La náusea como malestar contemporáneo

Jean Paul Sartre. Foto: LiveJournal

Carlos Hernán López
Universidad Externado
El malestar existencial no es un fenómeno nuevo, pero hoy parece adoptar una forma particularmente persistente. En La náusea, Jean-Paul Sartre describe una experiencia de extrañamiento radical: el momento en el que el mundo deja de sentirse familiar y la existencia se revela como contingente, sin un sentido previo. Aunque esta obra pertenece a otro contexto histórico, la sensación que describe no resulta ajena al presente. Por el contrario, muchos parecen reconocerla, incluso sin saber cómo nombrarla.
La náusea no remite a un simple estado emocional ni a un episodio de tristeza pasajero. Se trata de una toma de conciencia incómoda: advertir que nada es necesario, que lo que existe podría no existir. En una sociedad que valora la productividad constante, la certeza y el éxito como horizontes incuestionables, esta conciencia resulta profundamente perturbadora. Se espera del individuo que tenga respuestas claras, metas definidas y una narrativa coherente sobre su vida, aun cuando esa coherencia no siempre se siente real.
Este malestar se manifiesta hoy en el cansancio permanente, en la dificultad para encontrar sentido en la rutina y en la ansiedad frente al futuro. No es solo una experiencia individual, sino una sensación compartida que atraviesa distintas esferas de la vida social. Sartre señalaba que el ser humano está condenado a ser libre: no hay un sentido dado de antemano, y esa libertad, lejos de ser liviana, puede convertirse en una carga. Tener que elegir constantemente qué hacer con la propia existencia no siempre se vive como un privilegio.
Frente a esa incomodidad, la respuesta más común suele ser la evasión. Se buscan distracciones constantes, discursos de optimismo obligatorio o explicaciones simples que prometen eliminar el malestar. Sin embargo, ignorar la náusea no la disuelve. Pensarla, en cambio, obliga a cuestionar las estructuras que organizan la vida cotidiana y las promesas de sentido automático que rara vez se cumplen.
En este punto, el pensamiento de Albert Camus introduce una perspectiva complementaria. Para él, la experiencia fundamental del ser humano es el absurdo: el choque entre el deseo de encontrar sentido y un mundo que no lo ofrece. Aun así, Camus no propone la renuncia ni el nihilismo. Reconocer el absurdo no implica abandonar la vida, sino asumirla con mayor lucidez. Vivir, para Camus, es un acto de rebelión consciente frente a la falta de certezas últimas.
Desde esta perspectiva, la náusea no constituye un punto de llegada, sino un umbral. Reconocer el carácter absurdo y contingente de la existencia no anula la posibilidad de acción, sino que la vuelve más responsable. Si no hay un sentido dado, entonces cada elección adquiere un peso ético mayor. La vida no vale por una promesa trascendente, sino por el acto mismo de ser vivida.
Así, el malestar contemporáneo no debe entenderse únicamente como un síntoma a corregir, sino como una experiencia que interpela. Entre la náusea sartreana y la rebelión camusiana se abre un espacio para pensar una existencia consciente, sin consuelos falsos, pero también sin renuncia. Tal vez, en un mundo que exige certezas inmediatas, la postura más radical consista en aceptar la incomodidad de existir y, aun así, decidir vivir.



