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Hipersexualizadas para vender: el verdadero precio del pop anglófono

Foto: Marca
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Laura Valentina Ángel

Universidad Minuto de Dios

En la música pop anglófona, la hipersexualización dejó de ser una excepción para convertirse en la regla del juego. El problema no es que las artistas muestren su cuerpo, el problema es que la industria ha convertido esa exposición en un requisito disfrazado de empoderamiento. Lo venden como libertad, pero muchas veces ya está todo planeado.


La hipersexualización no es solo vestirse sexy: es cuando el cuerpo femenino se vuelve el centro de la estrategia promocional, cuando la atención gira más en torno a cuánta piel se muestra que a lo que la artista canta o compone. Es ese momento en el que, antes que artistas, parecen vitrinas. Y lo peor, nos acostumbramos tanto a verlo que ya casi no lo cuestionamos.


Nada de esto es casual. Detrás de cada coreografía sensual, cada plano cerrado y cada portada insinuante, hay equipos completos pensando cómo generar el mayor impacto posible. Y como el cuerpo vende rápido, el algoritmo lo premia. La industria también. Por eso la hipersexualización no solo sigue ahí: se actualiza, se recicla y, en muchos casos, hasta se exige.


Desde Madonna hasta Dua Lipa o Doja Cat, la sensualidad se celebra como empoderamiento, pero rara vez se dice que muchas de esas decisiones nacen de presiones comerciales, no solo de preferencias personales. Hoy, si una artista no entra en ese molde, corre el riesgo de volverse invisible en plataformas donde lo provocador se vuelve tendencia en minutos.


Ese “haz lo que quieras” solo funciona si lo que haces coincide con lo que vende. Ahí está el engaño. Y si hablamos de control, tenemos que hablar de contratos. Los famosos contratos 360, casi un estándar en el pop desde los 2000 y mencionados por medios como Rolling Stone y Billboard como los acuerdos que más poder le dan a las disqueras, los cuales hacen que estas ganen de todo: música, giras, redes, imagen y hasta la marca personal de la artista.


Con eso vienen cláusulas que pesan muchísimo: las cláusulas de imagen, que obligan a mantener cierta estética; las de aprobación, donde la disquera decide qué foto, portada o contenido se publica; y las de explotación comercial, que convierten la identidad completa de la artista en material de venta.


En otras palabras: cuando la sensualidad vende, la hipersexualización deja de ser una elección libre y empieza a aparecer, directa o indirectamente, dentro del contrato.


Un ejemplo claro es Sabrina Carpenter y su álbum Man 's Best Friend. Su portada (ella de rodillas mientras un hombre le sostiene el cabello) se volvió viral. El debate explotó: ¿empoderamiento irónico o sumisión disfrazada? Pero el punto clave es otro: esa imagen no sale al mundo sin aprobación legal y comercial. Cuando la industria la aprueba, es porque sabe que la polémica vende. Y si esa polémica se construye sobre el cuerpo femenino, mejor aún (para ellos). La hipersexualización, una vez más, se convierte en publicidad.


Lo mismo ocurre con Billie Eilish. Cuando se cubría con ropa holgada, la criticaban por “ocultarse” o “no aceptar su cuerpo”. Cuando decidió mostrar más piel (como en su portada para Vogue) medios como Daily Mail la acusaron de “venderse”. Ella misma contó que perdió más de 100.000 seguidores por una foto donde se le marcaba el busto. También confesó que antes usaba ropa ancha para evitar ser sexualizada. Da igual lo que haga: su cuerpo siempre termina siendo el tema. Es una muestra perfecta de cómo funciona la hipersexualización en el pop: incluso cuando una artista intenta tomar control de su imagen, el público y la industria vuelven a leer primero su cuerpo antes que su música.


Y esto no afecta solo a las artistas. En Colombia, miles de jóvenes consumen estas imágenes sin saber que detrás de cada look, baile o portada hay decisiones contractuales, estrategias y presiones comerciales. Muchas terminan comparándose, sintiendo que su cuerpo no alcanza, creyendo que la sexualidad vende más que el talento. La hipersexualización no solo transforma la industria: también moldea inseguridades y expectativas imposibles de cumplir.


Por eso lo repito: la sensualidad no es el problema. El problema es cuando la hipersexualización deja de ser un recurso artístico y se convierte en un requisito para ser relevante.


La industria puede seguir disfrazando la hipersexualización de libertad, pero la verdad es que mientras las artistas no puedan decidir sobre su cuerpo sin temer perder visibilidad, no hay empoderamiento real. Si queremos un pop que realmente celebre a las mujeres, primero debemos dejar de premiar un sistema que solo las ve como estrategia de venta y empezar a exigir uno que valore su talento antes que su piel.

ISSN: 3028-385X

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