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Fernando Pertuz: un país puesto en su cuerpo

Foto: Papel Pixel
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Isabella Cruz Hernández

Universidad Externado

Fernando Pertuz no habla de sí mismo como de una marca; dice, casi a modo de aclaración, “todavía no sé si soy artista”, como si ese título fuera demasiado grande para la distancia con la que se mira. Y sin ese rótulo, sus acciones adquieren otro peso: no performa para la fama, sino para que algo deje de arder en la piel del país.


Cuenta que su hermano murió en un accidente y que aquello lo empujó a los talleres y a la calle. “Yo estaba así, como que no quería ni estudiar ni hacer nada”, recuerda. El duelo lo empuja a entrar, no por ego, sino por necesidad: “toca luchar por algo”, dice. Entró a estudiar arte casi por azar, una oficina de admisiones que solo tenía ese cupo, y empezó a convertir el dolor y la rabia en piezas que dicen lo que se prefiere ignorar.


Crece en una Colombia donde ser profesor puede ser una sentencia. Su madre, profesora, le enseñó a compartir la mesa con quienes trabajaban en la casa. Esos gestos simples son la misma materia de la que brotan sus obras.


En Indiferencia, el artista defecó en un plato, orinó en una copa y luego se sentó a la mesa a consumirlo todo con una calma desconcertante, como si fuera una comida más, como si no hubiera nada fuera de lugar en ese gesto. Cuenta que se quedó un mes con el post-performance. “Me supo a mierda casi un mes”, y la frase es el relato de quien volvió a su casa con la resonancia física y emocional de haber expuesto sus límites.


Esa noche en Cali (la que él recuerda como un punto de inflexión), se desarma en detalles domésticos que le salen con la misma naturalidad con la que hablaba de su madre. Se llevó lentejas hechas por ella, las guardó como un amuleto y decidió no comer para permitir que algo saliera del cuerpo durante la acción. “Me llevé la comida de mi mamá… No comí nada, no desayuné, no almorcé, para que saliera eso de mi cuerpo y volver a comer”, dice. Esa decisión, una mezcla de ritual y crueldad autoimpuesta, es el tipo de gesto que atraviesa la línea entre performance y trance: usar su propio cuerpo hasta el límite para volver con una verdad. Habla de pre-producción, de ensayo y de la certeza de que, si no le duele a uno, no le va a doler a nadie: “Si yo no lloro, no puedo hacer llorar”.


Sus piezas más conocidas se mueven entre la plaza y la calle, no en la comodidad de una galería. En Quiebrapatas se puso el traje de soldado mutilado y fue a la calle a recoger firmas para una ley que prohibiera las armas. Hubo quien lo abrazó, quien lo insultó, quien le preguntó si su pierna era real. Pero el efecto físico fue literal: una várice se le reventó después de una de esas jornadas. Fue la factura del cuerpo después de esa acción.


Lo que le preocupa no es el aplauso. “A mí no me interesa para nada que me aplaudan… Me interesa que me duela a mí lo que estoy haciendo y que le duela al otro”, dice. La amputación simbólica del soldado habla del país que mutila vidas y de la impotencia ante ese mutilar.


En La Llorona invitó a mujeres cabeza de hogar que lavan ropa por oficio a limpiar, durante horas, trescientos metros de bandera en la Plaza de Bolívar. Les pagó como a trabajadoras, les dio todas sus comidas y transporte, las hizo visibles. “No es lavar la bandera, es lavar la conciencia”, le dijo alguien en la plaza, y la frase se quedó. Para Pertuz, la acción es ritual y gesto político a la vez: la bandera no está sucia, pero el país sí, y esas manos que frotan la tela son manos que se niegan a entregar a sus hijos a la guerra.


Desde 2006, una figura lo acompaña: La muerte ronda por todas partes. Con volantes en mano recorre calles y plazas invitando a la gente a enviar nombres de los muertos por la violencia. De esos papeles nació una página: listadepersonas.org, un cementerio virtual donde los nombres no se pierden. Llevó la lista a Canadá, imprimió 2.800 páginas, leyó nombres durante horas (dos semanas, ocho horas diarias), encendiendo velas y dejando caer las cenizas en una urna. “Leí 25.000 nombres”, dice con la voz baja. La repetición de un nombre devuelve la dignidad perdida: lo que en las estadísticas es cifra, en su lectura se transforma en presencia. Pero el proyecto también lo confrontó con riesgos reales, mensajes pidiéndole retirar nombres porque seguían las amenazas, y las contradicciones de un país que necesita nombrar para sanar y, al mismo tiempo, castiga a quien nombra.


A diferencia del artista-estrella, Pertuz conserva ganas de enseñar y de compartir lo aprendido con la gente que encuentra en las veredas y en los barrios. Su obra, dice, no es decoración, es compromiso con la memoria y el cuidado. Se emociona con los relatos de Boyacá, donde comprar tierra para conversar con campesinos se volvió una lección; se irrita ante la indiferencia de muchos eventos: “Vemos a la gente comiendo mierda y no hacemos nada”.


Termina la conversación hablando de las cosas que lo sostienen: sus hijos, la música, bailar salsa; de los dibujos que hizo como parte de su proceso. Su práctica tiene algo también de terapia pública, obliga al país a mirarse sin maquillaje, a escuchar nombres que no deben perderse. En tiempos de olvido institucional, su insistencia es un gesto sobrio y necesario. No promete redención sino memoria. Y en el borde entre el gesto y la herida, a veces, eso basta.

ISSN: 3028-385X

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