. Finalmente, Gouffray nos invita a imaginar otras formas de organización política diferente al marco normativo anteriormente citado, los cuales promuevan la convivencia pacífica con alternativas de humanidad compartida, no estructuras cerradas que excluyen y ejercen violencia política sobre ciertos grupos. Unirnos a la causa palestina es, en esencia, una demanda por el respeto a la vida de la humanidad en un marco de modernidad y creciente progreso económico y militar. La coherencia política está en apoyar la resistencia y velar por quienes aún cuentan su historia, en contraposición al olvido y la extinción. En el reconocimiento del otro reside su existencia.


¡VIVA PALESTINA!



Referencias:


Gouffray, M. E (2025). La invasión de Palestina. Nerds de la Historia.

ISSN: 3028-385X

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