Idiocracia: se recomienda discreción

Foto: EL PAÍS

María Fernanda Puentes
Universidad Minuto de Dios
La humanidad no se está quedando sin información, se está quedando sin criterio. No está perdiendo dinero; está perdiendo conciencia. No está discutiendo política; está celebrando la estupidez humana organizada. Hemos establecido una realidad donde opinar desde la ignorancia se confunde con la libertad de expresión. Donde el ruido sustituye al pensamiento y la “opinión” sobrepasa la realidad. Donde las personas que defienden y enaltecen a pedófilos, homófobos, xenófobos y torturadores, curiosamente, siguen con derecho y la moral de ir a misa los domingos.
Aquí llegamos a la pregunta que deberías clavar como estaca:
Todos tenemos derecho a opinar. Pero, ¿debemos hacerlo desde la ignorancia?
Hoy, millones gritan “libertad de expresión”, “viva la democracia”, sin haber leído una sola idea compleja en su vida. El resultado es que la opinión sin fundamento se convierte en “verdad”. Y de ahí no hay retorno. No hablamos solo de gustos personales o debates triviales: hablamos de defender lo indefendible. En algunos círculos sociales del mundo, hay personas que han llegado a apoyar públicamente a individuos que gozaban torturando gatos indefensos. No es exageración retórica: es la punta del iceberg de una cultura que se ríe de la tortura y confunde crueldad con un juego de niños. La gente, en su estupidez, llega al extremo de aplaudir y defender a quien confiesa públicamente haber disfrutado torturando animales indefensos, mientras que se escandaliza por la posibilidad de que Jesús haya amado a María Magdalena. Esta inversión de la jerarquía moral glorifica la poca capacidad de análisis, cuestionamiento y demuestra que nuestros valores están completamente alterados.
La estupidez humana tiene múltiples rostros, y uno de los más perturbadores es cómo se trata la pedofilia en la opinión pública. No solo existe, no sólo está documentada, sino que se ha convertido en un tema en el que algunos sectores del público llegan a relativizar, a discutir justificaciones ridículas y a defender a quienes hacen daño en lugar de proteger a las víctimas.
Jeffrey Epstein, ese nombre que debería resonar como una advertencia universal, no fue un loco aislado escondido en un sótano. Fue un operador de poder con redes que incluían figuras como Donald Trump, Bill Clinton, Peter Thiel, Andrés Pastrana —que sólo visitó la isla 30 veces, pero pues quién lleva la cuenta— y otros nombres de élite mundial, según documentos de 2025 que revelan contactos y relaciones amplias entre él y grandes poderosos. Testimonios judiciales, aún en proceso de análisis y verificación, han descrito dinámicas de abuso sistemático tan extremas, grotescas y aberrantes, que resultan insoportables de imaginar. Y quizás por eso mismo, una parte de la sociedad prefiere negar, burlarse o desviar la conversación antes que aceptar que el poder también se organiza alrededor del crimen sexual.
No es una teoría conspirativa, es una realidad innegable: el poder opera a menudo como un club, y a veces este incluye a individuos que compartieron espacios con depredadores sexuales, muchos de los cuales continuaron siendo celebrados o incluso defendidos. Esto no es una simple casualidad sociológica; es la evidencia más palpable de cómo la "idiocracia" se ha apoderado de nuestra forma de gobierno.
Mientras tanto, al otro lado del mundo, se ignoran conflictos atroces con la misma superficialidad con la que se comenta un meme. Uno de los casos más brutales es el de Palestina. La ONU y comisiones internacionales han identificado que lo que ocurre en Gaza cumple con los elementos de genocidio y crimen de lesa humanidad, que están destinado a destruir parcial o totalmente al pueblo palestino. Las cifras hablan por sí solas: el estudio sobre las víctimas mortales de guerra en Gaza, dirigido por Michael Spagat, del Royal Holloway College de la Universidad de Londres, en el que se estima que, a principios de enero de 2025, murieron más de 80.000 palestinos en la guerra de Israel en Gaza. UNICEF calcula que decenas de miles de niños han sido asesinados o heridos. La violencia no se limita al bombardeo: se reportan violaciones, tortura sexual sistemática y ataques a instalaciones de salud reproductiva, acciones que algunos expertos han calificado como parte de una estrategia de dominación genocida.
Y sin embargo, candidatos que posiblemente aspiren —en sus sueños— a la presidencia de Colombia, afirman que es una intervención militar necesaria y que NO es un genocidio, seguramente lo que vimos, no fue un debate, sino una reunión de amigos desconectados de la realidad. Su abierta admiración por Trump los llevará, sin duda, a respaldar públicamente la idea de convertir Gaza en un resort —como si fuera colegio colombiano— construido sobre un cementerio.
