La huerta


Dubán Álvarez Cabrales
Universidad De Cartagena
Nunca entendí tu obsesión por cultivar esa mata. Te advertí que no era bueno, pero estabas decidido a seguir. Decías que también otras personas lo estaban haciendo, que en cuanto creciera, se vendería rápido y ganaríamos plata. Mientras tanto, trabajarías en otras cosas. Por eso, me negué a creer en las acusaciones contra ti. ¿Cómo es posible que esas mismas manos que yo sostuve mientras te amamantaba, esas que labraron la tierra de esta huerta, hayan hecho cosas tan horribles?
Yo no te críe así. En el corazón del hijo que eduqué no había cabida para tanta maldad. Pero todo lo que quedó de ti está aquí, en tus plantas que te extrañaron hasta la muerte, con las raíces tiesas en esta tierra regada por la codicia y con las hojas al aire, como tu cuerpo al sol. Verlas secarse no hacía más que poner peso a mi pena, un recuerdo doloroso de mi propia semillita que no floreció. Y antes de verlas morir una a una, me fui a buscarte, lejos de este rancho donde ya no estabas, con mi alma marchita, como esta huerta.
Me tomó trece años perderles el miedo a las voces que, de noche, llamaban a decir: "¡Por acá no vuelva!". Ya no les temo. Que vengan cuando quieran, porque, a diferencia de ti, ya saben dónde encontrarme. En este viejo rancho al que regreso con las manos deshechas por tu ausencia, pero que, pese a todo, se niegan a dejar de buscarte. Los años me han hecho terca, aunque no tanto como las semillas de tu huerta, que germinaron sin más mano que el viento, sin otro abono que el tiempo muerto de esta soledad que ha devorado la tierra. Te alegraría saber que tu paciencia dio frutos: ya hay aguacates en tu huerta, y, al fin, reconocieron que sí fuiste a recoger café.



