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Groenlandia: el punto de quiebre del orden mundial

Foto: Christian Klindt / EL PAÍS
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Moisés Martínez Mendoza

Universidad Militar Nueva Granada

Por años se nos enseñó que el orden internacional posterior a la Guerra Fría descansaba sobre una hegemonía estable, racional y cooperativa liderada por Estados Unidos. Hoy, esa narrativa se desmorona no por discursos ideológicos, sino por los propios hechos que emanan desde Washington: desde las invasiones a países con fines unilaterales, hasta el más reciente caso de Groenlandia, una evidencia clara y preocupante de lo que representa la administración Trump para el resto del mundo.


Hace casi un año estuve en un foro académico con participación de la Embajada de Alemania, representantes de la OTAN y la Universidad del Rosario. Se abordó el papel de Estados Unidos en el sistema internacional contemporáneo. En ese espacio, más allá de las declaraciones formales, emergió una discusión de fondo: el agotamiento estructural de la hegemonía estadounidense y su tránsito hacia formas cada vez más coercitivas de ejercicio del poder. Desde la teoría de las Relaciones Internacionales, este comportamiento no es nuevo ni inesperado. Halford J. Mackinder, en su célebre formulación de la Teoría del Heartland, sostuvo que el control de los espacios geoestratégicos clave —en particular aquellos que articulan recursos, rutas y proyección militar— es determinante para la dominación global. En el siglo XXI, el Ártico y Groenlandia ocupan un lugar central en esa ecuación.


Lo que hoy ejecuta Estados Unidos en Groenlandia no puede analizarse con categorías jurídicas rígidas propias del siglo XX. No es necesaria una declaración formal de guerra para hablar de invasión. La presión política sistemática, la militarización del territorio, la imposición de una lógica de seguridad externa y la desconocida voluntad soberana del pueblo groenlandés y del Estado danés constituyen una invasión de facto, acorde con las prácticas contemporáneas del poder imperial. Paradójicamente, esta conducta no revela fortaleza, sino debilidad. La historia demuestra que los imperios comienzan a caer cuando dejan de liderar mediante consensos y pasan a imponer mediante la fuerza. Paul Kennedy lo explicó con claridad: el declive de las grandes potencias no ocurre por un evento puntual, sino por la sobreextensión militar, el desgaste político y la pérdida de legitimidad internacional. Estados Unidos transita hoy ese mismo camino.


La creciente distancia con Europa, las tensiones internas dentro de la OTAN y el rechazo explícito de varios aliados frente a las pretensiones estadounidenses en el Ártico no son episodios aislados. Son síntomas de una hegemonía que ya no logra articular liderazgo y que, por ello, recurre a la coerción. No se trata de si Estados Unidos dejará de ser potencia mañana o en cinco años; se trata de reconocer que el proceso de declive ya está en marcha y que su desenlace, como enseña la historia, es inevitable. Frente a este escenario, resulta preocupante la ligereza con la que algunos sectores desestiman estos análisis, aferrándose a titulares o a narrativas oficiales sin sustento teórico. El debate serio no se construye con consignas ni con copias de comunicados de prensa, sino con teoría, historia y análisis estructural del poder.


Groenlandia no es un caso aislado. Es una señal. Y como toda señal histórica, será ignorada por quienes confunden hegemonía con eternidad. La historia, sin embargo, nunca ha sido indulgente con los imperios que se niegan a reconocer su propio ocaso.

ISSN: 3028-385X

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