La ocasión


Erseleidy Del Mar Ardila
Universidad Surcolombiana
Esta mañana me levanté temprano, como siempre, con esa sensación de haber soñado algo importante y olvidarlo al abrir los ojos. Mientras me preparo un café, miro fijamente por la ventana. La ciudad despierta llena de ruido y olor a gasolina. Tal vez si me compro un carro tendría más tiempo para dormir, me digo a mí mismo mientras tomo el bolso para salir al trabajo.
Subo al bus 13, igual que siempre. Lastimosamente debo tomar dos buses para llegar a mi lugar de trabajo, así que me aguanto una hora entera clavado en el asiento. Lo único bueno del bus es la vista. Me siento en el mismo lugar de todos los días, dos asientos delante de la puerta trasera. Frente a mí está ella.
No sé su nombre, pero sé que tiene el cabello oscuro; que siempre lleva audífonos, aunque no los tenga conectados; que cuando sonríe se le forma un leve hoyuelo en la mejilla izquierda; y que siempre se sienta sola en el bus, tal vez porque es temprano y está casi vacío, o porque cruza las piernas hacia dentro del pasillo.
Nunca hablamos.
Pero siempre pienso que hoy sí, que hoy será el día, que hoy le voy a preguntar su nombre, aunque ya lo sepa. Lleva una cinta con él en el pecho; tal vez sea maestra de kínder. Siempre pienso en hablarle, porque no es raro, ¿no? Siempre nos cruzamos, nos vemos todos los días en el bus. Tal vez, si hablamos, el trayecto se haga más rápido.
Aunque hoy se ve diferente. Lleva un vestido oscuro y se cubre el rostro con una mano. Sus ojos se ven cansados y su respiración entrecortada. Me siento mal por ella. Pienso que tal vez debería bajar la mirada y que sus preocupaciones no son asunto mío.
Miro alrededor, asegurándome de que nadie me haya pillado mirándola demasiado. Pero ¿de qué me preocupo? Hay un par de adolescentes con el celular y un señor que posiblemente pasó la mejor noche de su vida ayer, aunque no la recuerde. El olor a alcohol invade el autobús.
El bus sigue su ruta como si nada.
Cuando llegamos a la parada, ella se levanta de golpe y baja sin mirar atrás. En el asiento queda su bolso.
Lo observo unos segundos. Tal vez esto es justo lo que necesito para empezar a hablarle. Aunque no sea hoy. Aunque sea solo para devolverle el bolso. Para que me reconozca. Para que exista algo más que miradas cruzadas.
Tomo el bolso y bajo del bus.
La sigo unos pasos.
Antes de que diga nada, se escucha un sonido.
Es seco, breve, como si alguien hubiera dejado caer algo justo detrás de ella.
Ella se detiene.
Se gira despacio.
Cuando me mira, tarda un segundo en enfocar la mirada.
—Chica, oye, disculpa, se te quedó esto— le digo suavemente.
Me ve, su reacción no es alivio. No es agradecimiento.
Sus ojos están rojos, hinchados. Aun así, sigue siendo ella. Incluso así, algo en su forma de mirarme me atraviesa.
—Se te quedó esto —repito, para no hacerla sentir incómoda.
Me mira fijamente con sus grandes ojos. No logro descifrar lo que hay en su mirada.
—¿Tú…? —dice, sin terminar la frase.
Me quedo quieto.
—Perdón —añado—. Solo quería devolvértelo, no quería molestarte.
Le extiendo el bolso, pero no lo toma.
—No —dice—. No, no, no…
Mira a su alrededor, como buscando algo. O a alguien.
—¿Estás bien? —pregunto—. Si necesitas ayuda…
—No deberías estar aquí —dice de pronto.
Frunzo el ceño.
—Solo quería devolverte el bolso —repito—. Y… bueno, siempre te veo en el bus. Pensé que…
Me detengo. No quiero parecer invasivo, y menos un acosador.
Ella solo me mira, impresionada, tal vez impaciente.
—Esto no puede estar pasando —susurra.
Las personas pasan, pero nadie parece notar la escena.
—¿Por qué dices eso? —pregunto—. Es solo un bolso.
Ella se me acerca. Sonríe con la boca, pero sus ojos solo contienen tristeza.
—Gracias —dice—. Ojalá esta vez no me sigas. Me hubiera gustado conocerte, pero ya no perteneces a este lugar.
Siento una presión rara en el pecho, como si algo intentara subir desde muy adentro.
—¿Qué?
—Ese día —continúa—. Yo bajé del bus. Tú bajaste detrás de mí.
La imagen empieza a formarse, borrosa.
—Me hablaste —dice—. Paramos en medio de la calle. Dijiste que solo querías conocerme…
Recuerdo mi voz. Nerviosa. Sonriendo.
El ruido de un motor aparece de golpe en mi cabeza. Un golpe seco. El suelo demasiado cerca.
Miro mis manos. Aún tengo el bolso entre ellas, pero no siento su peso.
Entiendo.
No de golpe. Como esa sensación rara de haber olvidado qué ibas a hacer cuando entras a un lugar; después, como una idea que se resiste, hasta que finalmente llega sola.
Cómo darse cuenta de algo que siempre estuvo ahí.
La miro y ella asiente. Me da una última mirada, toma el bolso de mis manos —o hace el gesto de hacerlo— y retrocede.
—Gracias —dice con suavidad. Se da la vuelta y camina calle abajo.
Intento moverme. No puedo. La gente pasa a través de mí sin notarlo.
La ciudad sigue, indiferente, y entiendo que el verdadero error no fue seguirla aquel día, sino creer que todas las oportunidades están hechas para tomarlas.



