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La última ofrenda

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Laura T. Vallejo

Institución Universitaria Digital de Antioquia

En el principio, el Gran Espíritu tejió la selva con hilos de agua y luz, ocultando la verdad de los frutos del corazón tras el follaje eterno de la creación. Pero el hombre, nacido de la arcilla y la soberbia, decidió que la sangre era el único lenguaje digno para invocar al cielo.


Bajo la sombra de las malocas circulares, donde el humo de los fogones se enreda con el vaho de una tierra que gime, la tribu habitaba un silencio sagrado y aterrador. Allí reinaba Atuq. Su nombre era un susurro que evocaba la astucia del zorro, un hombre cuya palabra era ley y cuyo vínculo con lo invisible nadie osaba cuestionar. Mientras la selva se agostaba bajo seis meses de un sol despiadado que convertía los ríos en venas secas, Atuq ascendía al altar de piedra para clamar por clemencia. La tribu, con los ojos hundidos por el hambre y el cuello rígido de tanto buscar nubes inexistentes, creía ciegamente en sus sentencias: la tierra estaba herida, y solo la agonía de una virgen devolvería el pulso a la lluvia.


Era una existencia de sombras y cicatrices. Aklla, cuyo nombre vibraba con la promesa de ser «La Elegida», caminaba entre las chozas de palma con el peso de un destino que no había pedido. Había crecido viendo cómo su pueblo trataba a las mujeres como botines de guerra tras las incursiones a aldeas lejanas; las veía regresar atadas, convertidas en trofeos de carne para ser usados y desechados entre las penumbras. Recordaba el hedor a carne quemada que emanaba de los ritos donde los hombres aplicaban el hierro ardiente sobre el sexo de las jóvenes, una marca de fuego para asegurar una fidelidad nacida del trauma y el dolor. Incluso su propia naturaleza era motivo de destierro. Cuando la luna dictaba su ciclo, Aklla era confinada a la periferia; la tribu temía su sangre y la obligaba a derramarla sobre el polvo, no como un tributo a la vida, sino como una impureza que debía ser devuelta a la nada.


El día señalado para la ofrenda, el aire era una soga de calor. Kachi, el hijo mayor de Atuq —un hombre que era la sal misma que amarga el agua—, arrastró a Aklla hacia el altar. Mientras el chamán alzaba sus brazos, el cielo no trajo agua, sino un trueno que nació de las entrañas mismas del mundo. La luz se volvió un sudario blanco y una voz restalló sobre la selva, desgarrando el velo de mentiras que sostenía el poder de Atuq:


—¡Ay de vosotros, que habéis manchado mis hilos con la sangre de las que os dieron la vida! Habéis llamado ofrenda al ultraje y sacrificio a vuestra propia miseria. ¡Engañaste a tu tribu, Atuq! Proclamaste mi sed para ocultar la tuya, pues las mujeres que entregaste al altar no murieron por mi voluntad, sino marchitas bajo tu sombra y la de tu hijo.


La voz divina reveló entonces la verdad más cruda, aquella que la tribu había preferido no ver: las "elegidas" que precedieron a Aklla no habían ascendido al cielo, sino que habían sido consumidas en la oscuridad, víctimas del deseo depravado de quienes decían protegerlas. Atuq y Kachi las habían ultrajado y roto mucho antes de que el cuchillo tocara sus gargantas, utilizando el altar para enterrar las huellas de sus crímenes.


—Te di hijos varones y te negué la semilla de la mujer —sentenció el Espíritu—, pues en tu corazón de zorro no buscabas hijas a quienes amar, sino presas a quienes poseer. Has convertido mi creación en tu botín.


El juicio final cayó como un hacha de fuego. En un espasmo de horror, el cuerpo de Atuq comenzó a cuartearse. Su piel, antes altiva, se volvió blanca y cristalina, endureciéndose en una rigidez mineral. Sus gritos se ahogaron en una garganta que se convertía en piedra salobre. Frente a la tribu aterrorizada, el chamán se transformó en una estatua de sal, un monumento amargo a la mentira y al maltrato.


El Gran Espíritu selló el destino de la estirpe:


—Desde este instante, el vientre de vuestra nación será un desierto. Todo aquel que haya alzado su mano, su cuerpo o su desprecio contra una de mis hijas, quedará seco por dentro. No habrá más llanto de infantes ni risas en las malocas, pues habéis demostrado que vuestra ascendencia no es digna de continuar el tejido del mundo.


El final fue un eclipse de linajes. La lluvia comenzó a caer, pesada y purificadora, pero ya no había futuro que regar para los verdugos. Aklla se puso en pie y caminó hacia la espesura, dejando atrás una tribu de hombres que, al intentar tocarse, sentían que su carne se volvía ceniza. El linaje de la crueldad se detuvo allí, donde el tiempo se congela. La estatua de sal de Atuq, azotada por el agua, comenzó a desmoronarse, disolviéndose en un charco amargo que penetró la tierra hasta las raíces, asegurando que nada que naciera de ese suelo olvidara jamás el precio de sacrificar lo sagrado. La selva reclamó el silencio, y la última ofrenda fue, por fin, la justicia.

ISSN: 3028-385X

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