Eso no es análisis diplomático: es un eco de ignorancia moral. Porque cuando se normaliza una masacre, cuando se asocia el exterminio de civiles con seguridad nacional, cuando se utiliza el nombre de “Dios” para justificar una invasión, estamos ante el colapso ético de una civilización que ya no sabe distinguir entre estrategia militar y genocidio. Esa idea de que ciertos grupos pueden “tener derecho a todo” directamente permite justificar atrocidades. La religión, cuando se usa para eximir de responsabilidad moral, se convierte en instrumento para justificar la violencia. No necesitas ser radical de izquierda para ver que esto está mal. Los derechos humanos no se debaten. La vida no es una negociación de mercado. Los ríos y bosques no son fichas para ganar un punto en el tablero del ego global.
Otro de los rostros idiotizados, se presenta en la gente que pide intervención militar en países soberanos y democráticos, haciendo un análisis profundo desde el sofá de la casa, este impulso emocional que se parece más a un berrinche infantil que a una postura política desarrollada.
El motivo de fondo no es proteger derechos humanos, ni la democracia, ni fomentar paz, ni defender justicia internacional: es fermentar un ego de superioridad. Queremos demostrar que “sabemos más” o “estamos más del lado correcto”. Eso es idiocracia: opiniones sin fundamento, sin lógica, ni responsabilidad. El resultado es que un grupo de personas que muestran desprecio por la vida, por la infancia, por la dignidad humana, salga a replicar discursos de odio y polarizar a las masas. Esto hace que se vean representados en “deidades”, que pueden ser admirados, defendidos e idolatrados simplemente porque “dicen lo que la multitud quiere oír”. No porque tengan ideas justas, sino porque sus discursos alimentan egos y odios.
Mismos discursos de odio que hoy se replican en redes sociales, demuestran profundamente lo enferma que esta sociedad tiene la mente. Cuando un científico como Mariano Barbacid anuncia avances reales en la comprensión y tratamiento del cáncer, lo primero que hacen no es preguntar cómo funciona, a quién puede ayudar, qué vidas puede salvar, sino fijarse en su cuerpo, en su cara, en sí “se ve viejo”, en sí “tiene pinta de genio”. La misma gente que confía su vida a un médico de Tik Tok, se siente con autoridad para cuestionar la legitimidad científica desde el teclado, en su cómodo sofá. Como si la cura —o incluso el avance— tuviera que venir envuelta en un cuerpo hegemónico, joven, simétrico y aprobado por Instagram. Es obsceno. Es patético. Es la prueba final de que vivimos en una idiocracia donde la apariencia pesa más que la vida, donde el ego y la superficialidad son más importantes que una investigación que podría salvarte a ti, a tu madre o a ese mismo imbécil que hoy decide opinar sobre el físico de alguien que ha dedicado su existencia para que otros sigan respirando.
Y finalmente están los que celebran el extractivismo como si fuera ecología. Los que permiten y aplauden cuando cerros de la Patagonia arden por intereses económicos, y defienden a quienes destruyen la naturaleza por beneficio privado. Una sociedad que solo valora lo material es incapaz de concebir un futuro sin recursos esenciales como el agua potable. Ellos expresarán gratitud por el petróleo, sin darse cuenta de que llegará el día en que tendrán que consumir ese mismo petróleo y plástico con el que han contaminado cada río, cada suelo y cada ser vivo. Y a pesar de esto, seguirán agradeciendo, pues la arrogancia ciega es la peor forma de estupidez humana.
La idiocracia no es falta de inteligencia: es arrogancia sin responsabilidad, ego y opinión sin fundamento. El problema no es que la tecnología nos dé acceso a opinar, el problema es que la mayoría no piensa antes de hacerlo. Y mientras no entendamos que el deber de pensar es más profundo y necesario que el derecho a opinar, seguiremos celebrando lo indefendible, relativizando lo inhumano, y aplaudiendo a quienes destruyen todo lo que todavía vale la pena.
Tal vez tengo derecho a opinar, pero ¿debería hacerlo? No soy palestina, no he vivido una intervención militar, no he visto cómo el agua desaparece mientras el mundo discute quién tiene razón. Hablo desde el privilegio, desde la distancia cómoda de quien puede apagar la pantalla y seguir con su vida. Tal vez este texto no me corresponda, pero hay que hacerlo. Porque, como dije antes, esto va dirigido a personas con estas ideas, que a pesar de tener toda la información del mundo se niegan a ver más allá, esas personas idiotas no leen: consumen titulares, gritan consignas, repiten discursos ajenos. Y si por accidente llegan hasta aquí, no van a entender que lo que está mal no es el tono, ni la rabia, ni la crudeza, sino la realidad que se empeñan en negar. Aún así escribo, no porque crea que va a cambiar algo, sino porque el silencio también es una forma de complicidad y yo no quiero eso.



